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San Inocencio

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 4 de octubre de 2008, 22:23 h (CET)
Con la célebre «Roma locata, causa finita» que Agustín de Hipona pronunció cuando supo que san Inocencio impuso la disciplina eclesial del Pontificado sobre las numerosas discrepancias y corrientes heréticas de su grey en aquel tiempo en que Alarico asoló Roma, no sólo se había encontrado el remedio a todos los males fuera de su pensamiento ortodoxo (echar balones fuera), sino que se había establecido el árbitro para cualquier disputa interna (condenó el pelagianismo y el priscilianismo) o externa (los bárbaros eran terribles y ellos, claro, inocentes). En aquellos inicios del s. V no sólo la Iglesia se convertía en inocente de cuanto sucedía en la convulsa extinción del Imperio Romano, sino que él era el árbitro que, quizás merced a una comunicación vis a vis con el Altísimo, marcaba los límites de lo correcto y lo abyecto.

También hoy tenemos a nuestros san Inocencios. Y no hay uno, sino muchos. Como entonces, desde la Casa Blanca se pronuncian encíclicas urbi et urbi de que «o lo que yo digo, o el abismo», y esto es mucho decir. Tiene gracia que los mismos que la lían se instituyan en remediadores del despelote, pero san Inocencio es así, y ninguno de sus servidores sufrirá daño por ello. El que roba una cartera en el metro puede sufrir una pena de años de privación de libertad, pero el que se carga el sistema financiero de un país y hasta puede ser que de Occidente, se le jubila con una enjundiosa paga que garantice un cómodo retiro, un poco como sucediera en aquella Roma decadente que ya entonaba gorigoris gregorianos por su próxima extinción.

Los ciudadanos de a pie de hoy, como la cristiandad y los bárbaros de ayer, han visto tan bueno y tan justo la intervención de san Inocencio que en buena medida cada uno de ellos se ha convertido un poco en san Inocencio también. ¡Culpable el sistema financiero norteamericano!...: cierto; ¡culpables los bancos y su angurria por acaparar dineros y deudas ajenas!...: cierto; ¡culpables los constructores y los especuladores!...: cierto; ¡san Inocencios nosotros, los ciudadanos, pobrecitos!...: ¡falso! Una impostura cómoda, pero falsa como un sol de veinte vatios. En la medida de cada posibilidad, aquí no hay un solo san Inocencio, sino que todos somos culpables. No hay nadie que haya podido especular y no lo haya hecho, ya sea trapicheando con su vivienda, con su parcela o su solar, sobrevalorando el café o subiendo el precio de las cosas tanto como le ha sido posible. Desde Juan el del bar, pasando por la constructora gigantesca y terminando en los brokers de bolsa o en las multinacionales que apoyándose en políticos de dudoso pelaje han hecho de su capa un fuero, aquí no hay ni un solo Inocencio. Y los que lo han sido, es porque no han podido meter también el diente.

Ha sido la sociedad en su conjunto la que ha enfermado de codicia durante algo más de un decenio —todos y cada uno— considerando que esto era Jauja, cuando ya la física nos dicta que nada, absolutamente nada, es gratis, y que si lo de mañana lo traemos al hoy, cuando llega el mañana —que ya está aquí—, hay que abonar los capitales adelantados... y los intereses. Y esto es ni más ni menos que lo que ha pasado. Pero no es malo si se extraen consecuencias y a esta fiebre del oro le sigue una etapa de reflexión que conduzca a considerar nuestra condición transitoria, y que no podemos, por una locura momentánea, empeñar el futuro de nuestros países y de nuestros hijos, que es todo eso al mismo tiempo y mucho más.

El despertar es posible que sea doloroso. Debiera serlo, y mucho, porque sólo así comprenderemos que nuestro bienestar no sirve la quiebra de nuestros semejantes o de nuestros países. Pero además de la reflexión individual, que es muy interesante, el nuevo sistema financiero que surja debe aplicarse el cuento y aprender que el individuo y la sociedad no son capaces de regularse a sí mismos ni de controlar su desmedida codicia depredadora, poniendo los frenos, diques y controles necesarios para que una situación de esta índole no nos vuelva a sellar el ombligo de pánico o ponernos en el borde un abismo que nuestra misma condición ha abierto.

Dicen los filósofos orientalistas que la dificultad o el problema es un regalo del cielo para evolucionar, y para nosotros, tanto individual como colectivamente lo será, si somos capaces de extraer algunas consecuencias. Se precisa el control del tercero, pero de un tercero que sea ecuánime y justo, el cual a su vez esté controlado por otro observador imparcial y, preferiblemente, enemigo del anterior.

Lo que se ha demostrado con esta crisis es que el egoísmo humano y social está por encima de la ética y muy por encima de la justicia, que no hemos madurado lo bastante como para conducirnos como una sociedad equilibrada, tanto más como individuos que tienen la cabeza sobre los hombros para un fin distinto del ornato. Esta es la cruda lección, y es una lección magnífica. Si la superamos adecuadamente y aprobamos este curso impidiendo que los depredadores sin escrúpulos sean recompensados con otra cosa que un penal en la Chimbambas, habrá supuesto un verdadero regalo del cielo y habremos dado un paso para bien en nuestra evolución individual y colectiva; pero si nos empeñamos en considerarnos san Inocencio, volveremos a las mismas, es sólo cuestión de tiempo.

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