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Radio y televisión públicas

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
lunes, 13 de octubre de 2008, 23:54 h (CET)
La radio y la televisión acompañan a la sociedad desde hace 113 y 83 años respectivamente. Y no sólo la acompañan sino que la modifican. Porque la historia de la humanidad sería totalmente distinta, me atrevería a decir que impensable, sin la presencia de estos dos medios masivos.

Del asombro inicial que causaron las primeras demostraciones públicas de estas nuevas tecnologías, se pasó rápidamente a la aceptación social -e incluso a la exigencia- de que tanto radio como televisión se instalaran de una manera definitiva en la vida de los individuos.

La esencia de ambos medios no ha variado sustancialmente, a pesar de sus muchos adelantos tecnológicos: compartir con otros, a veces con muchísimos otros, sonidos e imágenes; romper barreras de distancia y tiempo para establecer un código común entre grupos de individuos.

La radio y la televisión realizan funciones similares a las que cumplió desde sus inicios la letra impresa, con la diferencia fundamental de que las comunidades de radioescuchas y de telespectadores se ampliaron considerablemente porque el consumo de estos medios resultó más fácil.

En este sentido el carácter público de los medios electrónicos es un atributo general. Una vez que un mensaje cualquiera es transmitido, está a disposición de todo aquél que cuente con el equipo receptor requerido. Es seguramente en este punto donde se abre el abanico de opciones en la radio y la televisión, donde adquiere importancia la división tradicional entre lo público y lo privado, porque el carácter de la propiedad de los medios imprime una naturaleza específica a los códigos que se manejan en ellos.

Retomo la consideración de que lo público no es única y exclusivamente lo opuesto a lo privado en lo que se refiere al resultado que tiene en la radio y la televisión la forma de propiedad. Público es todo el material que se emite a través de las estaciones de radio y de televisión, ateniéndonos a que los medios -sean de propiedad privada o estatal- son de servicio público.
La naturaleza de este servicio define la función social que tienen la radio y la televisión. Es cierto que los medios crean públicos, pero también es cierto que cubren necesidades.

Desde el inicio de la radio, por ejemplo, la música ha tenido un lugar privilegiado y ha cumplido con el objetivo fundamental de ampliar los auditorios, pero nunca el lugar que ocupa ha sido único. Casi inmediatamente surgieron especializaciones o tipologías en los programas musicales. La información y la política también han sido útiles para popularizar la radio. Así, hasta encontrar la variedad de oferta que podemos ver en la actualidad.

Los resultados concretos en los productos que se ofrecen a los consumidores de medios podrán ser variados en cuanto a la calidad, la información y la complejidad de los códigos utilizados. Lo que los hermana es la intención de ganar auditorios más amplios y el hecho subyacente de que cumplen una función social, muchas veces al margen de la intencionalidad de las emisoras.

Si se considera la prevalencia en nuestro país de las estaciones concesionarias (91%) sobre las permisionarias (9%) ello nos da idea del dominio que ejerce el aspecto comercial de la radiodifusión -que en televisión es mucho más acusado- sobre lo que podríamos llamar los fines culturales. Sin embargo, esta sola característica no descalifica a unas ni resulta elogiosa para las otras. Simplemente señala una diferencia que vale la pena analizar desde otras aristas.

La radio comercial para cumplir sus fines, necesariamente ofrecerá una programación cuyos géneros y formatos requieran la utilización de códigos de consumo más amplios, pero no por ello deja de cumplir una función social que atiende a las características del público consumidor.

En este punto radica la importancia de los medios públicos. La libertad de proponer una programación que no esté regida por la exigencia del mercado sólo es posible con una radiodifusión financiada por el Estado. La exigencia social –o, de un modo más preciso, la de diversos grupos sociales- de ver reflejados modelos acordes a conceptos y códigos culturales distintos de los que perfilan los medios comerciales, sólo puede ser atendida desde los medios públicos.

