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Etiquetas:   Momento de reflexión   -   Sección:   Opinión

Animales de compañía

Octavi Pereña
Octavi Pereña
jueves, 9 de octubre de 2008, 07:38 h (CET)
Estaba mirando un telenoticias noche viendo pasar ausente el abanico de las novedades de la jornada. Alejado de lo que veían mis ojos, el presentador informa de un adiestrador de perros que ha ideado una nueva manera de educar canes. Esto despierta mi curiosidad y me fijo en los métodos que muestra la pantalla. Esta información no despierta realmente mi atención hasta que el novedoso educador de perros dice: “Cuanto más conozco a las personas más amo a mis perros”.

El hecho de ver como cada día se incrementa el número de personas que tienen animales en sus casas me hacía pensar: ¿cómo pueden tenerlos con los inconvenientes que comporta darles cobijo en los domicilios? El hecho de saber como se incrementa el número de los animales que se abandonan y lo costoso que es para el erario público recogerlos, pone en evidencia que no es de color de rosa tener animales de compañía a pesar de las excelencias que se anuncian tenerlos.. Inesperadamente el televisivo educador de perros da respuesta a la pregunta que bailaba en mi cabeza: “Como más conozco a las personas más amo a mis perros”.

Las relaciones interpersonales siempre son más o menos conflictivas. Se dan puntos de vista diferentes que no se comparten en absoluto. Existen maneras de hacer que desagradan. Recibimos tratos inmerecidos. Se presentan infinidad de menudencias que dificultan la buena convivencia. Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. El ser humano opta por prescindir del trato social, si no del todo porque ello es imposible, lo limita a su mínima expresión. Pero la persona no puede vivir aislada porque es un ser social que necesita la compañía de otras personas. Erróneamente busca en el animal de compañía el substituto de la persona que necesita. “Animal de compañía” explica cual es la finalidad de la bestia casera: Hacer compañía.

Antes de que Dios crease al hombre, la Tierra estaba poblada de diversas especies animales. Cuando Dios creó a Adán, el rey de la creación, estaba solo. A su lado no se encontraba ninguna otra persona. El texto sagrado dice: “Y dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda idónea para él” (Génesis,2:18). Como ayudante de Dios “Adán puso nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo, mas para Adán no se halló ayuda idónea para él” (Génesis, 2:20).

Un animal no es una ayuda adecuada. Un perro saltará y moverá la cola de contento cuando regresa su dueño. Cuando su propietario muera es posible que no se mueva del lugar en donde ha sido enterrado, gimiendo sin cesar. A pesar de estas reacciones casi humanas, el animal no es la compañía que necesita el hombre. Los animales son unos substitutos inapropiados.

De conservarse las condiciones existentes antes de la Caída, las relaciones humanas serían una balsa de aceite. El pecado ha maldecido a la creación y, el ser humano no es menos. La ruptura de la unidad conyugal que se manifestó con los reproches que mutuamente se lanzaron Adán y Eva es un anticipo de la fractura familiar que se produciría. La violencia entre hermanos y la pronta aparición de la infidelidad conyugal expresada en la poligamia evidencian lo difícil que serán las relaciones humanas.

La persona ha de buscar en otra persona la ayuda que necesita. Este buscar es agobiante, pero es necesario hacerlo porque es lo más conveniente para el hombre ya que un hombre es el espejo en donde mirarse. Sólo una persona conoce las profundas necesidades de otra persona. El animal de compañía por más que se le hable y dé la sensación que escucha lo que se le dice no puede identificarse con su amo porque son de naturaleza completamente distinta. No tienen nada en común. Entre ambos existe un abismo insondable.

Para el propio bien no es aconsejable que uno vierta su afecto en un animal. Es puro egoísmo darse a una criatura no humana que le es fiel. A pesar del riesgo que comporta se debe apartar los ojos de uno mismo y depositarlos en el prójimo cargado de necesidades que podemos paliar. Atendamos a sus confidencias aunque nos aburran. Estemos abiertos a atender sus clamores. Tengamos los pies prestos para acercarnos a ellos y las manos dispuestas a prestar ayuda. Con esta actitud positiva se encontrará la correspondencia que no puede darnos el can más encantador. A pesar de que pueda darse el caso de que nuestra actitud ayudadora no sea comprendida, haciéndolo se encuentra una recompensa mucho más excelente y valiosa que la alegría que pueda proporcionarnos un chucho afectuoso que salta de alegría al vernos.

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