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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Ciudadanillos

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 4 de octubre de 2008, 22:23 h (CET)
Este año van a ser un poco más ciudadanos de su pueblo y del mundo. No sabemos qué piensan ellos, los niños y jóvenes estudiantes, pero de momento están siendo testigos de las trifulcas entre sus padres, profesores, políticos y teóricos de la educación, por defender u objetar unos contra otros unas determinadas teorías filosóficas, aunque muchos dicen que más que eso son políticas y con mucha carga de adoctrinamiento.

Estamos de acuerdo en que al hablar de educación se parte de la base que tras el destete de los primeros meses, porque somos mamíferos, aunque ese destete se haya sustituido en la mayoría de los casos por un “desbiberonamiento” , pero todos educamos y a todos nos educan externamente, yo diría que durante toda la vida, pero al menos durante la etapa educativa, es decir durante casi esos 20 ó 25 años que es lo que se tarda en conseguir escapar de los centros educativos con más o menos ventura y títulos; vamos que desde el primer día de guardería con el técnico auxiliar hasta el último día con el doctor decano que aconseja y dirige el final del proyecto del joven estudiante en su carrera universitaria, pasamos por toda una serie de profesionales y asignaturas tan diferentes que todos ellos nos van dejando su huella de vida. Y, por supuesto, no todas las materias son optativas.

Si los gobernantes y teóricos de la educación han visto necesario que nuestros jóvenes adolescentes necesitan educación para la ciudadanía, será porque el ejemplo de la sociedad ciudadana no es válido o no es suficiente para quien se está educando. Si es necesario incidir en los derechos elementales de la persona a través de los libros, de las aulas y de las clases es porque la persona no siempre es respetada.

Comienza el curso. El joven repasa el librito, porque sólo es eso, un librito sobre los ciudadanos. En sus páginas le habla de familias y derechos, le expone diversas cuestiones pero de ellas desconoce cómo va a ser evaluado, qué tendrá que memorizar si es que debe memorizar algo, de qué va a examinarse… Desconoce también qué formación tiene el nuevo profesor que imparte la materia. De momento, como todo buen estudiante que se precie andará probándole, valorará si tiene buena imagen, si es simpático o simpática, si le cae bien o mal. No sabe qué tipo de estudios ha seguido hasta licenciarse, si Historia, si Filosofía…

Lo que sí sabe es que tiene su libro, un libro gratuito del gobierno de su región, prestado por la Consejería de Educación, una consejería que siempre criticamos porque no siempre parte y reparte educación a gusto de todos.

Sabe de otros niños de colegio que aún no tienen el libro elegido, y todo por estar pendiente de reuniones y decisiones de padres y profesores para elegir una edición concreta de una editorial concreta, entre las muchas que a los docentes se les ofrecen a principios de curso, una edición, la mejor edición posible, la que mejor se adecue a los gustos ciudadanos, porque también los profesores representados en los Consejos Escolares están abiertos a la opción de los padres y a no crear polémica.

Así es la educación, si hubiéramos de ser justos, habría tantos modelos educativos en los que fijarse a teorizar como hombres, padres o incluso alumnos hay en el mundo ciudadano y civilizado.

Ya vuelve de la primera clase, la profesora le ha caído bien pero se da cuenta que a pesar de ser una asignatura que le llaman obligatoria, no todos los compañeros han acudido a clase. ¿Qué tendrán esos seis temas de nada? ¿Qué misterio encierran para que los jefes de Madrid prefieran que los chicos se conviertan en voluntarios del Insti o que amplíen temas regionales como el madroño, el chulapo o el chotis antes que pensar en los derechos humanos? ¡Qué difícil es poner a los mayores de acuerdo! Son bien complicados que diría le petit prince.

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