Hoy nadie discute que el uso de los medios electrónicos públicos para la educación parece la única salida viable al explosivo aumento de la demanda en el mundo. Naciones como la nuestra, la India o Australia, entre otras, han desarrollado sistemas de satélite exclusivos para ese fin. Y en el caso de los desastres naturales, a los medios públicos les corresponde ocupar la primera trinchera en la defensa de la población. Aunque este deber, como se puede comprobar, frecuentemente se subordina a la “necesidad política” de no “alarmar a la población” y la radio y televisión de la sociedad pueden permanecer mudas mientras sus homólogos privados ganan rating desde el altiplano con la reseña de la tragedia popular.

Por la falta de una historia de nuestros medios, se nos olvida que lo que hoy conocemos como medios comerciales fueron engendrados en propuestas de radio y televisión educativa, científica y cultural.

En México el uso de los medios electrónicos para la educación es casi paralelo a su inicio. En 1924 la SEP pone en el aire una radio, y en 1937 hace lo mismo la Universidad Nacional, en ambos casos con el ideal de los primeros estadistas posrevolucionarios: miles de aparatos diseminados a lo largo del territorio, llevando la voz de los maestros a los grupos más desprotegidos.
En 1921, con motivo del centenario de la firma de los Tratados de Córdoba, se llevan a cabo fiestas populares, desfiles militares y de carros alegóricos, demostraciones de aviación, carreras de autos, funciones de teatro y cine, conciertos y, por primera vez en México, transmisiones radiofónicas en aquella ciudad veracruzana.

El 15 de noviembre de 1948, Guillermo González Camarena asombró a la comunidad científica nacional y extranjera con la transmisión de dos cirugías de vientre durante la VIII Asamblea Nacional de Cirujanos.

En mayo de 1952, el presidente Miguel Alemán Valdés inauguró el primer sistema de televisión a colores en apoyo a la docencia en la Universidad Nacional. En 1959 aparece el canal 11 del politécnico.

En 1960, con el debate Kennedy – Nixon, la televisión llegó a las elecciones para quedarse. Después de aquel encuentro, diversos países adoptaron el formato. Lo que no es tan sabido es que en Monterrey, en 1961, un licenciado Calvi, candidato del PAN a la diputación federal, retó al del PRI y se acordaron los términos del debate, pero el priista no se presentó. Poco después, en el Distrito Federal, otros dos candidatos, Antonio Vargas McDonald del PRI y Tomás Carmona del PAN, discutieron frente a las cámaras de televisión.

En 1968 se transmitieron los Juegos Olímpicos mexicanos por satélite, y la señal de la telesecundaria comenzó a ser enviada a siete estados. En 1980 aparece el primer telebachillerato en el canal Cuatro Más (hoy Radiotelevisión de Veracruz). Actualmente México tiene sistemas de radio y televisión públicas que sirven a un público de 42 millones de mexicanos, casi la mitad de la población del país.

Molcajeteando
No hay mejor manera de anular el potencial de servicio social de la radio y de la televisión públicas, que subordinarlas a intereses ajenos a su vocación, ya sean “políticos”, “caritativos” o apáticos. Esto lo entendieron muy bien los arquitectos del estatuto de la BBC, de la CBC y de la ABC, pero igual quienes usaron estos medios en regímenes de signo contrario. Como ejemplo, algunas citas del discurso pronunciado el 18 de agosto de 1933 por quien sin duda fue el más eficaz analista de la función política de la radio –conceptos que sin dificultad se pueden aplicar a la televisión. Quien tenga interés, favor de traducirlas, porque yo ya estoy muy cansado:

“[…] Within the framework of these great tasks, the radio, if it is to remain living, must hold to and advance its own artistic and spiritual laws. Just as its technical methods are modern and distinct, so too are its artistic capacities. […] There is a style of speaking on the radio, a style of drama, of opera, of radio show. The radio is […] an independent entity with its own rules. A hundred cooks spoil the soup, a hundred bureaucrats, any spiritual accomplishments. The more committees, review committees, […] the less political accomplishments. […] The spiritual energy, the flexibility necessary to reach the people in changing times, may not be the responsibility of boards, commissions or committees. They only get in the way. […] Excessive organization can only get in the way of productivity. The more bureaucrats there are, the more obscure the internal structures, the easier it is for someone to hide his inability or incompetence behind some committee or board. And not only that. Excessive organization is always the beginning of corruption. It confuses responsibility and thus enables those of weak character to enrich themselves at public expense.” El que tenga oídos…

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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla (México).

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