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Etiquetas:   Opiniones de un paisano   -   Sección:   Opinión

Del dinero y el tiempo

Mario López
Mario López
martes, 21 de octubre de 2008, 04:48 h (CET)
Verdaderamente, qué poco vale el dinero. A juzgar por la facilidad con la que se entrega a los más borricos de entre nosotros. Se ve que sólo a ellos les hace falta. Las personas que no aspiramos a mucho más que a llevar a cabo alguna tarea productiva para nuestra comunidad no tenemos necesidad de él. Nos basta con trabajar y pasar la noche bajo techo; llevarnos algo a la boca un par de veces al día y orearnos en algún lugar remoto de nuestra geografía una semana al año.

Y así vamos tirando. Con algunos eurillos que distraemos de nuestra modestísima cuenta corriente nos compramos algún librillo en el que podemos leer cosas que nos entretienen o instruyen; cambiamos impresiones con el camarero del bar de la esquina o nos metemos en un cine para ver qué se le ha ocurrido al artista de turno para llenarnos los escasos ocios de que disponemos. En casa, si nos sobra tiempo, encendemos la tele y nos dejamos asombrar por las muchas cosas que hacen esos que sí necesitan dinero y que lo tienen para hacer todas esas cosas que luego nos cuentan por la tele. Así pasan los años. Poco a poco te vas dando cuenta de que te desaparece el pelo por donde debiera crecer y aflora por donde no debiera. Empiezas a contar canas. Te sorprendes al ver un rostro en el espejo que recuerda extrañamente al de tu abuelo y que no es otro que el tuyo propio. Ves que la piel de tus manos cada vez se van pareciendo más a la del pollo frito que tanto te gusta comer fuera de casa, a la vez que se va llenando de lunares marrones; lunares que se van juntando hasta formar unos lamparones impresionantes como los de las manzanas que empiezan a pudrirse. El caso es que si cierras los ojos te encuentras con el mismo ser que se bañaba en la playa y soñaba con atrapar alguna sirena con la que estrenar sus pudendas partes. Vuelves a abrir los ojos y descubres que el tiempo se ha detenido en un instante eterno, en el centro mismo del infinito.

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