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Etiquetas:   ¿Es sólo un deporte?   -   Sección:  

Al fútbol

Miguel Cañigral
Miguel Cañigral
@mcanigral
jueves, 9 de octubre de 2008, 12:30 h (CET)
La primera vez que uno visita un estadio de fútbol, suele siendo pequeño, se suben las escaleras emocionado, temeroso, por lo que se encontrará al final de esos interminables escalones, guiado por un padre que en la mayoría de los casos también se encuentra nervioso. Llegando al acceso a la grada se comienza a intuir que algo anormal ocurre, llega más luz de lo normal y se oye un murmullo. Una vez arriba, primero vemos un manto verde precioso. No puedes creer estar allí, con el césped tan cerca, todo el público unido, ahora formas parte de aquello que ves en la televisión todos los domingos.

La primera vez nunca se olvida, guste o no el fútbol. Esa conexión que existe durante noventa minutos con miles de aficionados a los que nunca has visto y a los que, sin embargo, ahora consideras como parte de tu familia, es algo difícil de explicar.

A veces ir a un partido de fútbol, y más aún en los últimos años, supone perder una tarde entera viendo un aburrido encuentro entre dos aburridos equipos. Este deporte pocas veces es espectáculo y uno se puede permitir el lujo de mirar a su alrededor y observar a la afición u oírla. La pitada al rival es ya una costumbre que ninguna afición puede permitirse borrar de su repertorio, y ésta excepción puede darse sólo cuando se trate de rivales de muy inferior entidad o de algún partido amistoso.

Durante el desarrollo del encuentro hay que pedirlo absolutamente todo y protestar todo lo que se señale en contra de nuestro club. Si nuestro central le ha abierto la ceja debido a un codazo intencionado al delantero rival, no se merece la expulsión, que el otro hubiese apartado la cabeza, ¡no haberse puesto en medio!.

Cuando llega el gol en contra, todo el estadio se calla, silencio absoluto, te quedas mirando al árbitro diciendo: “¿No lo vas a anular?, algo mal han hecho, ¡seguro que estaba en fuera de juego!”. Pero el gol sube al marcador. “Este arbitro no se entera de nada”.

La cuestión primordial es pedirlo todo, da igual que haya ocurrido o que no. ¿Y si un jugador rival se atreve a protestar al árbitro?, “en nuestro propio campo, es increíble, como se atreve”. Pitada monumental. Ese se merece no sólo que lo expulsen sino también una sanción de cinco partidos como poco. Ahora va y se tira al suelo, “¡será cara dura!, ese lo único que tiene es cuento”. Al día siguiente los periódicos informan de la mala fortuna de ese jugador que tendrá que tendrá que aguantar cinco meses lesionados, pero qué cuento tiene.

El partido llega al final, nuestro equipo pierde, “¡siempre igual, no levantamos cabeza!”. La afición empieza a andar hacia la calle, cabizbaja y decaída. Mientras bajamos hacia la calle se oye “¡Gol!”, corremos hacia la grada, todos se abrazan y saltan, “¡aún se puede ganar, vamos. Si ya lo decía yo, este equipo es bueno!”. El partido acaba y la gente vuelve a casa pero antes hay que aplaudir al equipo, porque ha conseguido un empate, un punto más en otro partido aburrido y por el que no valió la pena gastar 50 euros. Cosas de los sentimientos.

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