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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Islas solitarias


Rafael Pérez Ortolá


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
lunes, 22 de septiembre de 2008, 09:35
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A pesar de las multitudes, aún más, provocada por ellas; la imagen de una isla solitaria adquiere un simbolismo añadido, muy próximo al sentido de muchos hombres y mujeres de hoy. De la misma forma que por esos mares asoman ISLOTES aislados; son demasiados individuos los que parecen tales, a pesar de estar rodeados por gentíos, más como una marabunta, no tanto como acompañantes. No faltan tampoco los vientos, oleajes y tempestades de todas las orientaciones y furias. También, como probablemente les ocurra a los islotes, ni ellos mismo se aperciban del aislamiento. Cada quien, en sí mismo, se piensa como el universo completo. En ellos, el cielo y la tierra, parecen tener comunicación directa y exclusiva.

Uno de los humanos geniales, el cineasta Ingmar Bergman, ejerció en su retiro final como uno de esos islotes. No por insociable y resentido, no. Todo lo contrario, mostrando las muchas abundancias posibles en algunas SOLEDADES. Nadie como él trató de profundizar en las actitudes y esencias del hombre. En sus películas se detecta una armonía centrada en los silencios y susurros; una amigo que se va o el nacimiento de un niño, no van a ser lo mismo entre el estrépito o en la tranquilidad fuera del bullicio. Trató los misterios y problemas. Fue famosa la partida de ajedrez de su protagonista con la muerte, negociando un aplazamiento. Los sentimientos, los diablos, lo sagrado y Dios, fueron expresados en sus diferentes repercusiones humanas. El jugaba al final con un gran caudal de recuerdos, ventaja indudable. Pero su reclusión voluntaria, también nos indicaba, no sólo las ventajas, si no la necesidad, de una pausa de asimilación y de disfrute en cada etapa vital. Además de eso, dijo una frase mientras paseaba, “A los diablos no les gusta el aire fresco”, cuya aplicación a los aconteceres modernos es muy congruente.

Los ejemplos habituales no ofrecen ese carácter de culminación gloriosa, como el referido para Bergman. Para mal, al contrario, los aislamientos se desencadenan por mecanismos defectuosos y lamentables. Uno puede quedarse en el islote por accidente, aunque hoy comentemos con preferencia los aislamientos buscados y ganados a pulso. Uno de los primeros grupos a considerar en estas tesituras, es el de los AUTOSUFICIENTES radicales. Ellos solos son los que aprenden, ellos solos razonan y ellos sentencian con sus respuestas. Por lógica, ante mayores suficiencias, disminuirá la relación con otras gentes. Su satisfacción personal siempre está al borde de la frustración y la depresión, por que tanta perfección … además de imposible, asusta. Con el añadido de su peligrosidad; metidos en sus faenas, en sus cargos, con sus miserias, ¿Quién los controlará?

Aquellos que se van separando de los demás por su FANATISMO, tienen algunos rasgos diferenciales. En estos ya no se trata de pretendidos conocimientos, ni porras. Se les coloca entre la frente y el culo una fijación, tan fuerte como pobretona. Con unas luces mejores, la fijación no sería tan intensa. Por algún extraño mecanismo, proliferan, son muy abundantes; muchos islotes radican en ese carácter fanático. Unos y otros, autosuficientes y fanáticos, con muchos otros de adhesión voluntaria; se disfrazan y peregrinan en pos de un ideal pequeñito. Aún, si estos fueran buenos ... Mas, suele tratarse de ideales elegidos con poco esmero y un tanto acomodaticios; se escoge un ideal como sea para sentirse importante, sin el costo de una elaboración personal. Son los desesperados IDEALISTAS de pacotilla, muy alejados de otras aspiraciones de mayor calado.

Puestos en estos derroteros solitarios, los altos vuelos desmesurados quedan fuera de lugar, debido al riesgo de unos batacazos espeluznantes. Uno hubiera deseado la recuperación de unos andares sencillos. Algo así como los desplazamientos pedestres, sin agobios, placentero, a través de la isla solitaria. Qué menos, se impone la tentación de un paseo con todas las delicias del mismo. Sería la manera de recuperar un cierto SOSIEGO. Este ritmo pausado permitiría el contacto con las pequeñeces de cada lugar y de cada persona. Se trata, por lo tanto, de una disposición interna, de un funcionamiento humano, cercano y real. Está claro, no obstante, que dominan otros andurriales más intempestivos.

Actualmente estamos habituados a las multitudes, eso no equivale a un dominio de las circunstancias. Predomina la abdicación en lo que respecta a gran parte de las características personales, en ese sentido sí que nos acostumbramos a vernos arrastrados por el gentío. Casi por definición, ni a nivel de grupo comunitario, ni a nivel de individuo solitario, se nos ofrecen soluciones concretas. Estamos constituidos así. Por lo tanto, una vez ubicados en este mundo, se nos presenta la posibilidad de una respuesta, sólo eso. Bien sea entre la “mancha humana” que describió Roht, o en la isla solitaria, nos enfrentaremos a esa decisión. En ambos campos tropezamos con semillas de malignidad, como también hallamos brotes de benevolencia y entrega sincera. Son aspectos complementarios, el individuo aislado y el conjunto de ellos. Con el ejemplo de Bergman y lo referido en párrafos anteriores, queda manifiesta la AMBIVALENCIA de la soledad y el carácter pernicioso de las actitudes exageradas de aquellos autosuficientes, fanáticos y ciegos seguidores de unas directrices simplistas. Como es un equilibrio inestable, el reposo plácido sólo podrá ser momentáneo. Convocados a una elección detrás de otra, se requiere un mínimo de valoración a cada paso.

Si uno opta por la soledad y por mera COMODIDAD, mientras le sea posible permanecerá ajeno al ruido general; aunque la consecuencia de su falta de participación, le anulará progresivamente. Ese desinterés no evita el sufrimiento de los desperfectos globales. Aunque aduzca ignorancia, niegue su responsabilidad o alegue haber quedado al margen. Esto es así por que la isla solitaria completa, es imposible. Ya existen pocas soledades de calidad, pero perfectas, ninguna; duraderas, tampoco. Sin más, la realidad es complementaria. La terquedad, polarizada en esos aislamientos comentados, oscila entre la ignorancia y la estupidez. Cuando vengan malas, preguntarán, “¿Por quién doblan las campanas?” y con Hemingway habrá que responderles, “¡Doblan por ti! Como reflejo de esa conexión insoslayable, esos enlaces invisibles, pero reales siempre.

Ahora, todas las EXCUSAS se buscan en el exterior, y tampoco es eso. Las malas actuaciones se achacabn a problemas psiquiátricos, insuficiencias legales, a los entuertos policiales; hasta el pavimento puede tener la culpa. Nadie toma el mado y la responsabilidad en su isla solitaria, resultaría incómodo. En el mismo lote, solitarios e irresponsables.

Islas solitarias, para poder pasear tranquilo en alguna ocasión, siempre serán necesarias. El silencio y la tranquilidad son básicos, pero no los únicos ingredientes de una convivencia y felicidad tan deseadas.

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