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La Represa "mais grande do mundo"

Luís Agüero Wagner
Redacción
miércoles, 24 de septiembre de 2008, 07:00 h (CET)
A mediados de la década de 1940, Estados Unidos había alcanzado un poderío tan impresionante en Latinoamérica, que no vio motivo alguno para tolerar intromisiones de otras potencias en la región. Un secretario de estado de Roosevelt, Stimpson, llegó a referirse al sub-continente como "nuestra pequeña región de aquí".

En Brasil, el imperio norteamericano trabajó para evitar el nacionalismo económico y lo que las administraciones Truman y Eisenhower llamaron "desarrollo industrial anexo" (refiriéndose a un desarrollo que podría competir con las empresas de EEUU).

De todas maneras, el imperio toleró en Brasil un desarrollo complementario a la industria norteamericana dado que para decirlo en palabras de Dulles, era útil "darles unas palmaditas y hacerles pensar que uno les tenía cariño".

Dentro de esa lógica, el "hermano mayor" del norte se arrogó las atribuciones de diseñar las políticas geo-estratégicas sudamericanas, utilizando como ficha principal a un país (Brasil) al que en documentos confidenciales consideraba "un área reservada para experimentos industriales".

PARAGUAY Y BRASIL
Durante la Segunda Guerra Mundial, como no es ningún secreto, los dictadores paraguayos como José Félix Estigarribia e Higinio Morínigo, se convirtieron en fervientes partidarios del Eje y la ideología Nazi. La euforia llegó al punto de permitirse expulsar, en enero de 1941, al representante diplomático de Washington, Finley Butch Howard.

La situación variaría por razones obvias en la década siguiente, en particular a partir del gobierno del general Alfredo Stroessner, a quien no le fue muy difícil convertirse en interlocutor privilegiado de Washington en el Paraguay, por reunir toda la tipología requerida para instalar una dictadura neo-nazi y un fascismo preventivo en beneficio de los intereses norteamericanos.

Desde un principio, Stroessner pregonó desde el gobierno de Asunción que en el enfrentamiento entre Washington y Moscú, el Paraguay se encontraba alineado internacionalmente con los intereses norteamericanos. Una puja entre un hombre de Buenos Aires, Epifanio Méndez Fleitas, y un hombre de Washington, Stroessner, se resolvía a favor del imperialismo estadounidense.

En mayo de 1958 el Paraguay recibía la cordial visita del vice-presidente Richard Nixon, el mismo año en que se levantaría la verdadera base fortificada que constituye la embajada norteamericana en Asunción, donde a partir de ese instante la CIA instaló un sofisticado centro de espionaje electrónico para vigilar ondas de radios, telecomunicaciones, movimientos de aeronaves y otros datos de su interés.

"Me encuentro particularmente feliz de estar en un país que se ha levantado con tanta fuerza contra el reto comunista" había declarado Nixon en Paraguay.

LA REPRESA MÁS GRANDE DEL MUNDO
Aunque los asesores norteamericanos entrenaban a las fuerzas armadas y diseñaban los planes económicos a implementarse en Paraguay, el imperialismo de segundo orden del Brasil también tenía expresiones diversas.

La misión cultural brasileña manejaba la universidad, pero los militares brasileños también tenían su presencia en el Paraguay anticomunista.

La complicidad del Brasil con el imperio norteamericano para sentar sus reales en Paraguay tiene una vieja data, desde que en la década de 1930 su influencia desplazó a los intereses anglo-argentinos dominantes en Paraguay desde la devastación genocida que en el siglo XIX inspiró y sufragó contra este país el imperialismo británico.

En el año 1965, cuando el presidente norteamericano Lyndon Jonson decidió invadir República Dominicana en defensa de intereses de su propia industria azucarera, el dictador Stroessner envió a soldados paraguayos a participar de la matanza junto a una fuerza multinacional que actuó en nombre de la "comunidad internacional", apodo bajo el cual disfraza ocasionalmente Washington sus intervenciones. Los soldados paraguayos actuaron bajo las órdenes de un general brasileño, Panasco Alwyn, en defensa de los intereses norteamericanos, a pesar de que algunos de ellos acababan de enfrentarse a tiros con tropas brasileñas por la posesión de los Saltos del Guairá.

