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¿Es la culpa de los Neocons?

Ana Morilla
Ana Morilla
sábado, 27 de septiembre de 2008, 09:32 h (CET)
A veces la economía es una religión. Los teocons, mezclan liberalismo financiero y conservadurismo moral para conjugar que los ricos lo son porque ellos lo valen y el mercado – Y Dios -, así lo quieren.

Francoise Mitterrand, que mantenía una excelente relación con Reagan aunque discrepaban en múltiples temas, destacaba que Reagan "tenía dos religiones: la libre empresa y Dios - el Dios Cristiano."

Reagan tenía fé en la magia del mercado y en la sagrada trilogía desregulación, liberalización y privatización. Para que nada interceptase éstos credos redujo al mínimo el papel del gobierno y lo que la “reaganomics” consideraba regulación excesiva de la economía. Su “laissez faire” se convirtió en un dogma para neoliberales y neocons, mantenido por los gobiernos posteriores, y la liberalización del comercio, aupada por el fervor anticomunista, derivó en consecuencias económicas paralelas a las que vivió el Reino Unido con su amiga Margaret Thacher: despegue económico final a costa de un fuerte incremento de desigualdades sociales y de un radicalismo liberal fundamentalista de imprevisibles consecuencias de futuro.

Ahora ya, no es posible defender el libre mercado capitalista sin controles ni fiscalizaciones como mejor garante del equilibrio institucional y el crecimiento económico de un país. No hay ninguna salvaguarda mágica en el mercado que autoregule entrópicamente los fallos del sistema. El capitalismo financiero global ha cuestionado en última instancia el neoliberalismo.

Si la culpa de la crisis es del fundamentalismo economicista ultraliberal que ha creado una realidad paralela financiera y descontrolada plagada de burbujas que estallan en el mundo real, la culpa, como dice Pepe Blanco, no es tanto de los neocons – más interesados en que el fervor religioso patriótico se expanda por el mundo en justas guerras democratizadoras-, como de los neoliberales, que aún no han entendido que en el Siglo XXI el Estado debe ser garante de las reglas y nunca abandonarlas en manos de religiones o falsos dioses.

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