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La nueva España

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 26 de septiembre de 2008, 08:56 h (CET)
Este titular no se corresponde con la cabecera de tantas publicaciones, algunas aún vigentes, que proliferaron en los cuarenta años del singular régimen político que atravesó España y en el que crecieron, trabajaron y se multiplicaron, la mayor parte de los ciudadanos que hoy día se agrupan con el eufemismo de la “edad dorada” (dorada para los que se forrasen, que el resto son, tan sólo, humildes longevos pensionistas). También fueron conocidos con este pomposo nombre grandes territorios de América y Filipinas de cuando España pintaba algo en el Mundo mundial, y del que el “Virreinato de la Nueva España” es, sin duda, el más conocido y pujante, llamado ahora Estados Unidos Mexicanos.

No, en efecto, no se trata de nada de lo anterior, sino de la “nueva España” que se alumbra en estos albores del Siglo XXI que transcurren bajo el sufrido paso del ciudadano de a pie, el que “hace camino al andar” arrastrando su hipoteca, asaeteado por el Euribor, e intentando educar a sus hijos no como le educaron a él, sino como puede; madrugando para hacinarse en un transporte público que le lleve hasta el puesto de trabajo que Dios quiera que dure, o resignado en los atascos mientras consume un combustible que le hace contribuir con su obligado impuesto, injustamente como el que más, a las insaciables arcas del Estado.

Del mismo modo, es una manera de titular generosamente, lo que de la realidad nacional se distingue desde los riscos donde se escribe esta columna, ya que, más bien, tal observación inclina más a considerar tal panorama como de “contubernio nacional”. Este término, según el “María Moliner”, es la “alianza de personas o asociación de intereses, ambiciones, etc., censurable o ilícita” Sin que, por ello, haya de colegirse derrotismo alguno. Cada país, estado o nación tienen sus peculiaridades, unas veces para ir hacia arriba, y otras para abajo, y, las más, para seguir como estaba.

Pasadas las últimas elecciones generales, el país ha quedado como trastocado. Quienes votaron socialismo, en gran parte se andan dando golpes en la mano “pecadora” que introdujo la papeleta en la urna, diciéndose, a la vez, como aquellos intelectuales tras el advenimiento de la II República, en 1934: ¡No era esto...! Seis meses después, esta España no es la que prometió Zapatero con sus charangas y titiriteros, y cada nueva mañana es más apurada que la anterior. Más, el desconcierto entre los electores del PP es equivalente, en otro sentido; el partido al que creyeron votar se parece a la actual oposición como un huevo a una castaña. ¿Quiénes acertaron?... los que se abstuvieron; como Pilatos pueden lavarse las manos ante el contubernio que han establecido los ocultos pactos entre los dos grandes partidos.

Los nacionalismos son los grandes beneficiarios de la alianza censurable. Cataluña sigue inaugurando “embajadas” por esos mundos, erradicando el español de su territorio provinciano, y asomando el hocico grotescamente “expansionista” hacia el resto del antiguo “Reyno de Aragón”, donde algunos cretinos lo consideran trilingüe. Los vascos siguen con su “merienda de negros”, ETA matando como siempre, y más o menos encubierta por las instituciones que se benefician, no de sus muertos, sino de sus alimañas. Y como Galicia, extirpando de raíz un idioma que hablan quinientos millones de almas; el más utilizado después del chino y del inglés.

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