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Redacción
viernes, 3 de octubre de 2008, 06:59 h (CET)


Quiero llorar al menos una vez al día por ti, porque te lo mereces y porque lo necesito. Son las conversaciones que tanto echo de menos y que tanto necesito, apenas palabras que hablan de un mundo y de nada, de un programa de la tele, de un discurso encendido con un extraño en la carnicería o de una lágrima que se me cayó en la mesa mientras tú pelabas las verduras del guiso.

Una, dos, tres, cuatro respiraciones antes de pensar en ti para poder mantenerme en pie mientras lo hago. Me faltaban días para conocerte, años o tal vez segundos...el caso es que me faltaba tiempo. Me faltó darte un beso, me faltó leerte un poema mío, me faltó guardar tu voz en el bote de la sal, me faltó decirte que llevabas razón cuando decías que cogiese suficiente dinero para el desayuno, me faltó preguntarte cómo sabré si estoy de verdad enamorada. Podría llorar pero no lo hago, porque no quiero, más bien porque no sé. Porque hasta las lágrimas tienen que ser entendidas, porque a veces son ridículas o cobardes o simplemente porque no apetece verlas, son incómodas a la vista.
Que quiero llorar al menos una vez, sólo una vez al día para saber que no estoy muerta, que la vida con humor o sin él sigue siendo algo que debo aprovechar. Que quiero llorar pero no tengo sitio, fíjate como son las cosas, que quiero llorar en algún otro lugar que no sea la ducha, donde el agua que sale a presión y ardiendo disimula los hipidos de tu ausencia, y donde pueda estar a oscuras en pleno día y sentirme sola para poder llorar por ti.
Tte contaría y tú me contarías y grabaría en mi mente aquellas historias que me encantaba escuchar. Diría que he madurado aunque no lo parezca y que tú has contribuido a ello. Me reiría para así recuperar tu sonrisa que se ha esfumado de las fotografías que no miro porque son como firmar un contrato donde arrendo una cama sin tu olor. Me parece que no es suficiente llorarte una vez al día, sin tengo en cuenta las miles de veces que te lloro sin yo saberlo y sin que se vea. Si miro la orquídea amarilla que afirma que aún estás, deseo llorar aún más por todas aquellas veces que pensé que algún día no estarías y que sería imposible vivir entonces. Que vivo ahora y te vivo. En los rasgos que ambas sabemos que son semejantes, en los lazos de sangre que no son necesarios y en las cartas españolas que echadas por tus manos contaban verdades escritas a medias, que nunca decías por miedo a herirnos. Te vivo y me alegro. Que quiero reír al menos una vez al día, y así escucharte y saber que aún estás ahí.

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