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Etiquetas:   Entrevista   -   Sección:   Entrevistas

“El cuento sale a la primera o no sale. No hay término medio”

Luis Sepúlveda, escritor
Redacción
lunes, 16 de febrero de 2009, 16:36 h (CET)
Luis Sepúlveda (Ovalle, Chile, 1949), exiliado durante la dictadura de Pinochet, antiguo colaborador de Greenpeace, viajero infatigable ahora con retorno, es autor de un montón de títulos, entre ellos ‘Un viejo que leía novelas de amor’ (1989); ‘Mundo del fin del mundo’ (1989); ‘Nombre de torero’ (1994); ‘Patagonia Express’ (1995); ‘Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar’ (1996); ‘Desencuentros’ (1997); ‘Diario de un killer sentimental (1998); ‘Yacaré’ (1998); ‘Historias marginales’ (2000); y ‘Hot Line’. Recién termina de publicar ‘La lámpara de Aladino’, una colección de doce relatos breves, en los que fabula sobre historias del pasado, dejando constancia de su estilo mestizo y conciso. Animados por el café y el humo del tabaco, durante nuestra conversación, Sepúlveda tuvo un recuerdo emotivo para Salvador Allende, el presidente chileno con el que tuvo la suerte de convivir durante un tiempo. El escritor, sin embargo, no habló sólo de eso, tocó otros muchos palos: su viaje en torno a la vida, la escritura, sus influencias literarias, la Patagonia, la Tierra del Fuego, la gente del camino, la pobreza, la muerte y los hombres libres del mar comúnmente llamados piratas.




Luís Sepúlveda.


Herme Cerezo / SIGLO XXI

Luis Sepúlveda es un viajero insaciable. Pocos países le quedan por recorrer, ¿qué significa para usted viajar?

Viajar es siempre un encuentro con gente interesante. Eso es lo que justifica el viaje. Las ciudades, los paisajes, los caminos son accidentes. Lo que realmente queda es la gente que nos encontramos.

¿Viajero es sinónimo de solitario?
No, de ninguna forma. Uno viaja siempre en muy buena compañía aunque vaya solo. Uno camina pensando que este o aquel son buenos lugares para compartir con alguna persona. Además en todas partes he conocido gente muy interesante y he terminado el viaje acompañado.

«Dos puntas tiene el camino y en las dos alguien me aguarda», ¿qué le dice a usted esta frase?

Es una canción muy popular en Chile. Y es muy cierta, porque siempre uno sale de un lugar donde alguien le espera y llega a otro donde también aguardan su llegada. En el guión de la vida, estaba escrito que dos personas se iban a encontrar en un sitio determinado. Y así es.

Pero ahora, se ha vuelto un poco más sedentario y reside en Gijón.

Gijón es donde establecí mi cuartel general. Ahora, cuando viajo, tengo algo que antes no tenía: un lugar al que volver.

Conoció muy de cerca a Salvador Allende, ¿cómo era el presidente?

Era una persona de una humanidad extraordinaria, con un sentido del humor fuera de serie, muy curioso por saber, por conocer, un ilustrado en el mejor sentido de la palabra. Y al mismo tiempo, un hombre entrañable, accesible, cariñoso y muy cordial en el trato con la gente. Creo que es el ser más extraordinario que he conocido en mi vida.

Después de su exilio, ¿no ha vuelto a Chile?

Desde que se acabó el exilio en 1990, regreso cada dos años para ver a los amigos y a la familia.

¿Lo echa de menos?

Echo un poco de menos el Chile que yo tengo en la memoria, el Chile fraterno que tenía otra forma de vivir, no el actual. La gente tiende a confundir Chile con Santiago, la capital, que es una ciudad de triunfadores, gente que se niega a ver la realidad, una realidad terrible, una realidad de apartheid, con pobres muy pobres y ricos muy ricos, un lugar donde desapareció la clase media, que era el motor de la sociedad. Chile todavía tiene mucho miedo a la Dictadura, los dieciséis años más terribles que conoció su historia. Cuando vuelvo me siento muy a gusto y después de pasar dos días en Santiago, me marcho al Sur, que sigue siendo profundo, grande, de gente amable, acogedora, o al Norte, al desierto. Soy un nostálgico pero no un melancólico, porque la melancolía es peligrosa. Tomasso di Lampedusa dijo que “la melancolía era la felicidad de estar triste”. La melancolía conduce a nacionalismos, a patriotismos, esa basura que yo evito con toda mi fuerza.