Las así establecidas relaciones de dependencia política, económica, militar y cultural, en función de intereses estratégicos en pro de la hegemonía universal norteamericana, también tuvieron su traducción en mega-proyectos como la usina hidroeléctrica de Itaipú, represa considerada hasta hace poco la más grande del mundo.

LA CONSTRUCCIÓN, ACTIVIDAD LUCRATIVA
La construcción de Itaipú tuvo al Paraguay lo que a otros países representó la explotación de yacimientos petrolíferos, por las fabulosas sumas en inversiones que convocó, generando las inmensas fortunas de quienes son conocidos como "los barones de Itaipú". El más representativo de estos es Juan Carlos Wasmosy, quien en ancas de la fortuna amasada llegó incluso a presidente.

El fuerte de Wasmosy fue la construcción, actividad que desarrolló desde muy joven asociado con el ingeniero Denes Tómboly. La sociedad Tómboly-Wasmosy se dedicó esta actividad logrando ser privilegiado socio del exclusivo club de contratistas que con los generales y directivos de ANDE tuvo participación en los trabajos adjudicados por Itaipú y Yacyretá Binacional.

Con acciones en la Empresa Constructora Minera Paraguaya (ECOMIPA) se integró al Consorcio de Empresas Constructoras Paraguayas (CONEMPA), la que en Itaipú facturó por un total aproximado de 1.600 millones de dólares.

La mejor evidencia del magro patrimonio que Wasmosy supo acrecentar lo constituye el hecho de que cuando egresó de la universidad su familia sobrevivía vendiendo carbón vegetal y raja en una vivienda-depósito. Su padre, ex miembro de una facción pro-Stroessner del partido liberal (leviral), que había presentado una ley antisemita en el parlamento, ya no tenía prebendas.

El hijo, sin embargo, supo aprovechar las oportunidades del sistema mafioso con real maestría.

Como resultado de sus actividades, Wasmosy quedó entre los primeros dueños de fortunas malhabidas de Paraguay, con unos 1.400 millones de dólares, aunque sólo reportó bienes por valor de 7,1 millones en agosto de 1998.

Esta fortuna le permitió llegar a la presidencia del Paraguay, posición desde donde siguió acrecentando patrimonios y activos con auxilios irregulares a bancos quebrados, golpes en financieras y otros robos de guantes blancos diversos. Tan grande es el poder de Wasmosy que es normal escucharlo dar consejos y admoniciones a los políticos influyentes e incluso presidentes del Paraguay, como recientemente lo hizo con el obispo Fernando Lugo.

¿REIVINDICACIÓN NACIONALISTA O CORTINA DE HUMO?
El tratado para la construcción de Itaipú fue objeto de reparos en serie por la parte paraguaya, desde el mismo instante en que fue firmado.

Sin embargo, sería lirismo ingenuo pensar que la "autoridad moral" o intelectual de tal o cual gobierno o negociador podría conmover al poderoso y astuto Brasil a favor de las reivindicaciones hidro-nacionalistas que en cada campaña electoral paraguaya suelen aparecer.

Quienes agitan estas campañas desde la prensa, por su parte, lejos están del perfil adecuado para arrogarse la posición de adalides nacionalistas, por su conocida vinculación a embajadas y organismos de coacción imperialistas extranjeros. Además, su nacionalismo sólo se manifiesta en cuanto a las aguas que pasan bajo la represa de Itaipú, a las que consideran como "oro líquido", mientras defienden a capa y espada la invasión brasileña que promueve en Paraguay el monocultivo de soja, en una creciente franja en la frontera este del país que ya podría considerarse un Sudetes Sudamericano, o una comarca que recuerda el territorio de Acre, que Brasil arrebató a Bolivia.

Por lo general, el Brasil suele apagar la agitación electoralista paraguaya con una lluvia de billetes para el gobierno de turno, y en el caso actual, inclusive facilitó recientemente un avión brasileño para el traslado a Brasilia quienes supuestamente "golpearían la mesa" en el Planalto e Itamaratí: los "hidro-nacionalistas" Fernando Lugo y Ricardo Canese, entre otros.

Ante tantos puntos incongruentes, no está demás sentarse a meditar haciéndose la obligada pregunta: ¿Son las reivindicaciones sobre Itaipú unos auténticos reclamos nacionalistas, un elemento de propaganda electoral o apenas una cortina de humo?

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