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Banderas británicas sobre Curupayty

Luís Agüero Wagner
Redacción
martes, 23 de septiembre de 2008, 08:47 h (CET)
Un 22 de Septiembre de 1866, miles de argentinos fueron enviados al matadero por quien poco antes había recibido el consejo de no ahorrar sangre de gauchos. El objetivo del asalto era abrir el paso hasta Asunción a los buques que transportaban manufacturas británicas, en nombre de la libertad de comercio, leitmotiv de una guerra sucia y genocida confesado por sus mismos inspiradores y financistas.

Ya en 1850, Inglaterra había amenazado con enviar sus cañoneras después de la negativa del reino de Siam (Tailandia) a firmar un tratado de libre comercio con Londres, mien-tras a sangre y fuego la Royal Navy conquistaba la libertad para vender opio en China.

ASESINANDO A LA HISTORIA
Decía Juan Bautista Alberdi que entre el pasado y presente la filiación es tan estrecha, que juz-gar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente, y nada mejor para pervertir la política que falsificar el sentido de la historia.
La sentencia es hierro candente y quemante que expresa el estado de ánimo del pensador y ju-risconsulto tucumano ante las graves heridas y mutilaciones que infligían a la historia algunos de sus contemporáneos, entre los que no se puede omitir al indolente comandante que dio las órdenes de asaltar Curupayty durante la guerra del Paraguay, el Brigadier General Bartolomé Mitre.

A propósito de historias mal relatadas, este domingo se conmemorarán ciento cuarenta y dos años de una de las más recordadas batallas de la historia sudamericana, el asalto brasileño-mitrista a Curupayty, librado el 22 de Setiembre de 1866.

El episodio durante la desigual guerra que enfrentó al Paraguay con una coalición entre Argen-tina, Brasil y Uruguay que se gestó inspirada y auspiciada por el imperialismo inglés.

Precisamente uno de los más destacados agentes del imperio británico en la historia latinoame-ricana, el dictador argentino Bartolomé Mitre, al inaugurar una línea de ferrocarriles ingleses había llegado a exclamar eufórico que la fuerza que impulsaba el progreso de su país era el ca-pital inglés.

CORAZÓN COLONIZADO
Es que Mitre no era un caudillo, tampoco el primero entre sus pares en una oligarquía, sino más bien el ídolo de su logia liberal porteña.

Su prestigio se restringía a los hijos de apellido y los comerciantes prósperos del soberbio y lejano puerto sobre el río de la Plata, pero no alcanzaba a los matanceros de los corrales, a los quinteros de las orillas y mucho menos a los gauchos de la campaña.

De todas maneras, supo hacer creer que tenía dotes militares, logrando que el ejército lo prefie-ra al inexpresivo Valentín Alsina, al inconsecuente Vélez Sarsfield o al nunca bien ponderado Domingo Faustino Sarmiento. Ese argumento le abrió las puertas de la gobernación de Buenos Aires un 2 de mayo de 1860, preludio de una carrera política consagrada a hacer concesiones a los ingleses, el mismo sentido de su obra como historiador.

En marzo de 1863 Mitre, a quien el historiador inglés Ferns califica como “un patriota argenti-no cuyo corazón había sido colonizado por el temperamento victoriano”, obsequió 300 mil hec-táreas de las más espléndidas tierras argentinas a ferroviarios ingleses y delegó en el recién fun-dado Banco de Londres la responsabilidad de nominar a quien debía ser Ministro de Hacienda de su gabinete. Luego admitirá al representante inglés Edward Thornton como asesor de su go-bierno con derecho a participar en el consejo de ministros.

EL ALZAMIENTO DEL CORAJE
A las casi infinitas fuerzas del imperialismo inglés y sus aliados porteños como Mitre, el gau-chaje opondría la montonera, que aunque calificada como arma indígena y bárbara, bien mane-jada por los caudillos federales fue de una eficacia insuperable durante el período anterior a las armas modernas de precisión.

El jefe montonero de mayor prestigio, Angel Vicente Peñalosa (el Chacho), pasó a la historia por el coraje de soñar los imposible, sin riendas, a raja cincha. Encarnaba a un pueblo social-mente abandonado y espiritualmente desestimado por los profetas del colonialismo liberal. Sólo podían esperar, quienes como él exigían respeto a su dignidad humana con el rango de condi-ción para vivir, la “solución final” de la hora, que enunciara Sarmiento en su famosa carta a Mitre: “No trate de economizar sangre de gauchos. Este es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de humanos”.

