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Europa, ¿desaparecida?

Pascual Falces
Pascual Falces
miércoles, 15 de octubre de 2008, 11:27 h (CET)
¿Dónde está la Unión europea en la crisis que vapulea a los europeos? Bueno, vapulear es mucho decir, porque es sinónimo de apalear, azotar, sacudir, zurrar. Algo mucho más crudo ocurrió en el Continente a lo largo de las guerras casi totales que lo sacudieron en los últimos siglos. ¿Para qué detallarlas? Sólo que es importante tenerlas presente en estos momentos en que la “crisis”, comparativamente, equivale mas a un meneo en el bolsillo del europeo medio, que a la indefensión, mortandad, hambre y orfandad consecuencia de aquella barbarie, en que los Cuatro jinetes del Apocalipsis recorrieron sus campos.

Más, siguiendo con la pregunta inicial, está claro que la Unión Europea, de la que tan orgullosos estábamos, ni está presente, ni, como se dice, “se le espera”. Se celebraron con grandes fastos y alharacas su ampliación desde los seis Estados fundacionales, en 1958, hasta los veintisiete que actualmente la integran. Casi quinientos millones de europeos, descendientes de los sufridos habitantes de los siglos anteriores, vivían en el anhelo de haber encontrado un medio de engrandecerse y de vivir en paz, sin fronteras, y por los siglos venideros.

Es evidente que un espíritu de unidad aleteaba detrás de todo el proceso de integración. El “euro”, se asentó en los bolsillos y faltriqueras del ciudadano europeo sustituyendo a la multitud de divisas, que, en definitiva, tenían que ser comparadas con el poderoso dólar, la moneda que se abrió camino universal. Así, el euro emergió como su competidor, y la moneda europea pudo mirar de tu a tú a la norteamericana.

Ese “espíritu de unificación” alcanzó su apogeo con la redacción de la tan traída y llevada Constitución Europea que no satisfizo a nadie, excepto al gobierno socialista español que se apresuró a aceptarla impulsando un clamoroso “Si”. La propia Francia, cuna de los redactores del texto de la ya olvidada primera constitución, plebiscitariamente dijo “No”. Y, con ello, el disgusto de los sectarios “inventores”, fue manifiesto. Ni el “Tratado de Lisboa” que le sucedió como vínculo escrito de Europa les sirvió de consuelo. Y se llenaron de desánimo. Y la “unión” siguió caminando desarbolada con las sucesivas presidencias de cada semestre.

Así se llegó hasta el sombrío panorama de la actual “crisis” que sacude al mundo entero, y las consecuencias fueron de escándalo. El “sálvese quien pueda”, ha sido la norma común hasta que, en las últimas horas, parece haber prevalecido el sentido común entre los jefes de Estado y de Gobierno de la recién llamada Eurozona para hacer frente a la crisis financiera. La acomodada burocracia asentada en Bruselas carece de impulso para hacer frente a una hecatombe macroeconómica que no se resuelve con “parches” fruto de individualismos nacionales. Aquel “espíritu” de unidad que alentaba la fenecida literalidad de la Constitución Europea ha demostrado el mezquino sectarismo de su origen. Se hace necesaria una “refundación” de Europa más conforme con la realidad histórica y cultural de quinientos millones de personas, que, con los oscuros intereses, magnificados, de sus “fundadores”.

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