¿Cómo decidió comenzar a escribir?

Imagino que fue por la admiración que sentía por todos esos escritores, que primero me leyeron y luego yo mismo leí durante mi infancia. Y también la obsesión, que un día se instaló en mí, por contar historias. En eso estoy y creo que esta obsesión seguirá conmigo el resto de mis días.

‘La lámpara de Aladino’ es una colección de relatos breves, ¿por qué escribe cuentos Luis Sepúlveda?

Porque es el género más difícil. Me gustan los desafíos y el relato es un desafío siempre, porque sale o no sale. El cuento requiere paciencia para que la historia se instale en uno y se sedimente bien. Cuando llega el momento de escribirla sale o no. No hay término medio. Es la escritura que más placer me proporciona. Además también soy un amante de la concisión y el cuento la exige.

¿Los escribe de un tirón?

Sí, sí, el cuento surge de una vez. Luego, evidentemente, llegan las correcciones, pero no alteran lo sustancial. No es como la novela que tiene su orden particular, donde uno participa más y, si nota que un capítulo está débil, sabe que con el próximo lo va a levantar o le va dar la clave para corregir el anterior. En el cuento no, el cuento tiene mucho de la escritura automática de los surrealistas.

Con las prisas que vivimos hoy, la narrativa breve ¿es el género literario más apropiado para el hombre del siglo XXI?

No sé si será así, porque eso sería hacer concesiones al mercado. Yo siento una pasión por mi lengua, que me permite ser muy conciso y contar con la cantidad precisa de palabras que requiere cada historia para resultar ágil, armónica, coherente. No soy muy amigo de llenar hojas y hojas para engordar el libro y que cueste un poco más. Del Barroco lo único que me gusta es la ópera. El resto siempre me pareció una desproporción que escapa a mis preferencias estéticas. Y en la Literatura pienso de la misma manera. Aunque eso no quiere decir que no haya excepciones, grandes novelas contadas con un barroquismo extraordinario.

En ‘La lámpara de Aladino’ encuentro dos voces narrativas diferenciadas: una muy europea y otra, muy sudamericana, ¿estoy en lo cierto?

Intento conjugar todo lo que he vivido y he visto. Hay tanto escritor que admiro que no niego las influencias. Hay una grande de Cortázar, al que tuve el placer de conocer y gozar de su amistad hasta el 12 de julio de 1984, cuando se nos fue. También me siento heredero de los románticos alemanes. Si no hubiera leído muy joven a Novalis o a Hölderlin me costaría mucho concebirme a mí mismo como contador de historias. En ellos descubrí claves muy válidas de lo que es la narración para mí. Y, por último, mi literatura es producto de ese mestizaje que yo mismo represento.

¿No le resulta complicado utilizar voces distintas para cada cuento?

Cada historia exige la manera en que ha de ser contada. Son los personajes en definitiva quienes te dicen “oye, yo quiero que me cuentes de esta forma o de esta otra”. Y ése es el tono adecuado para que la historia resulte.

La temática de ‘La lámpara de Aladino’ es muy variada: el amor, las fronteras, la fuerza de la Naturaleza, la muerte ... ¿Hay un hilo conductor entre estas historias o no lo hay?

Creo que sí que existe. Lo pensé cuando hacía el orden. Está la paradoja de la fortuna que llega tarde o no llega o éramos destinatarios equivocados o se nos complicó la vida o pasé y dejé huellas que, a lo mejor, serán entendidas de forma distinta. Esa extrañísima y frágil paradoja...

Hablando de la muerte, ¿le teme usted?

No porque estoy en paz con la vida y he aprendido a vivir con la certeza de que es inevitable. Cuando llegue, y deseo que sea lo más tarde posible, le abriré la puerta y le diré: “pasa, te estaba esperando”.

En ‘La lámpara de Aladino’ también hay espacio para el relato policial, ¿le gusta cultivar este género?

Más que lo policial me gusta la novela negra, que se desarrolló en la época terrible de las dictaduras latinoamericanas, un género que mezcla lo policiaco tradicional, el viaje y el misterio con otros elementos propios de la tradición literaria hispanoamericana y que se transformó en un gran documento para la preservación de la memoria de la sociedad. Todo lo que no se podía decir en la prensa, ni hablar públicamente, está reflejado en la novela negra sudamericana, que también tuvo exponentes en España, como las primeras novelas de Vázquez Montalbán, las de Andreu Martín o Juan Madrid, que son retratos de época tremendamente conflictivos. He cultivado este género porque desde esa clave puedo trabajar con temas actuales, coyunturales, y darles un tratamiento literario. Tengo como dos novelas publicadas en ese género y ha sido un trabajo muy placentero.

