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Desencanto

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 25 de septiembre de 2008, 08:55 h (CET)
Pasé más de la mitad de mi vida esperando la llegada de la democracia. Viví ilusionadamente la transición y tuve una gran alegría cuando se consiguió una Constitución que parecía poner fin a viejos enfrentamientos. Comenzaba una nueva vida para España llena de buenos augurios.

Cuando se superó la prueba del 23-F creí sinceramente que marchábamos hacia una normalidad maravillosa. La pacífica transmisión del poder desde la UCD al PSOE era una prueba más de que todo iba a ir de bien a mejor.

El modelo autonómico era una novedad que podría resolver para siempre las tensiones nacionalistas, descentralizar el poder y aproximar el gobierno a cada región.

No tardaron en aparecer negras nubes en el horizonte. El terrorismo de ETA se hizo presente como advertencia de que el modelo autonómico era insuficiente para su apetito separatista. Con talante distinto, pero con los mismos objetivos, Cataluña también quería más autogobierno.

La ley electoral que ponía, por fin, en manos de los españoles la libertad de elección de sus gobernantes empezó a inquietarme cuando vi que las minorías nacionalistas, que cada día nos hacían saber su antiespañolismo, eran la llave de la gobernabilidad y los dos grandes partidos, PSOE y PP, buscaban su apoyo siempre interesado. Ningún partido habla de reformar la ley.

El largo periodo de Felipe González no me resultó satisfactorio. Puso en marcha la enseñanza concertada que nos pareció una buena solución, sin que advirtiéramos que con ello podría el Gobierno, cualquier gobierno, controlar la educación y terminar con la libertad de los padres. Se impuso la nefasta Educación General Básica, la de los conjuntos y las fichas de usar, tirar y olvidar y comenzó el deterioro imparable que padecemos. Introdujo las leyes del divorcio y del aborto cuya evolución ha llevado a la inestabilidad familiar, de cada cuatro matrimonios se rompen tres, y en el último año se han asesinado cien mil niños en el seno de sus madres.

La extraña ley por la que se expropió RUMASA comenzó la “época del pelotazo”. En España era “fácil “hacerse rico según el ministro Solchaga. Con la excusa de combatir a ETA se actuó al margen de la ley y se saquearon los fondos reservados. Con dinero de Europa se organizó un sistema de “ayudas” a las regiones deprimidas, Andalucía y Extremadura, que mantiene en el poder al PSOE desde hace más de veinte años.

Alfonso Guerra anunció la muerte de Montesquieu y la división de poderes desapareció con la reforma del Consejo General del Poder Judicial.

La llegada del PP al poder se hizo del brazo de los nacionalistas catalanes, ya que no consiguió mayoría absoluta. Recogió un país en crisis con un paro del 23% y las arcas vacías y enderezó la situación, aunque renunció a exigir responsabilidades y prefirió “pasar página”. Cuando obtuvo mayoría absoluta en un segundo mandato y, contra todo pronóstico, pudo entrar España en la Europa del euro, el PSOE y los nacionalistas se alarmaron. Movilizaron la calle todo lo que pudieron para desgastar a Aznar, quien no cuestionó las nefastas leyes de Felipe González y sólo al final de la segunda legislatura intentó reconducir la situación de la educación sin éxito.

Las elecciones del 2004, marcadas dos días antes por un salvaje atentado, cuya autoría no está clara, dio el triunfo a Rodríguez Zapatero, sin mayoría absoluta pero los nacionalistas se apresuraron a darle su apoyo y cobrarlo. La primera medida de todos ellos fue demonizar al PP para expulsarlo de la política. Este partido en lugar de afirmarse en sus principios, se acomplejó, se avergonzó de ser la derecha y se disfrazó de centro. Sus votantes empezamos a sentirnos engañados.

A pesar de la manifiesta incompetencia de Rodríguez Zapatero, sus mentiras, sus negociaciones con ETA y los nacionalistas, sus esperpénticas leyes del divorcio exprés, el matrimonio de los homosexuales o la imposición sectaria de la asignatura de Educación para la Ciudadanía, ha conseguido un nuevo mandato, negando que estuviéramos entrando en un nuevo periodo de crisis económica.

Todas estas cosas y muchas más (quién iba a esperar a que se prohibiera hablar el español en parte de España o se reabrieran las fosas de los muertos) me llevan al desencanto con esta democracia tan distinta de la que yo esperaba.

Quizás el meollo de la cuestión está en que ningún sistema es capaz de organizar una sociedad mejor, si al mismo tiempo no pone eficaces frenos al poder y educa a las personas en la virtud, en la responsabilidad y en el esfuerzo. Ningún partido político está interesado en estos objetivos.

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