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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Negocios globales

Ángel Ruiz Cediel
Redacción
sábado, 27 de septiembre de 2008, 09:47 h (CET)
Conocido aquel famoso postulado de John Le Carré que promulgaba que ya es demasiado importante el latrocinio como para dejarlo en mano de los ladrones, la tozuda realidad que nos concierne parece manifestar azar y gritar plan preconcebido. Vista la cosa desde cierta distancia, el que no hace tanto se inyectaran ingentes cantidades de dinero en el sistema al mismo tiempo que se traían (engañados o no) a miríadas de inmigrantes de todas las esquinas de la tierra, no parece sino que fue una simple maniobra para rebajar los derechos laborales de los trabajadores naturales, que tenían ya la cresta demasiado alta, impidiendo con el palo y la zanahoria de créditos fáciles que se repararan en la carga que estaban arrastrando. Como los magos, con una mano distrajeron, y con la otra hicieron la trampa. Un negocio redondo, vaya. Durante ese periodo que recién ha concluido, no sólo se les ha desposeído a los ciudadanos de a pie de cuanto tenían, instalándoles en la precariedad, la eventualidad y el mileurismo (como mucho, e incluidos los titulados), sino también de lo que podrían llegar a tener, pues que los derechos los han perdido para siempre (coadyuvados los poderes defenestradotes por eso que llaman sindicatos), además que los compromisos adquiridos por las clases populares a causa de los créditos e hipotecas garantizaban de futuro al sistema —que en realidad son unos pocos pillines— la obediencia y el silencio de las masas trabajadoras, si es que éstos pretenden hacer frente a sus obligaciones crediticias y conservar el empleo. Como negocio, desde luego, no pudo estar mejor urdido.

Los negocios hoy no hay duda de que son de otra manera y que tienden no a lo gordo, sino a lo gordísimo, a lo global. La ambición ya se sabe que no tiene límites. No se trata ya de hacer próspera una empresa o de incrementar artificiosamente las ventas de un artículo, sino de meterse de una tacada a toda la masa laboral de occidente en el bolsillo al tiempo que se pone contra las cuerdas a todos los demás humanos que componen la especie. Guerras falaces, pero que continúan como si tal cosa; dudosos ataques terroristas, que justifican lo injustificable; invasiones encubiertas con el disfraz de salvadoras, etcétera, no son sino artificios de las nuevas técnicas de los empresarios globales.

Una cuestión ésta que no se puede contemplar desde distancias próximas porque tiene una geometría enorme, terráquea, y porque además a un negociete le viene siempre enjaretado el siguiente. Me refiero, claro, a la enorme crisis que nos concierne. Una crisis producida por lo que decía al principio, por esas eónicas inyecciones de dineros fáciles que facultaron el desarme de derechos y la obediencia a San Contrato Eventual de las masas laborales, para que gastaran y gastaran mientras les sustraían la cartera y el futuro. Pues bien, si a Zapatero lo único que se le ocurrió es ayudar a quienes se beneficiaron como cosacos subiendo hasta los cuernos de la luna los precios y especulando con la vida y el futuro de todos sus conciudadanos, a Bush (y al Club que representa) se le ha ocurrido la genialidad de financiar el descalabro haciendo que sean los propios contribuyentes —esos mismos trabajadores saqueados— los que financien el despelote producido, de modo que los suyos no sólo tengan más beneficios aún por su saqueo, sino también que obtengan excelentes dividendos con las ayudas que les van a caer del cielo de la política. Un personaje que llegó al poder con dudosos atentados que promovieron la invasión de los países más ricos en combustibles fósiles (y vaya usted a saber en qué más), y que se despide con esta pirotecnia que saquea a la sociedad humana en pleno y ridiculiza a los propios sistemas liberales que dice defender. Negocio sobre negocio.

Puede que no sea así, y que todo este razonamiento no sea más que el desquicio de un observador escarmentado o la opinión de un novelista de medio pelo —éste que escribe este artículo—; pero para mí que aquí hay busilis, que como negocio no puede ser más redondo. Inteligencia y poder para llevarlo a cabo en mi opinión no sólo no les ha faltado, sino que aquí están los hechos. Indemostrables, eso sí: pero de una evidencia que grita, incluso llevando las palmas. Los muertos de las Torres Gemelas están enterrados, los afganos y los iraquíes entregados al lujo y la indolencia, los trabajadores de occidente tan ricamente con sus créditos, hipotecas y contratos eventuales, los inmigrantes traídos suntuosamente en pateras esperando su oportunidad de supervivencia a costa de lo que sea y quienes se forraron el hígado a base de bien, recibiendo ayudas de gobiernos e instituciones para que sigan no en las mismas, sino mejor, mucho mejor.

¡Ah, los negocios, qué gran cosa! A uno, lo que le pasa, es que ya no cree en nada. En Dios, por supuesto, para que a todos estos los meta en cintura, ¿quién, si no?... Ya se ha visto que suyo es el poder... y los jueces, y que a los contestones lo mismo nos cae una condena por lo que sea, como a Cervantes, que por rebelde le cayeron dos penas penitenciarias. Lo suyo es el negocio, y tienen todas las armas. Ahí está, si no, lo del calentamiento del planeta y lo de la carencia de combustibles fósiles y todo eso. En vez de que la gente trabaje en su ciudad o en su pueblo, casi todo el mundo lo hace en otro distante, gastando así combustibles que ya faltan, contaminando innecesariamente, incrementando el calentamiento del planeta y propiciando un muy próximo fin de la vida por despelote ecológico..., pero pagando entretanto la buena vida que se dan esos pillines del Club y los políticos que nos salvan de sus propios saqueos. Los enormes beneficios que procuran a los poderosos la venta de los combustibles y los pingües ingresos por impuestos en los combustibles que generan los políticos no es algo de lo que vayan a prescindir unos u otros si no es a estacazos, así nos extingamos. El negocio es el negocio. La realidad, vista así, da asco. Creo que estamos como Jaquim y Bohaz: iluminados.

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