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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Palabra de Dios y de hombre

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
martes, 14 de octubre de 2008, 00:04 h (CET)
No somos del todo conscientes los cristianos del tesoro incomparable e inapreciable que tenemos a nuestro alcance en la Palabra de Dios. Vivimos tan inmersos todos en las realidades materiales que nos ocupan y preocupan, que apenas nos dejan tiempo para lo principal: Escuchar la Palabra de Dios, interiorizarla, meditarla, saborearla y hacerla vida propia. Tal debería ser la prioridad para todo cristiano. Pero no es así.

Preferimos la palabra humana, casi todas vacías, huecas, interesadas, o engañosas, que nada o casi nada nos aportan para el cambio y mejora de nuestra vida, y que muchas veces, nos aturden, nos cansan, nos confunden, y a pesar de ello, las preferimos a la única “palabra de vida eterna”, que es camino, verdad, vida, alimento y luz para todo mortal, caminante entre sombras y oscuridad hacia el más allá.

Todo cristiano que pretenda salir de la mediocridad, de la rutina, de la tibieza espiritual y emprender un camino de mejora, compromiso y mayor exigencia de santidad en su vida, habrá de colocar en lugar prioritario el estudio, la meditación y la familiaridad con la Palabra de Dios, sobre todo del Evangelio.

Bastaría usar el sentido común para convencernos de esta gran verdad. Una sola frase, un solo renglón, un dicho de Jesús nos aporta, espiritualmente, cien veces más, que el mejor de los libros, escrito por el talento más eximio. Un ejemplo: “¿Qué le importa al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?”(Mc 8,36). Sin comentario.

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