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Etiquetas:   Con el telar a cuestas  

El hombre, un imbécil que se cree o Dios o pordiosero

Ángel Sáez
Ángel Sáez
domingo, 12 de octubre de 2008, 03:24 h (CET)
A “La Nena”, mi dilecta hermana María del Pilar (y al resto de las Pilares que en el mundo son —al menos eso, pilares—, las conocidas, por conocer o que nunca conoceré), por quien siento y tengo un amor diuturno (se trata de la benjamina); porque hoy, sábado, once de octubre, víspera de su onomástica, festividad de la “Pilarica”, día de la Hispanidad, cumple años; ergo, con devoción fraterna, recibe de tu tato “Tito” ¡muchas felicidades!

“El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa”. Johann Christian Friedrich Hölderlin

Está claro, cristalino, que muchos de los deseos que tenemos los seres humanos se hacen realidad. Pero no menos cierto es que otros muchos fracasan, naufragan, quiero decir que devienen papel mojado, que quedan en agua de borrajas o cerrajas. Al menda, además del epatante parecer de que “la intuición de una mujer es más exacta que la certeza de un hombre”, le llamó sobremanera la atención leer in illo témpore (seguramente, por eso, aún hoy los recuerda) este pensamiento del premio Nobel de 1907, Rudyard Kipling, que “el éxito y el fracaso son dos impostores; ergo, hay que recibirlos con idéntica serenidad y saludable punto de desdén” .

Hubo quien sostuvo que la vida tiene la calor y el color que una/o quiere que tenga; tal como una/o los prefirió, eligió o deseó. Tengo para mí que marró morrocotudamente.

Ojalá fuera así (aunque ahora que me detengo un momento a releer lo que llevo escrito, rememorando la lección que contenía aquella proverbial advertencia de Baltasar Gracián, que reconocía que “ésta es la ordinaria carcoma de las cosas: la mayor satisfacción pierde por cotidiana y los hartazgos de ella enfadan la estimación, empalagan el aprecio”, me desdigo), como urdió otrora quien fuera, pero su seguro servidor de usted, desocupado lector, continúa constatando y, por lo tanto, sigue sosteniendo que tal criterio no tiene nada (bueno, quizás sea excesivo —a los algasianos o tudelanos nos suele perder nuestra naturaleza hiperbólica—; poco, muy poco) que ver con la realidad. Una es ésta y otra, muy distinta, el deseo. Por cierto, bajo el título de “La realidad y el deseo” agavilló uno de mis poetas preferidos (sobre todo, por los tres versos finales de su poema “Si el hombre pudiera decir lo que ama”: “Tú justificas mi existencia: / si no te conozco, no he vivido; / si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido”), Luis Cernuda Bidón, lo que había creado poéticamente hasta entonces, 1936, si no desbarro. Según dicha opinión, bastaría con anhelar que los sucesos acaecieran en determinados “cronotopos” (diversos ámbitos espaciotemporales) para que a éstos les diera por ocurrir, pero me temo que ese no es el curso habitual o normal de los acontecimientos.

Parafraseando al autor de “Hiperión o el eremita en Grecia” y del exergo que sirve de arranque a este texto, cabría trenzar que el hombre parece un mago, sacando sin parar conejos de su chistera, cuando fantasea, pero no es más que un pobre diablo o don nadie, cuando diseña, idea o pergeña.

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