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La trampa y el dinero fácil

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
domingo, 12 de octubre de 2008, 13:27 h (CET)
En una sociedad en la que cada cual vale tanto cuanto tiene nadie se plantea cómo el prójimo ha obtenido sus haberes. Lo que importa es lo que tiene, no lo que es. Así es la cosa y así se ha legislado, facultando a los vivos a que nos saqueen con cualquier excusa, ardid o artimaña, sean éstos grandes multinacionales del crédito fácil o tramposos de rahez pelaje. El ciudadano medio es lo bastante inocente por lo que se ve como para caer en sus redes, ya sea por la juventud y aun la infancia de nuestros chicos, ya por la candidez de algunos a quienes ya les ha crecido el vello. Los saqueadores no tienen escrúpulos, y lo único que cuenta para ellos es la obtención fácil de recursos, el timo legal, la trampa.

No; el timador de hoy no es el tonto que vende duros a peseta o la monjita que precisa de socorro urgente, sino que lo mismo es un señor que se adoba con una cortina para remediar u orientar futuros ajenos, que la gran empresa que con burdos ardides mete el diente a los bolsillos de los demás. Horoscoperos, brujos de tres al cuarto, pillos remediadores de conflictos sentimentales, compañías telefónicas que retienen innecesariamente al usuario en un 902 para solucionar el conflicto que ellos mismos han creado, programas televisivos orientados a parapléjicos mentales que creen que podrán alcanzar el nirvana económico respondiendo a preguntas de maternales y hasta las mismas cadenas públicas engañando incautos haciendo que les envíen SMS para responder a preguntas insultantemente simplonas, con la casi promesa de un premio multimillonario, son algunos de los ardides que nos asolan por doquier sin que nuestros legisladores les recorten las alas a estos despreciables parásitos.

Probablemente quien llama a un 902, 905 o envía un SMS no tiene la capacidad intelectual necesaria para ver la trampa, pero para eso paga sus impuestos y tiene un Gobierno y unos aparatos del Estado que debieran protegerle de estos timadores... legales. La libre economía de mercado debiera ser otra cosa, y no llegar hasta el extremo de permitir que el asaltante, aunque use armas en apariencia inocuas como éstas, pueda perpetrar sus atracos. Las televisiones debieran buscar medios más dignos de financiarse que engañar incautos o niños, lo mismo que las compañías telefónicas que retienen al usuario que denuncia una avería en un 902 durante minutos y minutos preguntándole cuestiones tan absurdas y haciéndole que haga maniobras tan aberrantes que produce vergüenza ajena si no una rabia inconmensurable. De adivinos, hechiceros y otras... criaturas de semejante jaez mejor no digo nada, porque el mismo Estado debiera tener previsto para auxiliar a quien recurre a ellos a esos equipos de psicólogos de choque que acuden en masa cuando se verifica una catástrofe. Estamos abandonados a nuestra suerte, como un rebaño que perpetuamente está acosado por las peores alimañas.

La justicia social que nuestros políticos proclaman no tienen aplicación real. Sólo son testimonios electoralistas, sin más propósito que una simple reunión de palabras más o menos acertadas, las cuales resultan ser también un poco un timo... legal. De otro modo harían algo para frenar estos atropellos que, sumados al cabo de un año, suman muchos millones de euros, muchísimos. Ellos, directamente, son los colaboradores necesarios para esta situación pueda verificarse, siquiera sea por inacción. Y el ciudadano no les paga sus espléndidos salarios para que cometan inacción, sino justamente para lo contrario. Lo único que se precisaría saber es si ellos lo creen así, si sienten que deben servir a su pueblo y a sus electores o si se consideran con derecho de pernada para hacer lo que les venga en gana, y les basta con hacer su jugada para obtener los votos necesarios que se lo consienta. ¿Servidores o servidos?...: he aquí la cuestión.

Es evidente que la estupidización social está alcanzando puntos críticos (su buen trabajo ha costado con tanta teleserie y tanta literatura, prensa, radio y televisión basura), lo que a su vez convierte a la masa social en algo muy manejable a ciertos intereses. Será porque soy algo denso, pero por más que trato de encontrar diferencias no alcanzo a comprender por qué es delito penal que alguien que se hace pasar por tonto para engañar con un supuesto billete de lotería premiado a su prójimo sea considerado legalmente un timador, y, por el contrario, estos pillos de los 905, 902 y SMS son considerados empresarios. En ambos casos el timado accede a la transacción voluntariamente y sin violencia, y en ambos casos el timado es privado de sus haberes. Esta cuestión debieran explicárnoslas nuestros legisladores y aun nuestros fiscales y jueces.

O, tal vez, lo que se pretende con esto sea crear las condiciones para legalizar el timo de la estampita como un ejercicio de libre economía de mercado. Claro, que puestos en ésas, también habría que legalizar el atraco, aun el ejercido a mano armada, si no hay víctimas ni violencia. La cosa así, estaría más o menos equilibrada. Todos ellos, al fin y al cabo, exhiben sus argumentos (promesas, soluciones o armas) para que la víctima “libremente” les regale lo que tiene.

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