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¿Qué está pasando?

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 10 de octubre de 2008, 01:37 h (CET)
Es de temer que esta pregunta tiene difícil respuesta, o que, sencillamente, no la tenga. Valga la metáfora de que un “movimiento telúrico” está sacudiendo a la Tierra entera en sus estructuras financieras. La economía se mantiene a escala individual o de pequeños colectivos (la de la “cuenta de la vieja”), excepto para aquellos afectados por lo que más aflige al hombre dentro de la estructura socioeconómica contemporánea, el funesto hecho de perder su puesto de trabajo, el sostén personal y familiar con todo lo que lleva consigo.

Más, el entramado financiero “que nos hemos dado”, como se dice eufemísticamente sobre las normas de convivencia de grado superior (léase, Constitución), parece como si hubiera dejado de funcionar, como si él solito se hubiera declarado incompetente para regular las relaciones crematísticas entre los hombres. Tan feliz como se las prometía el mundo… únicamente preocupado de si la Globalización era buena, o no tan buena, para todos. Algo así como si la toma de conciencia de la “Aldea mundial” se le hubiera atragantado, o indigestado. Si es lo primero, se ve fácil la solución: un vaso de agua, unos golpes en la espalda, y arreglado. Más, si es una indigestión, la cosa es más complicada, pero, también solucionable, aunque ha habido hombres tan bestias en la historia de la Humanidad, que pasaron a mejor vida víctimas de un atracón.

Bien sabido es que “stultorum numerus infinitus est”, según afirma la Sagrada Escritura en el “Eclesiastés, (1, 15)”, y, que, recoge sabiamente traducido Cervantes en el Quijote como, que, “el número de tontos es infinito”, la cuestión resulta preocupante. No más, dicho sea de paso, de cuantas necedades forman parte del acontecer habitual que contempla la humanidad al despertar cualquier madrugada. Resulta alarmante que si, en efecto, ese número es infinito, equivale a decir que todos los hombres, incluidos los que van de sabios, o de “sabihondos”, también están incluidos. Lo que, sensatamente, hace llevarse las manos a la cabeza, y confiarse a la verdadera sabiduría, la de la Providencia Divina.

Se está viviendo la “ceremonia de la confusión” entre las leyes que han regido la Macroeconomía, y de ésta, como decía un yerno de Epifanio del Cristo Martínez, de los pocos economistas sensatos que esta columna ha oteado entre el paisanaje de quienes profesionalmente manejan los “dineros” de la gente: de esa, sólo entiende Dios. Así, que, como dicen en México, país sabio –por viejo-, ¡que nos agarre confesados!... Hora es de repetir aquello que exclamaba un enfermito cuando iba cuesta abajo en su silla de ruedas y sin frenos ante la cueva de Lourdes: ¡Virgencita, virgencita, que me quede como estaba!…

Las cosas comenzaron a ir mal con pequeños temblores que anunciaban la “gran movida” que sacude las Bolsas del mundo en la misma mañana en que se escribe esta columna. También se sabe, que, antiguamente, ante situaciones más o menos parecidas a la actual, los que rigen el mundo, neciamente, desencadenaban una guerra, y después de la misma, las cosas se “arreglaban”. Más, después de la aterradora experiencia de la última Guerra Mundial, esta clase de “solución” ha sido eliminada por disparatada; algo ha aprendido el hombre al ver como una fuerza desencadenada por él mismo, se escapa de entre sus manos. ¡Que no cunda el pánico!... la Providencia sigue actuando aunque el hombre, necio él, haya llegado a sentirse “el Rey del mambo”.

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