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El racismo en el deporte
Antonio Pérez Gómez
Es muy loable el titánico esfuerzo que se hace desde las instituciones europeas en atajar la enorme lacra del racismo en nuestra cultura, y concretamente en nuestro deporte (bueno, en el fútbol, vaya). De hecho, la UEFA recientemente ha anunciado una campaña a nivel europeo contra el racismo. Sin embargo, en nuestro país se siguen viendo algunas escenas aberrantes. El domingo pasado se vio en el Ruiz de Lopera como un grupo de ignorantes lucía con desfachatez simbología nazi y fascista. Ojo, no es algo exclusivo del campo de Heliópolis. Se puede ver en varios estadios españoles este tipo de exhibiciones, pero sí que es cierto que sorprende la laxitud con que “Don Manué” se conduce para con sus cachorros más radicales. Y lo digo porque yo mismo lo viví la pasada temporada. Me desplacé al Ruiz de Lopera y entré junto con los pacíficos aficionados visitantes. En los tornos, los de Seguridad me dejaron prácticamente en calzoncillos buscando cualquier objeto peligroso. Hasta ahí, bien. Lo malo es que dentro nos esperaban una lluvia de botellas, palos y objetos contundentes que nos lanzaban algunos individuos cercanos a nuestro sector, que verdaderamente arroja dudas razonables sobre la rigurosidad de los cacheos a los elementos más radicales del beticismo. No nos engañemos, muchos equipos de fútbol protegen, o al menos practican, una encubierta política de tolerancia, a sus propios ultras.
Lo más probable es que el Betis sea sancionado de una forma simbólica. Y si fuera una sanción mayor, caeríamos en un agravio comparativo, porque manifestaciones semejantes se han vivido en otros campos y no ha surdido nada. Y es triste, porque si hoy en día, en la época del talante, en la de las alianzas de civilizaciones y en la del respeto a ultranza del elemento diferencial, no se persiguen de forma exhaustiva estas sucias exhibiciones, no sé qué va a pasar cuando tengamos otro ambiente político no tan “hippie” como el que tenemos ahora.
Para mi es un hecho incontrovertible, y 9 de cada 10 aficionados a los que ustedes preguntaran, opinarán como yo: hay demasiada violencia en el fútbol, y ello es debido en muchas ocasiones a los elementos indeseables y racistas que pululan en la grada, amparados en la masa indocta.
Ahora bien, tampoco transijo con la ñoñería. Hoy en día, como ustedes saben, hay una corriente que señala al mundo del fútbol como un mundo esencialmente brutal y racista. Esta corriente, además, nos viene potenciada desde el extranjero. Y el Reino Unido es el máximo paladín de esta idea. A ver, ni calvo, ni tres pelucas. Ya he dicho que comulgo con la extirpación de los elementos indeseables, e incluso denuncio desde aquí la tolerancia hacia estos grupos. Pero de ahí, a sacar que el futbol o el aficionado de fútbol español es racista, va un mundo.
Muchos ejemplos tenemos de estas acusaciones gratuitas hacia nuestro deporte. La última, la conocida polémica de este verano con el gracioso anuncio de la selección de basket. Antes, el díscolo Aragonés había sido insultado gravemente en los tabloides ingleses como racista, y como les gusta a estos periodicuchos británicos de baja estofa, el ex seleccionador se convirtió de repente en el epítome del futbol, y su manera de pensar, en la de todos y cada uno de los españolitos. Tampoco es desdeñable el incluir en esta ignominiosa lista de las campañas antihispánicas de los tabloides el abucheo que recibió Hamilton en un par de circuitos españoles. Casi nadie reparó en las menciones a su mamá y a su omnipresente y cargante papi, lógicamente cargadas de mal gusto y peor educación. No. Destacaron que el color de piel del piloto fue mentado. Acabáramos. Con la iglesia hemos topado.
¿Cuál es el origen de esta campaña y esta autoproclamación de Gran Bretaña como observatorio del racismo en Europa, y en España más concretamente? Pues, curiosamente, viene de ellos mismos. La cantidad de africanos, hindúes y caribeños que hay en Inglaterra es exponencialmente mayor que la que hay en España. Ellos han tenido, y tienen, enormes problemas para integrar a tamaña población. Y los hooligans no se andan con chiquitas.
Pero curiosamente, podemos observar que las actitudes xenófobas en el Reino Unido no son solo contra los venidos de países menos desarrollados, sino contra cualquiera que no tome el té a las 5. (Válgame la metáfora). Patrick Viera, Eric Cantona, Frank Leboeuf o Emmanuel Petit, franceses ellos, hace años propalaron los insultos racistas hacia ellos por ser galos, no por que alguno de ellos fuera de color (de color negro, quiero decir).
Como el propio Tim Crabbe, profesor de sociología del deporte en la Universidad Hallam de Sheffield, pone de manifiesto:”lo cierto es que caracterizar a determinados clubes o aficionados como prototipos fascistas o racistas resulta engañoso”. Así, es curioso que en Alemania haya una exhibición de signos nazis casi inexistente. Otro caso revelador es el de Italia. Durante los últimos partidos del mundial de Italia en 1990, cuando los hinchas del Napoli abandonaron al equipo nacional italiano para animar a su héroe local argentino Maradona, los hinchas del norte de Italia mostraron su hostilidad hacia Maradona, el Napoli y la región meridional apoyando a cualquier equipo que jugase contra Argentina, y así los elementos racistas entre los aficionados del Norte no tuvieron ningún empacho en vitorear con entusiasmo al equipo africano negro de Camerún cuando éste jugó contra Argentina.
¿Qué nos dice todo esto? Pues que, aparte de algunos elementos marginales genuinamente racistas, lo que prima en el fútbol es la rivalidad llevada hasta extremos, lo que se intenta es desmotivar, clasificar despectivamente al rival, llevando el insulto hasta la categoría de etiqueta. Cuando al Etoó s ele llama “negro”, es fundamentalmente por su actitud poco inteligente y el show del que ha hecho gala cuando, dese la grada alguien le ha llamado así. Como molesta, se le repite.
Para terminar, tengo dos anécdotas que contar de dos jugadores profesionales (uno de ellos ya retirado). Me decía el primero de ellos, que hace muchos años, cuando nadie se rapaba el pelo, él lo hizo para disimular su incipiente alopecia. A todos y cada uno de los campos a los que iba, le gritaban “¡Calvo!“, “¡Calvo de m…!”, etc. El otro se trata de un jugador con una abundante melena rubia rizada. En su caso, el irritante y constante soniquete es “¡Pelucón!”, “¡Nenaza!”. ¿Podríamos inferir de esto que el aficionado español es un racista capilar? ¿Qué aquí se le tiene odio al rapado…y al que posee melena rizada? Pues eso. Racismo, a lo que es racismo. Y mala educación, a lo que es mala educación.
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