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Cultura y desarrollo de Occidente

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 9 de octubre de 2008, 07:38 h (CET)
Las corrientes migratorias que estamos viendo tienen una dirección determinada. Se huye de la miseria y la opresión de países atrasados y corruptos y se intenta desesperadamente entrar de forma legal o ilegal en la Europa occidental o en los Estados Unidos. Gente de la Europa del Este, de África, del Caribe, de buena parte de América desde Méjico a la Patagonia, cruzan fronteras, surcan peligrosamente el Mediterráneo, el Atlántico o el río Grande atraídos por la riqueza y el desarrollo económico logrado por Occidente. En sentido contrario los que viajan van de turismo y vacaciones.

No cabe duda de que la mayor parte de los países que se sientan en la ONU están lejos de resolver los problemas básicos de sus ciudadanos ni de respetar sus derechos, aunque estén siempre ideando Objetivos para el Milenio: la erradicación de la pobreza mediante la reducción de la natalidad por todos los medios o el famoso cambio climático.

El éxito del desarrollo económico de Occidente es manifiesto. Los nostálgicos del marxismo siguen predicando que la riqueza de los países desarrollados se sustenta en la pobreza de los demás y niegan dolosamente que sea el resultado de la libertad y el trabajo de sus ciudadanos y de una organización democrática eficiente.

Dicho esto, los occidentales tendríamos que revisar si nuestro desarrollo económico va paralelo a nuestro desarrollo moral. Decimos que nuestro éxito se asienta en el pensamiento griego, el derecho romano y la tradición judeo-cristiana que ha producido magníficos pensadores, científicos, teólogos y santos, pero no debemos olvidar que también nacieron en nuestro suelo muchos pensadores nefastos cuyas ideas llevaron a la muerte a millones de personas, que nuestra historia está cruzada por constantes luchas y que las dos guerras mundiales se originaron en nuestra Europa.

Tampoco debemos olvidar que nuestra cultura occidental, transplantada al continente americano, produjo espantosas realidades como la esclavitud o la reducción casi completa de los aborígenes en el Norte. Si los Estados Unidos han alcanzado un alto desarrollo económico no ha ocurrido lo mismo en el resto de este continente por causas muy variadas.

Si la conquista española de América tenía como uno de sus objetivos la evangelización, también se dio la explotación y el abuso. Los imperios coloniales europeos en todo el mundo no parece que hayan extendido los beneficios de la cultura occidental en África. En Asia tenemos importantes países emergentes que han tomado de Occidente los modelos de desarrollo económico pero no nuestros valores.

No podemos aceptar relativismo al uso que quiere hacer equivalentes y tolerables todas las culturas, pero tampoco podemos aceptar que somos, en todo, el modelo a copiar por nuestra superioridad moral.

El rampante laicismo que pretende ser la condición necesaria para presumir de civilizados es un inmenso error. La laicidad positiva del Benedicto XVI y Sarkozy es una esperanza que tendríamos que acoger con entusiasmo. Una cultura sin Dios es una cultura contra el hombre. El aborto y la eutanasia, que se promueven en Europa y en España como nuevos derechos, son la señal inequívoca de nuestro declive moral.

El Imperio de Roma atraía con su brillo y su lujo a los pueblos extranjeros que vivían pobremente más allá de sus fronteras. Mientras los romanos se divertían con fiestas y circo, la tele-basura de aquel tiempo, arrojaban al Tíber a los recién nacidos o los exponían en los caminos para que murieran. Se quedaron sin hombres para el ejército y tuvieron que contratar paa su defensa a esos mismos pueblos que querían ocupar Roma. El emperador Caracalla concedió la ciudadanía romana a todos los extranjeros que ya ocupaban el imperio, en una especie de papeles para todos, pero esta concesión no los convirtió en romanos. El final de aquel Imperio puede hacernos reflexionar.

La crisis financiera que se ha desencadenado quizás no llegue a hundirnos. Pero el declive moral, si no somos capaces de frenarlo, arrancará la supremacía a Occidentes para darla a ¿China? ¿India?... Unos imperios suceden a otros y todos los que han ido cayendo lo fueron a causa de sus culpas.

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