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¡María San Gil no puede negarnos su apoyo!

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 16 de octubre de 2008, 08:22 h (CET)
Uno, en su incapacidad por acabar de entender los manejos de nuestros partidos políticos, está perplejo ante determinadas decisiones, exclusiones o, quizá mejor, se podría calificar de despilfarro con respecto a determinadas figuras que, por aquellos misterios inescrutable de la vida, un día resulta que figuran en el candelero de la política, que rozan el cielo de la gloria y que merecen el beneplácito de cientos de miles de personas que ven en ellos un espejo de honradez, de honestidad y de valentía y que, sin embargo, vaya usted a saber por qué extrañas circunstancias, vudús, brujerías o maledicencias; de la noche a la mañana, se le niegan todos sus méritos, se le recortan las plumas de sus bellas alas blancas, se la baja del pedestal y se la hecha a las tinieblas, a los perros del olvido y a la lejanía de la ingratitud. Ustedes ya habrán adivinado que me estoy refiriendo a la abominable y alevosa defenestración por la dirección del PP vasco de esta persona, la señora María San Gil, que tanto entregó de sí misma, que tanto valor demostró y que, con tanta entrega e inteligencia, se constituyó en abanderada de la legalidad en su país, el País Vasco, ocupado desde hace unos años por quienes buscan, por cualquier medio, conseguir su separación de España.

Si Rosa Diez, en un rapto de dignidad y de valor, se escindió del partido socialista –un partido con el que había colaborado desprendidamente y que se había constituido, como María San Gil, en el paradigma de la honestidad y la bravura dedicadas a su defensa del español y de la unidad de España –; se supo desligar de su partido, al comprobar que estaban dispuestos a negociar con ETA e, incluso, por conveniencias electorales e intereses partidistas, estaban preparados para conceder a los etarras parte de sus reivindicaciones, como un primer paso en su camino al autogobierno de la comunidad Vasca; parece ser que María San Gil, más reservada, más sufrida, más fiel, no ha querido escuchar los cantos de sirena de los que le han propuesto ciertas aventuras electorales. A esta ondina vasca, a esta valerosa mujer que se enfrentó a un cáncer con la misma valentía que lo supo hacer ante los asesinos de ETA, el señor Rajoy, en uno de sus aparentes raptos de amnesia y con un método poco ortodoxo, parece que no quiso darle más oportunidades en el PP, quizá por haber escuchado voces insidiosas de los que aspiraban a ocupar su cargo; acaso por celos de su popularidad ( ya sabemos como se ocupaba Calígula, el emperador romano, sobrino de Claudio, de eliminar a aquellos a los que envidiaba) o por consejo de los que entraron den la nueva dirección, a los que, evidentemente, les podía hacer sombra la personalidad de la San Gil. A esta mujer sí se le podría aplicar, con toda propiedad, aquella famosa frase, atribuida al Cid Campeador,: “¡Dios que buen vasallo si hubiera buen señor!”

No obstante, no andamos tan sobrados, en nuestra España, de personas con halo de popularidad, con marchamo de patriota y sangre de heroína, para que parezca razonable que un activo de tal categoría se pueda perder para la política, por el simple hecho de que un grupo de desagradecidos, de defraudadores del voto de los simpatizantes que los votaron (pensando que seguirían la derrota de Anar y, por el contrario, prefirieron convertirse en uno de los satélites más del gobierno, de estos que hacen el caldo gordo a los nacionalismos para intentar pescar en las aguas revueltas de una política de miasmas y detritus); pensaran que era mejor apartarla de la vida política. Es evidente que personas como María San Gil o Regina Ortaola son raras avis de la decencia, el honor y la fidelidad, a las que les cuesta hacerle al partido lo que el partido no tuvo ningún pudor en hacer con ellas. Pero estos remilgos estarían bien si España estuviera a salvo, si la unidad estuviera garantizada y si las fuerzas separatistas que intentan desguazarla en su propio beneficio, no estuvieran envalentonadas por la debilidad del Gobierno Central y aplaudidas por otras autonomías que, a la vista de los éxitos de aquellas en las que el chantaje les da abundantes frutos y beneficios, piensan que, apuntándose a la juerga separatista, ellas también van a conseguir más aportaciones de Madrid. Pero, por desgracia, la situación del país en estos momentos es de un desconcierto total y muchos miles, cientos de miles o millones de ciudadanos están perplejos, sin saber a qué atenerse, en quién confiar y a qué partido adherirse, donde puedan ver reflejados todos aquellos valores, ideales y conceptos que defiendan una España única, una bandera nacional que nos represente a todos, por encima de veleidades separatistas y un idioma nacional; una moral y éticas que garanticen la vida de las personas y que luchen contra el aborto, los matrimonios homosexuales y la eutanasia.

Lo repito, y sé que estoy pidiendo mucho, pero España no puede permitirse desperdiciar valores que por desidia, por egoísmos o por envidias han sido apartados del primer plano, cuando más se les necesitaba. Los señores Rato, Mayor Oreja, Zaplana, Acebes, Vidal Cuadras, María San Gil, Regina Ortaola y todos aquellos que han tenido una trayectoria brillante en el PP y que fueron excluidos, por las causas que fueren, de sus responsabilidades de gobierno, ahora, en estos precisos momentos, los españoles que amamos a España, los que los echamos de menos; creemos que deberían, es más, estimamos que tienen la obligación moral de salir a la palestra para que, aquellos que estamos huérfanos de apoyos políticos, de líderes que nos aporten seguridad, esperanza y soporte para el mantenimiento de aquellos ideales y principios que, aparentemente, han desaparecido del panorama real de nuestra nación, confundidos en las brumas de este socialismo, destructor y sectario, que ha extendido sus tentáculos sobre ella; podamos confiar en que todo no está perdido y que tenemos un rayo de luz en el horizonte que alimente nuestras esperanzas de recobrar todo lo que el PSOE de ZP nos ha arrebatado en sus años de gobierno.

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