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Reflexionemos sobre la España actual

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 13 de octubre de 2008, 02:55 h (CET)
Miren ustedes, por una vez y sin que sirva de precedente debo reconocer que el señor Soria, el ministro de Sanidad, ha tenido una idea brillante, sí, creo que esto de crear un Observatorio Español de Salud Mental puede sernos de gran ayuda en esta crisis galopante e incontrolada que estamos padeciendo y que, miren por donde, cada día está poniendo en mayor evidencia a esta caterva de mandatarios políticos que se ocupan del llamado “bienestar” de la ciudadanía pero que, visto lo visto, mejor sería que contribuyeran a ello marchándose a sus casas y dejando que personas más capaces ocuparan sus puestos. Yo le sugeriría al señor Soria que, aparte de ingresar el mismo como “paciente de honor” en dicha institución de recomposición de desvaríos mentales; para lo cual creo que ha acreditado los méritos suficientes; que lo primero en lo que debiera ocuparse dicho organismo es en iniciar expedientes de incapacitación y ingreso permanente por causa del delirium tremens de inteligencia y abulia intelectual de todos estos señores que han sido capaces de permitir que hayamos llegado a la situación en la que nos encontramos; empezando por el señor ZP y continuando por todos los miembros de su gobierno, sin salvar tampoco de una revisión mental a fondo al señor Rajoy y a todos los descerebrados que han ocupado la nueva dirección del PP.

Hace mucho tiempo que tengo la sensación de que todos estos sabios de la economía, estas generaciones de universitarios que hablan de derivadas, de mercados emergentes, de las puntas y de los dientes de sierra, aparte de tener un empacho mental de números y teorías sobre la mecánica de la economía, siempre se dejan en el cesto de los olvidos los problemas sociales y políticos que por incubación larga y por lo imprevisto de sus manifestaciones suelen ser imprevisibles y, por ello, su incidencia en el mundo de las finanzas y los negocios suele ser devastadora. Cuando ofrecen un producto y le cantan sus ventajas, su oportunidad y sus perspectivas de futuro se olvidan de advertir a los inversores que, hoy en día, hay factores especulativos, productos trampas, e ingeniería financiera que puede ser letal para sus peculios. La muestra la tenemos en este tsunami de las bolsas y el desplome de los soportes económicos que han sido durante años los motores básicos de nuestras economías. Sin duda que el afán de ganancias de las entidades financieras, la emulación de estos tiburones en lo que se han convertido estas generaciones de economistas ávidos de medrar deprisa, de corazones de piedra y codos potentes para abrirse paso entre la competencia; ha creado, artificialmente, una serie de productos financieros que, en realidad, no son más que humo, espirales de colores sin base alguna que los sustenten, pero que, no obstante, se han vendido como tortas a los inversionistas que han pensado que en ellos estarían seguros sus ahorros.

Pero no descartemos tampoco de la crítica a estos españoles que se han creído que el mundo era Jauja y que en España tenían materia para hacerse ricos a base de pelotazos. Hace ya muchos años que nos hemos acostumbrado a vivir por encima de nuestras posibilidades y, no dejemos de citarlo, de nuestra preparación y capacidades. Es evidente que los medios de comunicación se han encargado de difundir muchos sueños, muchas utopías, sistemas de vida en los que el lujo, el ocio y la riqueza se convertían para la audiencia como algo que estaba al alcance de todos, bastando con ser osados y arriesgarse. La relativa bonanza de una economía aletargada y la irrupción del sistema de pagos aplazados y las tarjetas de crédito, nos han hecho creer que lo podríamos tener todo al alcance de la mano aunque, para ello, nos tuviéramos que entrampar de por vida. El tener una casa en propiedad, un bien que en muchos países resultaba inalcanzable para muchos ciudadanos, que se limitaban a alquilar sus viviendas o se trasladaban a vivir a los extrarradios de las grandes ciudades o a poblaciones dormitorio; se ha convertido para los españoles en algo imprescindible, hasta tal punto que no hay pareja de jóvenes que se quiera casar o juntar que no considere prioritario tener su piso de propiedad. Sin trabajo fijo, sin esperar a tener unos ahorros, pidiendo a la familia e hipotecando se embarcan en la aventura, confiando en que todo seguirá igual de bien y que no surgirán obstáculos en el horizonte de su existencia. Error sobre error y ahora se están dando cuenta de su equivocación, tarde para enmendarla. Hay que decir que la demagogia de algunos partidos políticos ha contribuido a fomentar estas falsas expectativas con sus teorías del “todo vale” y el “a todo tengo derecho”; dejándose en el tintero el precio a pagar en cuanto a trabajo, esfuerzo, sacrificio y preparación que es necesario para triunfar en la vida.

Coches de alta gama, viajes, vacaciones etc. se han convertido en los caprichos de aquellos que han encontrado en los plazos el medio para convertir en realidad sus sueños de grandeza. Unos salarios por encima de las posibilidades de la industria de nuestro país y una baja productividad ( una de las peores, si no la peor de los países europeos) han completado el panorama de nuestra sociedad que, sin duda, ha sido de las menos preparadas para enfrentarse, de sopetón, con una crisis desbocada, un aumento imparable del IPC y una subida excesiva del Euroíbor que han recortado las posibilidades de conseguir créditos, de amortizar los existentes y de cubrir las cuotas de las hipotecas; todo ello acompañado de un aumento de los precios de los artículos de primera necesidad, una pérdida de puestos de trabajo (impensada sólo hace un par de años) y la remolonería de muchos que han vivido del pelotazo, nuevos ricos especuladores e ignorantes de las reglas de la economía y del juego de la oferta y la demanda, que han tardado en querer aceptar que llegaban las vacas flacas y que era necesario estrecharse el cinturón y prescindir de lo superfluo para conformarse con lo esencial. Las veleidades de muchos adictos al consumo se han desmoronado como castillos de naipes, para hacerlos regresar a la cruda y desagradable realidad de un mundo donde caben los desengaños, la pobreza y el regreso a la necesidad de enfrentarse al futuro trabajando en lo que fuere posible para sobrevivir.

Una desagradable lección que parece que no quieren reconocer aquellos que llevan las riendas de la nación pero que, les guste o no, van a tener que admitir; si es que no quieren que este país, sujeto a los vaivenes del separatismo, diezmado por el caos económico, azotado por el terrorismo e infectado del egoísmo de los nacionalistas, no se deciden a cambiar de rumbo y regresan al reino de la sensatez, aceptando que no somos un país rico, que somos dependientes de otros y que no se hacen milagros esparciendo semillas contestatarias, predicando libertades imposibles y ofreciendo lo que se sabe que no se tiene. En fin, que la era del socialismo ha llegado a su fin y que aquellos que confiaron en sus milagros tienen en lo que nos ocurre la muestra más fehaciente de sus terribles consecuencias. Claro que siempre los hay que prefieren hacer el avestruz.

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