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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

‘Un hombre en la oscuridad’ de Paul Auster: más de lo mismo, pero con bostezo

Herme Cerezo
Herme Cerezo
lunes, 23 de febrero de 2009, 09:58 h (CET)
A veces pienso que Paul Auster ha cambiado.

Tal vez la que ha cambiado es su escritura. Es como si le hubiera metido una marcha menos, una marcha que ralentiza sus historias, que las amuerma. Eso es lo que ocurre con la lectura de ‘Un hombre en la oscuridad’, su última novela que es más de lo mismo, pero con bostezo. Y exactamente la misma sensación tuve con "Viajes por el Scriptorium", su obra anterior. Auster está llegando a un punto en el que me apetece regalarme un placer añadido a la lectura, un supremo placer que luego explicaré.

Borges decía que si un libro no le gustaba en 30 páginas, mejor no leerlo. Luis Sepúlveda, al que entrevisté el otro día, acortaba el plazo de gracia y, en otro medio de comunicación, manifestaba que se había vuelto más exigente: si un libro no le convencía en las 15 primeras páginas "lo mando a reciclaje", una forma muy actual de describir las cosas, muy ecológica: devolver al bosque lo que es del bosque. Bien, pues, últimamente mi modo de actuar no es muy distinto, aunque mi tregua es más larga. Si las cien páginas iniciales de una novela no me arrastran no sigo. Algo así como el periodo de prueba que se concede a un gobierno recién aposentado.

A veces pienso que Paul Auster ha cambiado.

Ese supremo placer de lector, al que aludía al comienzo, es algo más sofisticado, más íntimo, más personal. Es casi un derecho como consumidor cultural. Y es que cuando una novela no me mueve las entrañas o mis meninges no hacen fru-fru, me niego a conocer su final. Ése es mi supremo placer. Puede que sea un poco retorcido, pero lo único que hago es ser consecuente conmigo mismo, ya que ante un programa televisivo o una película que me aburren, adopto idéntica postura: dormirme en el orejero, en un duelo callado, en una muestra de desinterés hacia lo que la pequeña pantalla de televisión – últimamente ya no tan pequeña – me ofrece.

En ‘Viajes por el Scriptorium’ faltó el canto de un duro para que así ocurriera. Pero no, aguanté hasta el final y el último tramo del libro justificó la lectura de todo lo anterior y la paciencia invertida. En ‘Un hombre en la oscuridad’ he vuelto a renunciar al placer supremo y la he leído de principio a fin. Y en poco tiempo además. Pero no crean que fui rápido porque estaba atacado por un irrefrenable frenesí lector. No, no, todo lo contrario. Lo leí rápidamente porque quería despachar aprisa el tedio que me producía, porque no deseaba invertir mucho más tiempo en deambular por sus páginas, porque necesitaba conocer el final y confirmar, o no, mi desencanto.

A veces pienso que Paul Auster ha cambiado.

Saben, mis improbables, lo más seguro es que me haya tragado ‘Un hombre en la oscuridad’, privándome de mi supremo placer, porque las novelas austerianas bordean siempre el límite justo de extensión que impide enviarlas directamente a "reciclaje", utilizando el término del chileno Sepúlveda. Excepto el ‘Libro de las ilusiones’ – la primera novela suya que me decepcionó – pocas exceden las doscientas páginas, si es que llegan a ellas. Y eso, para un lector mediofondista, es asequible. Y así, sin darse cuenta, se mete entre pecho y espalda algo que, de haber tenido mayor extensión, no leería. Luego dicen que el número de páginas de un libro no cuenta. Ya lo creo que cuenta. Por supuesto que sí. Y mucho.

Cuesta verdadero esfuerzo engancharse a ‘Un hombre en la oscuridad’. Las últimas entregas del escritor de New Jersey producen hastío. Auster recurre mucho, demasiado, al recurso de intercalar historias que entroncan con el núcleo principal. Algunas de ellas, verdaderamente, entran con calzador. Es un modo de prolongar la agonía, un modo de camuflar que el argumento central de la novela no da para mucho.

A veces pienso que Paul Auster ha cambiado.

Y Auster, cómo no, recurre a algo que está de moda en esto de darle a la tecla: la metaliteratura. En ‘Un hombre en la oscuridad’, protagonizado por August Brill, crítico literario, que no puede dormir y que, en sus insomnios, no cesa de fraguar historias, propone que uno de los personajes de ficción del protagonista insomne, Owen Brick, deba asesinar al autor de la historia. O sea a Brill. Auster inserta esta necesidad en una supuesta guerra civil en los Estados Unidos, que se han fragmentado en dos países. Y mezcla abiertamente personajes de la vida real de Brill con los que aparecen en la historia concebida por éste en sueños para Brick. La cosa promete, se engrandece, crea expectativas que después Auster va a desperdiciar, va a convertir en agua de borrajas. Pero eso sí, nos enteraremos de la vida de Brill, de las interioridades de su matrimonio y de su relación con su hija Miriam y su nieta Katya, historias sin "punch", romas, muertas... aburridas.

Auster repitiéndose de nuevo como el ajo, regresa en ‘Un hombre en la oscuridad’, al protagonista-escritor, es decir, al oficio que mejor conoce, que mejor domina. Pero claro, esto no sólo le ocurre a Auster: Juan José Millás, Antonio Gala, Fernando Trías de Bes y muchos otros se sirven de escritores (periodistas, críticos, novelistas, poetas) como actores principales. ¿Qué ocurre? ¿No quedan autores capaces de enfundarse otra epidermis y concebir seres de ficción creíbles y que no tengan tanto que ver con ellos mismos? ¿No quieren ya los escritores vivir otras existencias distintas a las suyas? No tengo respuesta a mis preguntas, pero por ahí, en la República de las Letras, hay quien ya ha bautizado este fenómeno literario con nombre y apellidos: "la Literatura del Yo".

A veces pienso que Paul Auster ha cambiado.

Al final he escrito más de lo que me proponía sobre ‘Un hombre en la oscuridad’ Y es que esto de los libros, a fin de cuentas, es como una corrida de toros o un partido de fútbol: el espectador que ha comprado su entrada, en este caso la novela, si no le gusta lo que ve, pita a su conclusión o se va en el cuarto toro o a la media hora de juego. Con los libros de Paul Auster, últimamente, ocurre lo mismo. Pitos. O división de opiniones, que es peor, porque, haciendo metaliteratura de salón, si una parte de mí, a pesar de todo, me hace leer de pe a pa su novela y otra parte mía, en cambio, se disgusta con ello, reportándome un amargo sabor al concluir su lectura, ya me explicarán ustedes, mis improbables, qué voy hacer. Un lío, un lío metaliterario, pero lío al fin. ¡Qué lejos se me antojan ‘La trilogía de Nueva York’, ‘Leviatán’, ‘La noche del oráculo’, ‘La música del azar’, ‘El palacio de la Luna’ ...! ¡Qué lejos!

Tan lejos que, a veces, ya no sé que pensar de Paul Auster y su obra.

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‘Un hombre en la oscuridad’,de Paul Auster. Ed. Anagrama, septiembre 2008. 207 páginas y 17.00 euros.

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