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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

La naturaleza del Estado real

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
viernes, 3 de octubre de 2008, 11:02 h (CET)
No sin perplejidad he comprobado que el discurso del Presidente varía según donde se pronuncia: radical y antinorteamericano cuando está en casa y muy complaciente y colaboracionista cuando se encuentra en Norteamérica. En mi aún turbada memoria está la tan anacrónica como exaltada combatividad de la ex ministra Palacio cuando lo de Iraq, pero lo de Zapatero ante la asamblea de la ONU no se queda atrás, pues en un vuelo (de unas siete horas) ha pasado de responsabilizar de todos los males de la economía mundial a los demonios de la Casa Blanca a ser el vocero de la implantación de un sistema financiero mundial preconizado por ese mismo poder, sin duda un eslabón más de Novus Ordos Seclorum que el padre del todavía Presidente norteamericano anunció a bombo y platillo hace ya casi dos décadas. Ahora, con esto, ya sabemos a qué obedece esa ristra de sucesos aparentemente fortuitos que han sido la inmigración masiva en Occidente junto con la superabundancia de capitales para préstamos e hipotecas, y la subsiguiente crisis a remediarse con el despropósito de que los ciudadanos financien a instancias de sus líderes económicos los desmadres producidos por sus líderes económicos. Todo tiene ya sentido y casa como las piezas de un rompecabezas: con los dineros no se juega.

Primero EEUU, luego Inglaterra y algunos otros países europeos y parece ser que también España, más allá de las ayudas con que premiará a quienes especularon con el precio de la vivienda, todos se han echado a proporcionar a la banca dineros públicos a tutiplén. Dineros que son de los ciudadanos que han sufrido el daño, y que van destinados por los patrióticos Estados a quienes precisamente no tienen patria. Y los bancos no la tienen, como no la tiene el dinero. En realidad, ningún banco ni ninguna multinacional tiene patria, sino que se radican allá donde pueden obtener los mayores beneficios, ya sea depredando bienes naturales o laborales, y sin importarles los males sociales que puedan causar, por más que hagan muchos anuncios en los medios con mensajes humanos, plástica sentimentaloide y músicas cordiales y emotivas. A las grandes compañías, especialmente si han de rendir cuentas a un consejo de administración o a socios de bolsa, les importa sólo una cosa: los beneficios. Los daños, si los hubiere —y siempre los hay—, quedan diluidos en la ignorancia de lo ajeno o, como mucho, en la nota marginal de algún diario contestarlo.

Sobradamente es sabido que cualquier sociedad mercantil —tanto más un banco o una gran corporación— es considerada a efectos legales como persona fiscal y, por ello mismo, goza de los mismos derechos que una persona física de carne y hueso, pero no de sus deberes. Quiero decir que si usted, lector, o yo cometemos una barbaridad ilegal la pagamos, pero ellos no. No; estas compañías no van a la cárcel ni tienen penas, más allá de una multa o cosa por el estilo, así hayan cometido las barbaries de Bopal o Seveso, el Aceite de Redondela o de la Colza, o fabriquen medicamentos que se fumiguen a los enfermos. La ley y su sevicia es sólo para el choricillo de barrio, o para usted o para mí. Los Estados, curiosamente, parecen proteger las andaduras de todas estas compañías, poniendo a su servicio todos los aparatos de que disponen, desde los de seguridad (incluidos antidisturbios y defensa) a los de información. Dicho en otras palabras: los Estados están al servicio de las multinacionales.

Que la economía dirige la política de los Estados es algo que está fuera de toda duda; lo que se duda es de la función del Estado en la actual tesitura. Con el paso de los años los Estados han pasado de servir a propios intereses (Dictaduras) o de sus ciudadanos (Democracias) a servir a quienes tienen los grandes dineros. Las grandes corporaciones son las que hoy determinan las políticas de los Estados y aún si hay paz o guerra interior o exterior. El negocio manda, y lo que sucede en estos días no es sino negocio. Para justificar tan colosal barbaridad como la implantación de un sistema financiero global (manejado por esos pocos que son algo a nivel internacional) era imprescindible crear una situación de crisis magnífica, y es ni más ni menos lo que han hecho. Con ello, la independencia de los Estados, ya extremadamente menguada, y la libertad de los ciudadanos del mundo, ya muy reducida por la influencia de estas multinacionales de los dineros que han promovido la actual crisis, queda sustraída a un manifiesto verbal sin trasfondo real, pues que incluso su día a día depende por completo de los sistemas económicos en que se mueven. Los Estados, con esto, por más que sigan existiendo, no son más que simples parcelas de administración encargados a ciertos empleados. La libertad, con ello, habrá muerto en muy buena medida: sólo quedará ya que nos pongan el chip o la marca (quien sabe si un código de barras) en la mano izquierda o en la frente.

Por intereses funcionales —ya lo verán— a partir de ahora será cada vez necesario la privatización del agua, la manipulación genética de las semillas, el control de la sanidad, la estandarización de la mano de obra también a nivel global y la globalización del pensamiento (quién sabe si también la privatización del aire), de modo que todo irá cayendo en tres o cuatro manos que, por nuestro bien, nos lo darán todo administrado y en las mejores condiciones. El nuevo orden está aquí: la Bestia ha dado un paso más, y éste es de los últimos. El siguiente, por nuestro bien también, será la Dictadura Global. De alguna manera, ya lo es.

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