O sea que el género negro permite explicar, mediante novelas, la sociedad que nos rodea.

En cierto modo sí, pero por otro lado ha evolucionado también y es simplemente Literatura. La crítica ha intentado establecer fronteras odiosas entre géneros, ignorando que los géneros son para violarlos, mestizándolos todo lo posible.

Leyendo su libro y otras obras de escritores latinoamericanos, siempre obtengo la misma impresión: Sudamérica, como territorio literario, es riquísima, inagotable, el límite ilimitado entre lo fantástico y lo real…

Es inherente a su realidad cultural. Sudamérica es un continente joven, que recién empieza a conocerse y que no termina de resolver sus contradicciones, sus dudas. Por otro lado, la palabra diversidad mantiene un enorme valor actual. Eso se observa en la realidad sudamericana, donde intentan convivir una variedad cultural enorme, que va desde los pueblos amerindios hasta las sucesivas emigraciones, sin olvidar el mestizaje que todavía está en proceso de formación. Y todo eso genera un territorio riquísimo para la Literatura.

Un fenómeno como el Realismo mágico ¿hubiera sido posible en Europa?

A la manera como lo concibieron los tres únicos cultivadores de este género, que para mí son Rulfo, Carpentier y García Márquez, no. Pero de otra manera sí se dan ejemplos. Y pienso en la primera novela de Gunter Grass, ‘El tambor de hojalata’, que permite establecer ciertos paralelismos con ‘Cien años de soledad’ de García Márquez, teniendo presente que el tiempo está más comprimido. También podemos encontrar algo parecido en Israel, en el escritor Meir Shalev y su obra ‘La casa de Rusia’ o en Siria con Rafik Schami y ‘El lado oscuro del amor’. Esos libros son los ‘Cien años de soledad’ israelíes o sirios. En ambos casos hay una suerte de realidad mágica que es lo que da pie a la narración. Y en la Península Ibérica, está el catalán Bartolomé Soler que escribió muchas novelas en lengua castellana que apuntaban a esa misma idea.

Algunos escritores plantean los cuentos como el trozo de una historia: la toman en un punto, la acompañan un tiempo y después la sueltan sin más, mientras que otros “recompensan”, al lector con un final sorprendente, ¿a qué modelo se adscribe Luis Sepúlveda?

A mí me gusta que los relatos tengan final, no definitivo pero sí con olor a final de cuento. No se trata de un final feliz ni mucho menos, pero sí hay una frase puntual que cierra el relato, al tiempo que lo sintetiza.

Para acabar, ¿qué está escribiendo ahora?

Estoy terminando las correcciones de un libro que comencé en 1996 con un amigo, argentino y fotógrafo, que se llama Daniel Mordzinski. Trata de un viaje por la Patagonia con la idea de buscar a los míticos constructores del Patagonia Expréss, pero no los arquitectos sino los seres anónimos que trabajaron allí y dejaron sus nombres escritos en las traviesas como, por ejemplo, el mariscal Tito. Es un trabajo muy laborioso porque nos hemos tropezado con personajes interesantísimos. Realizamos tres viajes a la zona y el libro se ha ido alargando. En el último de ellos, el de 2004, mientras Daniel hacía fotos, pasó algo sorprendente. Y es que yo me di cuenta de que estaba contando historias del mundo de la pobreza del que yo era el último testigo. Y es que la globalización de la pobreza acabó con ese mundo. El libro se va a llamar ‘Últimas noticias del Sur’ y son historias de esos tres viajes por La Patagonia y la Tierra del Fuego. También llevo entre manos una novela de piratas, pero de piratas de verdad. La gente se confunde, porque piratas de verdad, hombres libres del mar, hubo sólo en tres parte de las tierra: en el Mar del Norte, en el Estrecho de Magallanes y en Tipaza (Argel). Eran colectivos con códigos de conducta rigurosísimos, cuyos postulados fueron copiados en ‘El Manifiesto Comunista’. El libro es un homenaje a uno de los españoles que llegó a Chile, el poeta Alonso de Ercilla, autor de ‘La Araucana’. Es un proyecto de largo aliento del que todavía me restan dos años de trabajo.

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