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Literaturas

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
lunes, 6 de octubre de 2008, 11:14 h (CET)
El conjunto de la literatura española agoniza, si es que no es zombi que hace mucho expiró. Da pena que la calidad de nuestras letras sea tan paupérrima cuando tradicionalmente ha sido una referencia universal, precisamente ahora que los dineros abundan, las librerías no pueden ser más lujosas y por todas partes se prodigan sin cuento premios y certámenes literarios con excelentes remuneraciones para los ganadores. Nuestras viejas —que no añejas o con solera— glorias, son nada más que eso, viejas, que no han dejado tras de sí sino una literatura de campaña, tal vez ensombrecida por la siempre socorrida dictadura o entenebrada por el tradicional chiringuitismo que más se da en el ámbito de la literatura que cualquier otro segmento social; pero son precisamente esas viejas glorias las que dan paso a las nuevas generaciones, y, claro..., quien no anda sobrado difícilmente puede amparar a otro, salvo que sea un pigmeo.

No es raro, pues, que en España se lea poco, sin duda porque hay pocos masoquistas a quienes les guste meterse paja en los ojos. La generación que se extingue ha dejado tras de sí, salvo muy honrosas excepciones, un rastro de vacuidad que puede seguirse sin precisar de expertos hasta los albores del pasado siglo, cual si la defenestración o el exilio de novecentistas, noventayochistas y algunos modernistas, y siempre con la salvedad de la poesía, hubieran desecado el talento patrio. Uno se fija y repara —incluso lee, aún con riesgo de su intelecto— las obras de nuestras viejas glorias y ha de remontarse a sus primeros renglones, por allá cuando eran jóvenes, para encontrar algún talento. Talento del que, curiosamente, alguno de ellos ha renegado, asentándose conscientemente en la vacuidad y el despropósito. A la vejez, viruelas..., ya se sabe.

El elenco ha sido pavoroso, con o sin Premios Cervantes o Príncipe de Asturias y hasta de Nóbeles; pero más atroz aún es que, sin embargo, hayan sido y sean éstos quienes cedan el testigo a las nuevas generaciones de autores, los que eligen a los ganadores en los premios literarios que acaparan como jurados o sencillamente los que interceden ante sus sellos editoriales o sus agentes para promoverlos, resultando esto que tenemos: nada, vacuidad, cero. Una pena, porque están siendo genios y figuras hasta la sepultura, y su talento no llega más allá de reunirse con sus pares para darse cera mutuamente, que si lo hicieran en una ducha en vez de en un café o en lo privado de una casa, uno no tendría otra que pensar en cierta orgiástica. Sin embargo, nada de esto es, sino que son tablones inclinados que si no se apoyan en otros tablones inclinados igualmente, se derrumbarían ambos por la tozuda imposición de la ley de gravedad. Y grave es la cosa, de eso no hay duda.

Si el primer pecado del genuinamente español es la envidia, en el ámbito literario esta virtud es elevada a la enésima potencia. Nada odia más un escritor que a otro escritor con más talento que él, y nada desea más ese supuesto divo que la defenestración de su colega. Jamás uno de estos escritores autonombrados como consagrados promoverá a un joven con talento. Tal vez por esto el resultado de los premios que arbitran estos escribanos sea el que es, descollando a autores que tienen severas dificultades para hacer la O con el culo de un vaso, que cuentan y recuentan historias sin plástica ni profundidad y, por supuesto, sin una proyección mínimamente útil para la sociedad, siquiera sea desde el punto de vista de lo exquisito. Si promovieran a quienes saben escribir de verdad y tienen algo interesante que decir, ellos no venderían un libro, y eso no les interesa, claro.

Sin embargo, habida cuenta que las editoriales no leen las obras que les llegan (salvo de los recomendados, y a éstas suelen publicarlas sin leerlas siquiera o de otro modo no se entendería que editen lo que editan), sino que se limitan a retenerlas durante un tiempo y enviar al autor después un formulario estándar de disculpa o rechazo por la obra recibida, y que los premios ya están dados de antemano y que los concursantes noveles que participan son el relleno para orlar el mérito del triunfador previamente designado, al nuevo autor que quiera llegar o sí o sí al público no le queda otra que intentar introducirse en el chiringuito de una de esas viejas glorias, babear tras del divo televisivo por si cae la breva de que le saque en su programa o caer en las zarpas de esas editoriales de autoedición (a precio de oro refinado) que juran convertirle en una estrella de las letras.

Y así llegamos adonde estamos: desde los años veinte o treinta del pasado siglo para acá, poco o nada, salvo unos cuantos escritores impuestos a golpe de márquetin. Cuando en un próximo futuro se trate de comprender estos años que vivimos y se recurra a los autores que dibujaban nuestra sociedad, se encontrarán ante lo mismo que nosotros nos hallamos cuando queremos comprender por sus autores los años cincuenta y siguientes hasta ahora: los españoles estaban vacíos, huecos, sin ideas y habían renunciado a cualquier cosa que tuviera tufillo a arte, plástica, profundidad de pensamiento o calidad. Salvo en la poesía, insisto.

Así, pues, no es extraño que cuando uno acude a una librería desprecie lo español y se le vayan los ojitos hacia la literatura extranjera. Lo que sea, antes de meterse paja en los ojos.

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