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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Quid pro quo

Ángel Ruiz Cediel
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
jueves, 16 de octubre de 2008, 06:56 h (CET)
La Revolución Industrial cambió la mentalidad tradicional de la economía y los cultivos de supervivencia, estableciendo la fabricación seriada y los cultivos intensivos como fórmula económica; pero no fue sino un primer paso de un monstruo que crearon las grandes fortunas, un Golem. La población de los países de entonces era demasiado grande ya y ni las pandemias o las guerras podían regularla, de modo que era necesario ocupar y alimentar a muchos, si es que se quería tener una sociedad pacífica y controlable: quid pro quo, algo por algo.

Cuando se crea un monstruo, sin embargo, lo malo es que no se le puede descrear y es necesario alimentarle. Uno de los efectos de aquella Revolución Industrial fue la creación de enormes fortunas que, bien sea por falta de legislación o porque quienes debían preverla no estaban dispuestos a ello, pronto se convirtieron en el modelo de todos y cada uno de los ciudadanos. La riqueza no precisaba de bula y hasta era alabada por todos, sin consideración moral o ética de cómo se obtenía. La consecuencia natural fue que a ese Golem se le hizo egoísta e individualista, derribando por concatenación todos los valores hasta entonces en boga. Fluían los beneficios de los capitalistas, y, a pesar de los movimientos sociales de oposición como el marxismo o la anarquía, el monstruo crecía e imponía su presencia, incluso imponiendo allá donde se implantaron las doctrinas marxistas o comunistas elites dirigentes, indifirenciables de las de sus opositores: mismos problemas, parecidas soluciones. Quid pro quo.

El paso siguiente del monstruo, de ese Golem, una vez superada y agotada la sociedad industrial, estaba claro que era la sociedad especulativa. ¿Para qué fabricar en el país, si haciéndolo en otro era más barato y producía mayores beneficios?... ¿Para qué emplear ciudadanos propios si se podían emplear pobres traídos de todos los muladares de la Tierra?... ¿Para qué cultivar tierras ya sobreexplotadas si se podían traer los productos de países extremadamente pobres?... Quid pro quo. Así sobrevinieron las sociedades especulativas, y, por consecuencia, la muerte de Dios, la de las patrias y la de la moral o la ética al uso, al tiempo que se propiciaba la importación de mano de obra barata, la pérdida de derechos laborales de los nacionales, la movilidad de la localización de las empresas y, para protegerlas y aun expandirlas, la creación de ejércitos privados (profesionales) en sustitución de los de milicia obligatoria, pues que estos defendían bienes ya obsoletos como las patrias. Quid pro quo.

El Golem, sin embargo, no se detuvo en su camino, y el aliento de esta bestia se extendió, pretendiendo prolongar sus días más allá. Ya no era necesario tener siquiera empresas, sino que bastaba con especular, siendo así propietario sin serlo de empresas, creando necesidades que no existían en los demás o subiendo el precio de lo que se poseía tanto como las necesidades de los demás prójimos lo consintieran. La realidad era ya la fantasmagórica bolsa; el mismo valor de las cosas, no era ya el de las cosas, sino el que le conferían los demás que desean ese bien. Quid pro quo. Y la sociedad en pleno se entregó a la orgiástica de la especulación. Un ámbito en el que un rumor, una mentira o un bulo intencionado podía cambiar el valor de las cosas y facultar que una fortuna pudiera adquirir incluso un país, tal y como sucedió en más una ocasión sobradamente documentada. Especuló el rico con sus acciones de bolsa, especularon los gobiernos nacionales y locales con el suelo y los impuestos, especularon constructores y grandes empresas con sus bienes y servicios, especuló el pequeño propietario con la vivienda que vendía, el que la alquilaba y el tendero de la esquina: todos especularon tanto como pudieron. Quid pro quo, los precios alcanzaron un valor muy superior al de los propios bienes que se compraban o vendían: era la burbuja financiera.

Pero algunos más listos que los demás, especulando, hicieron estallar esa burbuja y se implantó la dictadura del miedo. El egoísmo, el aliento de la bestia, del Golem, ya lo impregnaba todo, y, cada cual, no fiándose de los demás, escondió sus haberes, pero ignorando que estaba respirando por la bestia, que era corresponsable de la crisis que empobrecía a las sociedades en pleno y sumergía a miles de hombres cada día en el dolor y la necesidad extrema que causa el desempleo. Los pequeños tenían miedo de perder lo que habían atesorado con su especulación; pero los grandes, los que más tiempo llevan especulando mejor que los demás, entretanto se habían organizado en consorcios trilaterales, geochos, iluminados, y comprendieron que podían dar un paso más por el Golem que crearon. El aliento de la bestia, después de todo, era ya la respiración social, gracias al egoísmo. Era hora, pues, de dar el nuevo paso, trasplantando los pulmones de la bestia a la sociedad, que es decir imponiendo un sistema financiero —su sistema financiero—, y, si fuere necesario, un gobierno mundial —su gobierno—. Por eso los gobiernos todavía nacionales hoy, sabiéndose cautivos o participando de la estrategia, se empeñan en proporcionar ingentes recursos a quienes han creado el problema. La bestia ya domina el escenario y respira por la sociedad, gracias al egoísmo de cada cual. Quien quiera respirar —grita—, tendrá que hacerlo cómo y cuándo ella lo quiera: quid pro quo.

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