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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Muerte

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 25 de octubre de 2008, 06:37 h (CET)
Cuando 13 años después de la fundación de los EEUU por parte de El Club la masonería europea empuñó los loables principios de Rousseau y los credos de Montesquieu para abrir el cajón de sastre que fue la Revolución Francesa y abolir a el absolutismo monárquico, hizo en realidad mucho más que eso: inauguró una era de digo blanco y hago negro, o, lo que vale lo mismo, me conduzco como cordero pero rujo como león. Así, si bien parecía que hacían un bien al liberar a los presos (criminales de todo pelaje) de la Bastilla, Robespierre, Saint-Just, Couthon y otros jacobinos empujaron a la monarquía, buena parte de la aristocracia y a algún que otro girondino a hacerse un afeitado en seco en la guillotina. Así, el lema “Libertad, igualdad, fraternidad” que les animaba se convirtió en un desgarrador grito de horror de dimensiones eónicas, y la proclamación de sus Derechos Humanos en una masacre indiscriminada que empantanaba todas las plazuelas patrias.

Un poco como entonces sucede ahora en que la república es la fórmula más universal de gobierno. Los hay que balan como corderos, pero en realidad sus balas son de plomo, si no de una legalidad que condona penas al criminal confeso y condena a lo peor a la víctima o al inocente. Ahí está el atroz aborto (no terapéutico, que ya funcionaba legalmente desde siempre), condenando a la extinción a criaturas nonatas por la situación coyuntural de sus madres —lo que piense el padre no importa—; o si no, ahí tenemos a las víctimas de los maltratos, amparadas sólo por una orden de alejamiento —¡ula, ula!—, o sencillamente asesinadas sin compasión, mientras sus criminales sólo en el peor de los escenarios posibles pasarán una temporada recluidos, pero que sin duda saldrán de prisión a disfrutar la vida antes de que la resurrección de los muertos se haya verificado y sus víctimas puedan hacerlo.

La Historia está llena de contrastes, pero en pocos lugares se arraciman y concentran como en España, donde tenemos jueces que se empeñan en demostrar que los muertos están muertos o en juzgar a genocidas dictadores de las cuatro esquinas del globo, mientras aquí los criminales que nos espantan están tan libérrimos como los santos pájaros —caso Mariluz—, o los tétricos barcos de la muerte atoan como si tal cosa en los puertos españoles para captar clientas. Uno, claro, no tiene otra que cuestionarse si no era esto lo que se perseguía, la instauración de un régimen extremadamente sevicioso con los inocentes y las víctimas y extremadamente tolerante y consentidor con los criminales. Desde luego, da miedo sólo pensarlo, y por más que quiera achacárselo todo a ciertos jueces superestar o que recaigan las culpas en funcionarias que con su castigo eximen a otros jueces, todo hace pensar que aquí hay busilis. El criminal mata, y los efectos de su crimen son permanentes, pero las condenas que soportan sólo son transitorias; quien aborta impide una vida para siempre —y siempre es mucho tiempo—, acaso por una cuestión tan coyuntural que unos días después ha desaparecido.

La violencia prima en esta sociedad pseudorepublicana sobre la paz que se anuncia en discursos sin eco. No se la persigue, no se la enclaustra, no se la proscribe. Muy por el contrario, se la promociona en el cine, en la literatura, en los videojuegos, en los dibujos animados, en los tebeos y hasta en los juegos infantiles, dando la impresión que no es una salida de tono de alineados, sino un recurso educativo inculcado por el propio sistema: si estás mal, llévate a quien sea por delante. Y la mujer se lleva a su hijo, el criminal a su víctima y el frustrado a quien sea. El sistema mismo ya bala como cordero, pero ruge como león. Acaso por eso no nos conmovamos cuando mil millones de seres humanos languidecen y mueren de hambre en el mundo mientras se aportan ingentes riadas de billones de dólares a los extremadamente ricos: nos hemos hecho insensibles, y ante las grandes calamidades o la enorme calamidad que es que una sola vida humana se extinga —tanto más si es inocente—, hemos aprendido a mirar hacia otro lado o ampararnos en la ignorancia. Tal vez tan sólo procuremos sobrevivirnos sin importar cómo, o nada más que nos demos por satisfechos por encogernos de hombros.

Sin embargo, la sociedad somos cada uno de nosotros, y nosotros somos los que nos hemos interpuesto en el camino de la Historia con nuestro voto, razón por la cual no podemos argüir inocencia. Lo que hacen nuestros gobiernos, lo que promocionan o lo que persiguen o perpetran, lo hacemos los votantes, cada uno de nosotros. No es pues la inocua ley la que consiente el aborto, ni la que desampara a la víctima o la que persigue cadáveres desde los tribunales, ni aún la que por error o sin él deja libre a los que matan, sino cada uno de nosotros, cada uno. Nuestro voto es fuerte, pero también mimético, y bien puede convertirse en una venda o en un puñal, en un auxilio de necesitados o en subvenciones a los muy ricos, en Justicia o en injusticia, o en vida o muerte. Tan sólo depende, para que sea una u otra cosa, de a quién se lo damos.

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