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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

El asesinato de un presidente

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 17 de octubre de 2008, 03:56 h (CET)
Durante muchos años en España tan sólo había unos “caídos” de aquella guerra fratricida que asoló el país durante tres años, eran los llamados “caídos por Dios y por España” cuyas viudas y familiares tenían toda clase de prebendas y honores, desde pensiones y medallas hasta la graciosa concesión por parte del Estado franquista de la explotación de estancos, expendedurías de tabaco, sellos y papel timbrado que, no olvidemos, lucían en su fachada los colores de la enseña nacional. Los otros, los muertos y desparecidos del bando perdedor, no merecieron durante la época franquista ni tampoco durante algunos años de la transición ni honores ni recuerdos por parte de los estamentos oficiales. Una pesada losa de olvido cayó sobre ellos y durante más de cuarenta años sus familiares les lloraban en silencio y a escondidas. Si unos eran “caballeros mutilados” los otros eran “el jodido cojo rojo”, y mientras unos disfrutaban de las mieles de la victoria los otros penaban hacinados en las cárceles el haber sido leales al Gobierno legítimo de la Republica. Por eso era necesaria esa Ley de la Memoria Histórica que, finalmente, fue aprobada por un Gobierno socialdemócrata, pero todavía quedan flecos que la ley, muy tímida ella y los que la redactaron, se dejo en el cajón del olvido.

Fueron muchos los condenados a muerte por unos tribunales que no ofrecían ninguna garantía jurídica, los Consejos de Guerra, sumarísimos o no, eran una triste parodia de un juicio en toda regla, los formaban militares nada duchos en temas procesales y con el ánimo predispuesto a condenar al acusado que tenían delante, al que miraban más como un enemigo que como un personaje en trance de ser juzgado. La prepotencia de aquellos militares, no olvidemos que venían de ganar una guerra, no fue la mejor garantía de que los condenados tuvieran un juicio justo. Y por tanto fueron muchos los condenados a muerte y fusilados de inmediato que fueron pasados por las armas después de un juicio de opereta. Entre ellos Lluis Company, el que fuera President de la Generalitat de Catalunya desde 1934 hasta 1940.

Ahora, cuando se cumplen sesenta y ocho años de su fusilamiento en el Fossar de Santa Eulalia en el Castillo de Montjuich de Barcelona son muchas las voces que están reivindicando la anulación de aquel Consejo de Guerra sumarísimo que se celebró el 14 de Octubre de 1.940 en Barcelona y que le condenó a muerte con estas palabras: “Fallamos que debemos condenar y condenamos al ex Presidente del disuelto Gobierno de la Generalidad Catalana, Luís Companys Jover, como responsable en concepto de autor por adhesión del expresado delito de rebelión militar, a la pena de muerte”. Este es el texto del fallo de la sentencia que fue, rápidamente, ejecutada llegada la madrugada. Los nombres de los militares firmantes fueron: Manuel González, Federico García Rivera, Fernando Jiménez Sáenz, Rafael Latorre, Gonzalo Calvo y José Irigoyen y Adrián, seguramente algunos de ellos ni siquiera habían pisado en su vida una Facultad de Derecho.

Companys, como muchos otros, fue condenado a muerte sin que se le juzgara con las debidas garantías procesales, se puede decir que fue asesinado “legalmente”, con la ley hecha por aquellos que se habían levantado en armas contra el gobierno elegido en las urnas por la mayoría. La Ley de la Memoria Histórica ha olvidado esta situaciones, seguramente en los legisladores todavía queda un poso de miedo a epocas pasadas y les ha faltado el valor suficiente para poner negro sobre blanco que todos aquellos Consejos de guerra franquistas debieran ser anulados. Tal vez a Lluis Companys se le haga justicia después de sesenta años, su nieta así lo ha solicitado al Ministro de Justicia, ahora la pelota está en el tejado del Tribunal Supremo que es el órgano competente para tramitar la nulidad de aquella parodia judicial que sirvió para que un pelotón de soldados disparase contra quien fuera President de Catalunya y que murió diciendo “Assessineu un home honrat. Per Catalunya”. Pero todavía son muchos los legajos judiciales de aquellos negros años que están pidiendo a gritos una revisión de todas aquellas condenas a muerte y a largos años de cárcel tan sólo por haber sido leales a una bandera y a un gobierno, cosa que no hicieron sus jueces y verdugos que traicionaron el juramento que en su día hicieron.

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