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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La ausencia de equidad dispara la inmoral desigualdad

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 7 de octubre de 2008, 03:52 h (CET)
En un país como el nuestro que ha de ser indisoluble en la unidad, pero a la vez respetuoso con las nacionalidades y regiones que integran las diversas autonomías, pienso que la cuestión de la equidad es fundamental. Creo que es la gran asignatura pendiente, su ausencia dispara la inmoral desigualdad que sufrimos. La siembra de derechos fundamentales, fuera de un marco de autenticidad solidaria y de responsabilidad, se quedan en nada. Todo parece moverse por la fiebre del oportunismo, en vez de por la fiebre de la oportunidad para toda la ciudadanía. A los hechos me remito, tenemos necesidades manifiestas en este traqueteo de vueltas y revueltas. Necesidades de empleo, educativas, sanitarias… Son tantas que tenemos empeñadas las risas por los gritos desesperados. Hace falta que se haga visible la justicia, la ecuanimidad, la entereza, el equilibrio, la legalidad, la rectitud, la integridad, la templanza… para que el ciudadano no le despierte la angustia y se vea solo, con un montón de cruces inseguras que le clavan por doquier. Hemos perdido la ternura de los cuerpos humanos, el verso en el alma, nadie nos escucha en el dolor, nadie nos responde sabiamente, los gobiernos se han quedado sin pulso para ponderar prudentemente la situación y decidir imparcialmente sobre el espanto de los gemidos.

Es hora que la ciudadanía responda, exija a los políticos y a la política horizontes humanos. No más tormentos. Cuando menos que nos digan qué significan estos oportunistas que nos quieren comprar como mercancía barata, que quieren pensar por nosotros y hasta vivir por nosotros. Exijo un corazón sabio a la razón política. La persona ha de estar en el centro de la política y de los políticos. Ahora no lo está. Sabemos que son ilegítimas las políticas que no están al servicio del bien común. Lo malo es que nadie detiene a los infractores ni los sonroja. Aquella política de paz y para la paz que ha de ser un valor y una realidad, resulta que no es tal, se sirven como nunca puñaladas traperas. De igual modo, la autoridad deberá ser pensada y articulada de forma más horizontal y más compresivamente. Reprobado sea el político, pues, que no tiene ideas y que pasa de tomar conciencia de la responsabilidad de su papel. Bienaventurado, sin embargo, sea ese otro político, aunque esté en minoría, cuya persona por si misma ya refleja la credibilidad, porque ha tomado el abecedario de la coherencia como lenguaje de sus andanzas y la verdad como vestimenta en todos los foros.

En nuestras sociedades no basta la ley del mercado y la globalización; hay que tener en cuenta la necesaria solidaridad. Es vital un desarrollo con equidad. La alta tasa de desempleo, por ejemplo, suele traer consigo serios riesgos de explotación. El momento actual es propicio para ello. Por eso, es necesario también velar atentamente por la equidad del salario y las condiciones de trabajo, para que se garanticen los derechos básicos, con el contenido y alcance que para cada uno de los mismos disponga su específica normativa. Si ya Aristóteles en su tiempo dijo que la equidad es la justicia aplicada al caso concreto, no en vano es extensiva a los ámbitos laboral, étnico, político, religioso, social y de género, su receta para el momento presente de tanto desenfreno “autorizado”, pienso que es pura necesidad. Urge que reine y gobierne lo justo en plenitud. Es lo que toda la ciudadanía en su sano juicio quiere y desea, por encima de cualquier norma presupuestaria.

Por supuesto, no se puede obviar la idea aristotélica del que piensa que lo justo es lo igual, porque así es; pero no para todos, sino para los iguales. De igual modo que, por el contrario, lo justo es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales. Digo esto, porque ahora que tanto se habla de igualdad, incluso se ha creado un ministerio a propósito, podemos caer en una apuesta por un modelo social basado en el reconocimiento de las mismas posibilidades para todos, sin tener en cuenta que no toda la ciudadanía parte desde el mismo punto de partida, porque hay desproporciones incuestionables. A veces es necesario subrayar que la insistencia en la igualdad está bien, pero que debe ir acompañada también por una atención renovada a la diferencia y un gran respeto al carácter específico del hombre y de la mujer. Por eso, creo que es mejor apostar por una ciudadanía en la igualdad dentro de la diversidad. Ya se sabe que la primera igualdad es la equidad. Lo suyo es una sociedad que facilite la igualdad de oportunidades y ahuyente toda sombra de discriminación entre sus miembros, (que no “miembras” como vociferó una célebre política de mando en plaza que dejó mudo a los honorables académicos de la lengua), sea hombre o mujer en definitiva.

La clase política española debiera caer en la cuenta, por consiguiente, de que la equidad hay que sacarla del tajo del olvido, o de los amores imposibles que nos venden, lo que nos obliga a presupuestar objetivos que debemos conseguir para avanzar hacia una sociedad más justa. Con la mera creación de un Ministerio de Igualdad no se solventa el problema. Tampoco hay que llevar la igualdad al extremo. Se tornaría injusto, al no tener en cuenta las diferencias. Y, al mismo tiempo, una sociedad donde los ciudadanos no se reconocen como iguales, tampoco podrá ser justa. Por mucho que se nos venda lo contrario, el aumento de las desigualdades entre nacionalidades y regiones de un mismo país como España, son evidentes. Conclusión: esto debe llevarnos a replantear el valor de la equidad como valor sustancial al desarrollo. Hay que hacerlo valer si se quiere con disciplina política, con amor poético, con buena suerte, pero, sobre todo, con tenacidad y empeño. Nada debe turbar la ecuanimidad estética de la vida.

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