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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Hoy, como ayer

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
martes, 30 de septiembre de 2008, 10:18 h (CET)
Que la vida se desenvuelve entre contrarios, entre la dicotomía representada por el Jaquim y Bohaz de las columnas del templo de Hiram, a estas alturas todo el mundo lo colige, aunque no todos comprenden cómo funciona. La maestría vital radica precisamente en la conciliación de los contrarios, en el dominio de ambos, en saber gobernar y establecer sus recíprocas analogías. Lo hizo la Policía con eso de poli bueno, poli malo, y funcionó; lo hizo la informática con su nada y su algo ¾cero y uno¾, y lo logró también; y lo hizo el PSOE con su Felipe González bueno, Alfonso Guerra malo, y le funcionó también, al menos lo suficiente para mantenerse en el poder algo más de una década e institucionalizar el desastre nacional con la violenta irrupción durante su mandato de la Política del Pelotazo que propició la corrupción galopante que nos concierne y el descrédito político que nos asola. Algo que ahora, repitiendo el ciclotímico tictac del tiempo, vienen a continuar sus sucesores, ese tándem Zapatero bueno, Pepe Blanco malo, con idéntica estrategia y parecida musicalidad.

Ayer, como hoy, las cosas se repiten. El péndulo de la Historia va y vuelve exactamente a las mismas posiciones primigenias. Todo es homotecia de lo mismo, y cada acto y cada suceso un fractal de la misma fórmula. Lo que es arriba se replica en lo de abajo y lo de ayer en lo de ahora. Los antiguos consideraban que la Tierra era una réplica del cielo, que el hombre era un microcosmos del macrocosmos y que nosotros mismos éramos un reflejo de la divinidad que nos había creado, ese Gran Demiurgo que contenía y sumaba todos los pares de contrarios, reuniendo en sí a todos los Janos imaginables: lo masculino y lo femenino, lo blanco y lo negro, lo bueno y lo malo, aunque conciliado en una criatura hermafrodita que los templarios y otras órdenes pseudognósticas replicaban a nivel humano con dos caballeros sobre una única montura o los alquimistas con dos criaturas siamesas de distinto sexo pero con idéntico propósito. Lo seco y húmedo se unen, organizan e interactúan para lograr la magna Obra; lo único hermafrodita sucede a lo disímil de los géneros divididos, permitiendo el dominio de la materia y su transmutación. Así es la cosa.

Entender a Zapatero como un ente separado de Pepe Blanco es intentar comprender el bien sin consideración del mal... o viceversa. Ambos, por contrarios, se precisan ineludiblemente para existir y gobernar, dominando el escenario y polarizando la realidad. Son el demiurgo humano, conformado a su escala por el dios blanco y el dios negro que llevarán a efecto su propia creación manipulando la materia disponible. Es esa Obra es necesario dejar lo ingrato y el exabrupto intempestivo para el dios negro, y que el dios blanco se vaya con su buenismo de rositas y con una beatífica sonrisa instalada en el semblante a su Elíseo particular de la Moncloa o del altar de cada corazón subyugado. Si las cosas se pusieran feas y la ocasión lo requiriera, si las circunstancias aconsejaran corregir una creación imperfecta mediante un acto de fanfarria grandilocuente que despistara al hombre ordinario, siempre se puede sacrificar al dios negro, tal y como sucedió en su momento con Alfonso Guerra. Claro, a partir de ese momento el demiurgo humano que representaban ambos queda lisiado, se deshace el tándem y la muerte del dios blanco también está garantizada a reglón seguido de la del dios negro; pero siempre sobrevivirá su aura y su buenismo permanecerá razonablemente intacto, y podrá concurrir, siquiera sea, a un Comité de Sabios de sus hermanos de otras logias. La creación ha de proveer su víctima propiciatoria, un poco a imagen como en la Revolución Francesa quienes la promovieron sacrificaron a los que limpiaron el escenario político con la sangre azul de las guillotinas, favoreciendo que quienes conspiraron para asentar la república pudieran propagarse en el tiempo... sin adversarios.

Todo acto y toda cosa es un fractal de la ecuación divina. Desde la mente creadora hasta el funcionamiento de la ameba todo es una repetición de la misma geometría, una homotecia del mismo dibujo a diferentes escalas, y cada tanto se repite, se reitera como un eco, adaptándose a los nuevos escenarios. Nada nuevo bajo el sol, ya lo decía Qoholet. Nada es gratis, y para tener éxito en cualquier empresa hay adorar a los dos dioses, es imprescindible su propiciamiento, porque los dos, por analogía entre contrarios y por la perfección de su Obra, conforman el gran andrógino, el hermafrodita, la criatura que se materializa en el matraz, el negredo que a través del rubledo deriva en el albedo. “¿Pero acaso esperas de mí sólo el bien?”, le dijo Dios a su criatura. El mal, también exige su espacio y el abono de su estipendio, y, porque nada es gratis, a ambos hay que pagar su moneda para transitar el camino del éxito, aunque esas monedas que hoy se tributan cierren los ojos de nuestro cadáver mañana y no nos quede otra que usarla para pagarle a Caronte un crucero por la laguna Estigia. Ya se sabe que lo que da la vida, mata, y que lo que mata, en las dosis correctas, da la vida.

Un juego, cruel a veces, que quienes están en el Conocimiento han comprendido... o creen haberlo hecho. Desde luego, y aunque sea por soberbia, están dispuestos a pagar el precio que el Gran Demiurgo exige para obtener el poder y disfrutarlo; sin embargo, los sabios antiguos también decían que a aquéllos que quieren tentar a los dioses primero les vuelven locos, y por ahí va la cosa. La sabiduría confunde a los sabios y el Conocimiento a los necios. A Isis no se la puede contemplar sin velo, y tanto más cuando es para los más arteros propósitos. Si hay desequilibrio, la catástrofe está servida, y no hay más que mirar alrededor para comprender sus verdaderos fines: por sus frutos los conoceréis. Los sacrificios, entonces, siempre son necesarios. Lástima que cuando el aspirante a creador resulta ser un necio lo que suele llevarse por delante es a muchos inocentes, y, a veces, hasta a algún que otro país.

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