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Redacción
viernes, 3 de octubre de 2008, 05:56 h (CET)


Como siempre, como cada año, han llegado las vacaciones y con ellas el descaso. Nos hemos liberado de la mayoría de nuestras rutinas diarias, del trabajo y, con suerte, hemos podido viajar, descubrir países desconocidos y dedicar más tiempo a hacer aquello que nos gusta y que más nos apetece.

Por fin ahora tenemos más tiempo para leer. O eso es lo que creemos, ya que durante el verano la lectura es asaltada y arrinconada aún con más fuerza que durante el resto del año. Cuando llegan las vacaciones la literatura sufre el desafío de un mayor número de actividades y eventos que compiten con ella a la hora de captar nuestra atención e hipnotizarnos con sus artes malévolas, para apoderarse de nuestra voluntad.
Pues, aunque no lo parezca, el verano es sinónimo de deporte, sí, pero del televisivo. Este año los grandes acontecimientos deportivos nos han invadido de nuevo. Primero fue la Eurocopa, y no una cualquiera, sino una con un claro color español. Personalmente tuve la sensación de que se emitían partidos a todas horas: por la mañana, por la tarde, por la noche, por la madrugada, sino eran en directo, en diferido. Y si algún día en algún horario no habían, el telediario o cualquier programa especial te recordaba que las grandes potencias europeas (y las no tan grandes) estaban compitiendo para apropiarse del trofeo.
A la Eurocopa le han seguido las Olimpiadas, el gran evento deportivo a nivel mundial, aquel que siguen, más o menos, incluso aquellos a los que no les interesa el deporte. Cualquier disciplina olímpica, por ridícula y marginal que sea, ha tenido su porción de teledifusión, sobretodo aquellas donde los atletas y deportistas españoles han conseguido o han tenido opción a medalla. A esto hay que sumar las pretemporadas de nuestros equipos de fútbol, que aunque constituidas por partidos irrisorios, casi vodeviles deportivos, han estirado hacia ellas la atención de los forofos más apasionados. ¿Cómo pueden competir las aventuras de un espadachín en la España del siglo XVII ante esta explosión de sentimiento y raza deportiva?
Aún así, algunos han preferido dedicar parte de sus vacaciones a realizar un viaje turístico. Seguro que muchos de ellos han optado por incluir, medio escondido en su equipaje, algún libro, interesante pero distendido al mismo tiempo y de lectura fácil. Pues equivocados están. Seguramente no hay actividad más estresante y absorbente que un viaje turístico. Durante todo el día e incluso por la noche, se ha de aprovechar todo el tiempo posible para visitar todo aquello que merece nuestra atención: museos, palacios, iglesias, barrios antiguos, playas paradisíacas, fiestas nacionales... En resumen, la actividad turística deja poco tiempo para sentarse y disfrutar de un buen rato de lectura. ¿No vale más la pena visitar el foro romano donde Cicerón, Julio César o Augusto hicieron historia que leer las páginas donde sus hechos han quedado registrados?
Otros optarán, claro está, por la tranquilidad, por la playa, la siesta y el descanso reconstituyente. La literatura tiene poco que hacer contra el sol de nuestras playas, perseguido incluso por los turistas que nos invaden cada año, las olas con efecto relajante o los chiringuitos que ayudan a refrescarse durante las horas más calurosas del día. Aunque parece que existe un servicio de lectura en la playa, unas bibliotecas móviles, no creo que esta opción sea la escogida mayoritariamente por el público playero.
La literatura en el verano no solo ha de luchar contra estos poderosos enemigos. La noche y sus misterios también entorpecen su goce. Como es natural este periodo de descanso nos permite vivir y aprovechar un poco más la noche, compartiéndola con amigos y con alguna que otra bebida, que no obligatoriamente ha de ser alcohólica. Estas horas que le brindamos a la noche pueden afectarnos y nos afectan, ya que o bien anulan o bien disminuyen esos momentos de lectura nocturna que les dedicamos a los libros, llegando incluso a afectar nuestra vivencia diaria, dependiendo de las horas y las actividades a las que nos dedicamos. No sería el primer caso en el que una persona normal y corriente se convirtiera en un auténtico vampiro noctámbulo durante estas fechas, aprovechando, sobretodo, las miríadas de fiestas patronales que inundan los días y las noches de la mayoría de nuestras poblaciones.
Por último, y no por ello menos importante, el verano es una de las épocas durante las cuales las familias planean y comparten más su tiempo. La reunión familiar tiene su momento diario de esplendor durante la comida y la subsiguiente sobremesa, que en algunos hogares, y debido a la distensión del momento, se puede alargar hasta la hora de la cena. Las asambleas familiares se convierten, así, en otro elemento vampirizador que nos puede obligar a posponer y reducir nuestras horas de lectura.
Así las cosas, lo normal es que la literatura se tome también unas largas y merecidas vacaciones durante el periodo estival y se retire, dejando lugar a otras actividades lúdicas y culturales más propias de estos meses de descanso, para volver el mes de septiembre, con más fuerza y con nuevos bríos, a seducir nuestro pensamiento y a hacer volar nuestra imaginación, permitiéndonos descansar después de este mes de extenuante e inacabable actividad.

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