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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Cristianos de ayer y de hoy

Miguel Rivilla (Madrid)
Redacción
domingo, 12 de octubre de 2008, 15:33 h (CET)
Érase que se era un grupo de gente de toda clase, edad y condición del siglo 1º, quienes, a la muerte de su líder en Jerusalén, un tal Jesús de Nazaret, vivían en comunidad, no tenían nada propio, ayudaban a los más necesitados, huérfanos y viudas con los bienes de todos, se reunían para rezar y comer juntos el domingo, recordando los dichos y hechos de su Maestro y Señor y eran gente de paz, bien vistos por todo el pueblo.

Su número, creció de día en día. Como no había lugar para tantos, se reunían donde podían. No había pobres entre ellos y se llamaban “hermanos” entre sí.

Amaban y obedecían de modo especial a Pedro y a los 11 testigos que vivieron 3 años con Jesús. Llamaban la atención de los demás, por su modo de vivir, amándose, perdonándose y siendo ejemplares ciudadanos. No se distinguían de los demás por ningún signo externo.

Desde un principio, sufrieron persecución por parte de las autoridades judías. Les acusaban de subversivos y sectarios, viéndose obligados a emigrar a otros sitios de gen- tiles y paganos. Sus distintivos: la oración, el testimonio de sus obras y palabras y el amor. Sin ansias de dinero, de fama o de placeres efímeros como fin de sus vidas, sin medios materiales y de boca a boca, llevaron el evangelio por todas partes. En Antioquia comenzaron a llamarse “cristianos” y con este apelativo se han significado por más de 20 siglos.

Según estadísticas hoy, en todo el mundo, suman millones los cristianos. Se impone una seria reflexión: Tenemos la misma fe, el mismo bautismo, el mismo Señor y el mismo Padre, los cristianos de hoy y los del siglo primero. ¿Qué nos falta y qué nos sobra para reconocernos los bautizados en Cristo, como cristianos, no de nombre sino de hecho?

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