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De laureles y laureados

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
domingo, 19 de octubre de 2008, 15:00 h (CET)
Escribió Horacio “exegi monumentum aere perennius” (“he construido un monumento más duradero que el bronce”) cuando se quiso referir a la perdurabilidad de su obra. Cosa que pudo escribir, siendo verdad, porque habitó una Roma epicúrea que supo premiar y promover los placeres y los dolores físicos e intelectuales, legándonos enormes pensadores y una memorable calidad que nos ha servido de cimientos a su posteridad. Si viviera hoy, sin embargo, precisaría más que calidad para ser leído: influencias, márquetin, baboseo... En la sociedad actual, más hedónica que epicúrea, la calidad es el último de los valores que cuentan —y a veces ni eso—, y es más que probable que en nuestros días el buen Horacio hubiera tenido que escribir su Ars Poética fuera de horas y emplearse para sobrevivir como peón de la construcción o vendiendo enciclopedias a domicilio. Así es la cosa, no hay más que ver lo que se premia en tantísimo certamen literario multimillonario como hay.

Más que la calidad y el contenido, se premia a la persona, a la influencia, a sus posibilidades mediáticas (que es decir comerciales) y a su ideología. A su ideología, sí; aunque no me refiero a un credo con contenido, sino precisamente a lo contrario. Hoy, en cuanto a esto de los credos, se premia el no tener ninguno, o aun a ser partidario del monstruosismo o lo directamente abyecto. Se puede hablar de bichos, de criminales, de pervertidos o de psicópatas, pero no de contenidos moralizantes o que aporten a la sociedad mampuestos sobre los que sostenerse. Y son precisamente estos los fines últimos de la “novella” cuando nació como género allá por el Quatrocento, procurando involucrar a la sociedad en pleno a la discusión de un asunto filosófico a través de una parábola —trama— más o menos ejemplarizante de la situación o aspecto social que se pretendía discutir, sacando los sesudos discurrimientos filosóficos de la órbita erudita en que estaban exclusivamente enclaustrados hasta entonces.

Mucho se ha cambiado desde aquel epicureísmo romano y mucho más desde el Quatrocento. Si mucho importaba entonces la plástica y el contenido, el ritmo y la profundidad, hoy nada de todo eso tiene valor, cediéndoselo en condominio a lo comercial, a la capacidad de la obra o el autor de convertirse en parné, en best seller. Sin embargo, la paja es un best seller de las bestias de tiro y la basura de las moscas, y no por eso deja de ser paja ni basura. Ni siquiera se ha respetado la exquisita literatura que le mostraba a la infancia los peligros del mundo o las delicias de algunas virtudes como la amistad o la fidelidad, convirtiéndose en una suerte de absurda estupidez que les adiestra en la nada de bichos deplorables y perversos ejemplos, en consumidores de prosa vacua y patética.

Nuestra hedónica sociedad se ha ido desnudando de contenidos al mismo tiempo que se atiborraba de bichos, pillos y golfos de todo pelaje. Si alguna vez se precisó de calidad y de tramas moralizantes, es precisamente ahora en que no hay más Dios que ninguno ni más fin en la vida que alcanzar un estatus de comodidad y bienestar personal a costa de lo que sea. Todos los males que padecemos —todos—, incluido el desmadre ecológico o las intrigas y corruptelas financieras globales, se debe precisamente a esto, a la falta de ideología, moral o ética. Muerto Dios y los credos, no hay paraíso al que aspirar que no sea uno mismo y su placer. Lo que vende y promociona el sistema, precisamente, es lo contrario de lo que entonces se ensalzaba, convirtiéndonos en esto que somos, porque no son sino modelos perversos sembrados en la sociedad. Todo vale por el dinero... y por el aborregamiento de Juan Pueblo.

A uno, como escritor que es, no le molesta en lo más mínimo ser derrotado por quien tiene más talento. Muy por el contrario, los vencidos solemos formar pasillo a triunfador y decirle humildemente: “Maestro...” Sin embargo, no suele ser así. Los escritores que participan en un certamen no suelen enterarse nunca de por qué han sido eliminados; adempero, en ocasiones sí, y duele conocer las causas, especialmente si éstas son no por falta de calidad, sino por exceso de ideología a criterio del jurado. La ideología molesta, como molesta y perturba que un autor quiera dar contenido moralizante a su obra, a pesar de que las mismas bases, y aun el objetivo del premio en cuestión, sea descollar la calidad literaria sin considerandos previos de su orientación ideológica.

Ya lo sabe, si usted es autor, puede escribir lo que quiera: sobre que Dios es un truhán o un suplantador; el memorable héroe histórico, un pillo de tomo y lomo; la Iglesia de su Fe, un concilio de tramposos; el asesino más sanguinario, un sujeto a imitar; e incluso puede llenar su prosa de bichos pervertidos elevados a los altares de la admiración que lo mismo violan criaturas que hacen manteca a jóvenes vírgenes o especulan con las vidas ajenas, que tiene usted todas las oportunidades de convertirse en el autor de moda, especialmente si lo hace con una semántica en decadencia y una sintaxis más bien simplona. Pero si llegara a construir un personaje que encomie la virtud, ya puede usted tener la calidad que tenga, sin duda será descalificado en la primera selección. Y, de tener la osadía de hacerlo así, mejor será que no firme con su nombre, porque habrá entrado en una lista de autores proscritos y no le quedará otra que escribir para el cajón de su despacho. Así está la cosa, por más que Juvenal gritara “virtus nescit labi” (“la virtud no se equivoca”). Son otros tiempos, en fin, y lo que priva es la nada, la paja.

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