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Los peligros de la ciencia

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
miércoles, 22 de octubre de 2008, 04:49 h (CET)
Nada más deseable que alargar la vida, por ejemplo; pero a la vez nada más terrible. El tiempo es relativo, ya se sabe, y no son equivalentes cinco minutos de placer que cinco minutos bajo el agua y sin botellas de oxígeno. Si uno alarga su vida para vivir como un príncipe, bienvenido sea el invento; pero si es para recibir acreedores, como que no. Y es que no es lo mismo que propague su vida más allá de lo razonable la madre Teresa de Calcuta que Nerón o Hitler, pongo por caso. Visto así, la expectativa de que se puedan alargar los días del hombre es una idea espantosa, principalmente porque quienes tienen más oportunidades de hacerlo son aquellos a los que les ha faltado escrúpulos para acopiar fortunas contra ley y natura, y afligir a la humanidad con los días que han vivido. No, no; si ciertos personajes piensan alargar sus días, no sólo me niego a tener hijos, sino que yo mismo pido que paren esto, que me apeo. No me puedo imaginar un futuro sine die con Felipe González o Bush de Presidentes, por ejemplo.

A la Ciencia le ha dado últimamente por creerse Dios y jugar con lo que no debiera. Algunos creen que cinco años de carrera a trompicones les faculta para ello, pero no. La volátil Ciencia es, hoy por hoy, uno de los mayores paradigmas de contradicción que existen. Nació para eliminar a los dioses, negándose a admitir cualquier cosa que sólo se sostuviera por la fe, pero la misma Ciencia ha alcanzado postulados que no pueden creerse sino por la fe, como la cosa del Big Bang, por ejemplo, o la Teoría de las Cuerdas, que viene a ser algo así como el Misterio de la Santísima Trinidad, pero en plan docente. Los científicos, criaturas arrogantes y peligrosas donde los haya, han construido una bestia como el acelerador de hadrones para demostrar científicamente que están en lo cierto con sus desquiciadas teorías, y hasta es posible que nos catapulten a los mismos infiernos, tal y como otros científicos (al menos tan cualificados como éstos) advierten. Lo mismo, más que con la partícula de Dios se encuentran con la del diablo, y a ver entonces qué hacemos.

Pero la Ciencia es así. No basta con saber que las piedras que se caen al suelo si las soltamos desde lo alto (los peones de albañil hasta la promulgación de la ley de Newton lo ignoraban y no se caían), sino que es necesario conocer el mapa genético de las criaturas vivas para manipularlas (y apropiarse de él mediante patente), crear agujeros negros en laboratorio o en aceleradores de partículas (que tal vez nos traguen a todos) y hasta alargar la vida, aunque sea de los peores bichos de la humanidad, léase criminales, corruptos, conspiradores y otras excrecencias sociales, que suelen ser los que más haberes tienen. Una gloria, en fin. Una gloria, sí, porque la Ciencia es precisamente la más falible de todas las disciplinas, pues que se ha pasado la Historia desdiciéndose a sí misma, y diciendo Diego donde dijo digo. Ciencia eran las sangrías con que los médicos del Renacimiento daban matarile científico a los pacientes, pongo por parangón, y Ciencia la que infestó la Tierra con el DDT y la estará infestando durante los próximos veinticinco milenios. La Ciencia, es mucho más peligrosa de lo parece, especialmente hoy que los científicos se han puesto a jugar a Dios siendo unos simples retrasados a sueldo de quienes tienen canguele de irse al otro lado, por si las moscas las cosas de la fe. Todo sea que mañana nos llenen de bichos de laboratorio, de agujeros negros o materia oscura y la líen a base de bien; entonces, de poco nos servirá un “¡ahivé!” o un “¡mecachis!”, porque seguramente estaremos contra las cuerdas de la extinción o directamente extintos. Cuanto mayor sea su osadía o los haberes que les financian, más peligrosas serán las consecuencias de su Ciencia, y de esto, a estas alturas de la Historia, ya sabemos un rato.

A mí, qué quieren que les diga, todo esto me preocupa mucho, porque no va muy pareja que se diga la moralidad, virtud, ética o como usted lo quiera llamar, con el progreso técnico. El Titanic se hundió porque los materiales iban por detrás del conocimiento científico, y es posible que el próximo buque que se vaya al fondo sea el mismo planeta, pero de un agujero negro. Por nuestro bien colectivo, lo mejor sería atar bien cortito a todos estos sabios que pueden producir la del Profesor Chiflado, y quedarnos, virgencita, como estamos. Francamente, no deseo para nada tener un hijo de diseño (me complace como son, con todas sus imperfecciones), ni un perro que ponga huevos (con los que nació le bastan), ni una mesa de materia oscura en la cocina (ya se engrasa lo bastante con las frituras) ni aun un agujero negro en la sala (me basta con el mi economía), y, sobre todo, no quisiera que algunos vivan más allá de un siglo, ¡qué miedo! No, no, virgencita, que nos quedemos como estamos. Si tengo alguna oportunidad de publicar, primero ha disolverse ese trombo de los llamados vacas sagradas, que mira que viven.

Soy de los que piensan que nada es gratis, nada, y que todo bien encierra un mal y todo mal un bien: lo que riamos hoy, lo pagaremos con lágrimas máñana. Además, me complace el mundo como es, con todas sus incertidumbres, sus miserias y sus grandezas. No aspiro al Cielo en la Tierra, sino que considero que cada cosa debe tener su lugar y que no hay por qué mezclarlas. Si Dios o la Naturaleza en tanto tiempo y con tanta sabiduría nos pudo donde estamos, por algo será. No nos movamos más allá de lo estricta y rigurosamente razonable, no sea que nos pase como a aquel sabio sufí que buscó a Dios por todo el mundo y, cuando murió se le quejó en persona por no haberle encontrado; “¿y por qué me fuiste a buscar tan lejos de donde te puse?”, le respondió Dios. No, no; mejor así, imperfectos, efímeros. Precisamente esto es lo que nos hace progresar (o podría hacerlo) no como científicos, sino como personas y como humanidad, subiendo cada generación un peldaño, sólo un peldaño. ¿Se pueden imaginar sin ser alcohólicos soportar a Sánchez Dragó o a Rosa Regás por mil años?... ¡Joder, no!... Mejor, mucho mejor como estamos, sin duda. “Tempus fugit, vita brevis”, y punto.

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