El 12 de noviembre de 1863, los coroneles prendieron fuego al sueño asesinando a Peñalosa en Olta, acabando con 65 años de vida montonera defendiendo a La Rioja. El sacrificio quedó cla-vado en el corazón de los habitantes de la puna del Atacama, como una lanza seca en el blanco para siempre.

Esa inmolación fecundó con sangre la rebelión de otros caudillos que en plena guerra de Mitre contra el Paraguay, se levantaron contra Buenos Aires favoreciendo a Solano López, el líder de la revolución y la resistencia paraguaya. Los colorados de Mendoza, el general Saá de San Luís y el catamarqueño Felipe Varela se alzaron contra la triple infamia sufragada por el imperio británico decididos a batirse por la patria gandre.

EL QUIJOTE DE LOS ANDES CONTRA EL IMPERIO BRITÁNICO
El más emblemático de estos jefes, Felipe Varela, había nacido en Huaycama, un pueblito per-dido en las sierras de Catamarca, en un tiempo en que los gauchos habían empezado a esgrimir las armas para defenderse de la opresión portuaria agrupándose en torno al riojano Juan Facun-do Quiroga, y había sido un dolorido testigo de la miseria de su provincia marginada y humilla-da por el soberbio y lejano puerto de Buenos Aires, que con su política complaciente a las po-tencias de la época había desencadenado el derrumbe de las economías del interior reemplazan-do el coloniaje español sólo con una servidumbre de nuevo cuño.

Cuando Varela tenía tres años, Catamarca no había podido pagar el pasaje y viáticos a sus dele-gados a la constituyente que se reunió en Buenos Aires en 1928.

Al llegar Mitre al poder, este Quijote de los Andes frisaba en los cincuenta, edad a la que no repararía en consejos de amas y sobrinas, desoiría a curas y barberos y con el yelmo de mam-brino en la cabeza se lanzaría contra los molinos de viento. Pero a diferencia de su tatarabuelo manchego, este patriota nacional latinoamericano no estaría solo en su aventura.

Un historiador de pensamiento colonizado lo recordará en 1900 como un caudillo tan ignorante como funesto que había logrado fanatizar a las masas. Toda la chusma se le presentó en su ca-balgadura propia o en alguna robada a su respectivo dueño.
Cuando hace ya varios años recorrí el norte argentino y conocí los valles calchaquíes de Cata-marca, comprendí la rebeldía que alentaba a sus ancestros al comprobar que pueblitos enteros sobreviven en medio de enormes dificultades vendiendo pimentones. No menos contradictorio me pareció el hecho de que nunca había oído en Paraguay sobre la epopeya de los montoneros, leales aliados de López en medio de tantas traiciones.
La frustración de las tropas mitristas, que debieron abandonar el frente en Paraguay para sofo-car el alzamiento de la “chusma”, quedó reflejada en los comunicados y partes de los crueles coroneles que encarnaron la barbarie genocida del colonialismo liberal, y que aún se conservan en el Archivo de Tucumán.
Acusados de bandoleros y en medio de grandes privaciones, cercados al fin por implacables regimientos de línea, los montoneros acabaría exterminados en Pozo de Vargas, en abril de 1868. A partir de entonces, un manto de ignominia se extendería sobre el nombre de los monto-neros, a quien la historia a gusto del trono no perdonaría jamás haber ingresado a la Argentina apoyados por un batallón de chilenos y por el gobierno boliviano, y haberse levantado contra la anglofilia de Mitre con un ejército de gauchos argentinos que no se avergonzaban de defender al Paraguay.
La derrota abrió el paso a los buques mercantes que con la bandera de la pérfida Albión, al fin pudieron libre-navegar el Paraná y el Paraguay consolidando el orden mundial bajo tutela del generoso imperialismo inglés.

BATALLA DE IDEAS
Tan antagónicas son las visiones históricas de los bandos que hoy siguen disputándose la men-talidad de los latinoamericanos.

Mientras unos siguen considerando a Varela y los de su especie como viles bandoleros, invaso-res y abigeos, los otros ven en su gesta la desaparición del adalid postrero de la patria grande y la proyección de su figura a la altura de Bolívar, por encima de los hombres pequeños y las pa-trias pequeñas.
Es tan sorprendente como evidente que a ciento cuarenta y dos años , el combate entre los mon-toneros y el imperio parece tan vigente como cuando los ejércitos de la Triple Alianza se en-frentaban con los paraguayos en los fangales de Curupayty, aquel 22 de Setiembre de 1866.

Sólo que ahora la batalla se libra en las ideas, entre quienes promueven la falta de autonomía de pensamiento y quienes tienen clara la dicotomía entre patria o colonia.

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