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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La desvergüenza del presidente de la CEOE

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 22 de septiembre de 2008, 07:35 h (CET)
Los que tienen la humorada de leer alguno de mis artículos se habrán dado cuenta de mi escasa confianza en esta especie humana, difícil de catalogar y, todavía, más difícil de entender, constituida por lo que se ha dado en denominar “los empresarios”, bajo cuya calificación se engloban todos aquellos que se ganan el sustento (y algo más) por medio de actividades industriales o comerciales, ya sea como autónomos o constituyendo sociedades. La definición es amplia pero yo quisiera hacer una distinción, que estimo es sustancial, cuando llega el momento de emitir una opinión sobre su comportamiento. Es decir, pretendo apartar a los autónomos, aquellos que, con su trabajo y el de unos pocos colaboradores, sacan adelante o lo intentan un pequeño negocio industria con el que se ganan honestamente la vida. Así pues, me voy a quedar con lo que se puede considerar la élite del empresariado, aquel que ha conseguido elevarse por encima del resto de la humanidad y está instalado en la cúpula de los que presumen de ser “el alma” de la empresa y cuentan como entraron en ella como el “último mono” para llegar a la cúspide a base de tesón y esfuerzo. Lo malo de todo esto es que los hay que ya no se acuerdan de cuando fue aquello y llevan años y años dedicándose en exclusiva a ir de banquete en banquete, en lo que ellos eufemísticamente califican como “comidas de negocios”, en las que entre solomillos, langostas y lenguados, debidamente regados con vinos de calidad extra, van pergeñando sus “travesuras” para acabar de redondear sus fortunas particulares sin que, para ello, tengan demasiados escrúpulos respecto a los medios de que es preciso valerse.

Verán, tengo bastante experiencia en esto de las patronales, entre otras razones porque en mis tiempos de currante tuve oportunidad de ayudar a constituir una de ellas. Eran otros tiempos, los de la transición durante la cual, en materia laboral, se produjo una situación de vacío legal que fue aprovechada por los sindicatos ­– estos que ahora no se mueven para nada mientras el desempleo aumenta a pasos agigantados, sólo porque hay un gobierno socialista en el poder y maman de la ubre pública – para crear situaciones conflictivas formulando peticiones salariales aberrantes impregnadas de políticas filo comunistas. Con ello quiero decir que, sólo ante situaciones muy especiales, de grandes dificultades, los empresarios se prestan a unirse para presentar un frente común. Cuando todo funciona y pueden arreglárselas solos, son los entes más individualistas que se puedan imaginar. Es, en efecto, muy difícil de conseguir atar a los miembros de una patronal para que adopten una línea común. El individualismo es algo inherente al concepto que tiene el empresario de su negocio. El señor Cuevas, con sus defectos, tuvo el gran mérito de mantener a la jauría dentro de unos límites que permitieron a la CEOE mantenerse unida y perdurar hasta que decidió abandonarla, siendo sustituido por el señor Díaz Ferrán.

Ahora, sin duda, nos encontramos en un momento difícil, una recesión importante, quizá la de mayor entidad desde hace muchos años. Estas son las situaciones en las que se demuestra la calidad de los dirigentes, se pone de manifiesto su prudencia, las reservas con las que cuenta cada industria y la previsión de la que han hecho gala los directivos ante los evidentes avisos que ya, desde hace años, están alertando del excesivo calentamiento de la economía global, a la que la ha conducido la especulación insaciable de muchos empresarios que no se han conformado con unas ganancias razonables y han estirado la cuerda de los créditos por encima de sus posibilidades. Claro que, sin la colaboración de la Banca, no se hubieran podido producir este desfase entre el valor de determinadas sociedades y los créditos que, alegremente, les han sido otorgados por las entidades crediticias. Así resulta que, hoy, muchas empresas se han encontrado con dificultades para renovar sus créditos ante las restricciones que los bancos vienen imponiendo y, como es natural, ante una situación de crisis, con un dinero carísimo y abrumados por el pago de los interese; se puede afirmar que hay muchas empresas que están bordeando el concurso de acreedores, si no, la misma quiebra.

Pero señores a esto se la llama “economía de mercado” o “capitalismo” si lo prefieren. Los que saben conducir sus negocios salen a flote y los que no, se hunden. Pero vean ustedes como el flamante presidente de la CEOE, señor Díaz Ferrán, muy espabilado el chico, se sale con una fórmula magistral y le dice al Estado: “Hagamos un paréntesis en la economía de mercado”. ¿Qué pretende este señor con ello? Pues, sencillamente, que el Estado, todos los españoles con nuestros impuestos, ayudemos a las empresas que no se han sabido administrar debidamente, por medio de créditos que repartirá el ICO. Vamos a ver si nos entendemos, porque uno ya no es capaz de asimilar determinadas cosas, ¿Es que las empresas que ahora están en apuros, cuando ganaban dinero, lo repartían entre todos los españoles?, ¿acaso aquellos que especularon con el suelo, que prevaricaron en sus cargos públicos, que se endeudaron por avaricia, nos hicieron partícipes de sus desorbitadas ganancias, nos invitaron a veranear en sus lujosas mansiones? Lo cierto es que no. Pero resulta que el señor Díaz Ferrán tiene problemas con unas líneas aéreas en la Argentina y parece que no sabe como salirse del apuro. Seguramente ha pensado que renegando del capitalismo y pasándose a la política del “papá Estado” el de las subvenciones, podrá conseguir que el gobierno del PSOE le eche una mano. Al fin y al cabo, nadie se opondrá a que pida para las empresas en apuros una ayuda, cuando el mismo Bush ha decidido nacionalizar la deuda de las sub prime.

Esto son los empresarios. No son ni de derechas ni de izquierdas, sólo son partidarios de su propia conveniencia. Nunca dicen lo que piensan, y a veces ni piensan lo que dicen; viven en un mundo amorfo sin ideales ni valores. Señores, yo que soy un simple ciudadanos de a pie, que no tengo fortuna alguna, me permito tener valores y principios, soy capaz de renunciar a bienes materiales para defender posturas éticas y no me duelen prendas de afirmarme como de derechas; cuando observo la actitud de estos que son capaces de pedir un paréntesis en aquel sistema del que se han valido para hacerse ricos, cuando las cosas van mal dadas y, cuando les hayan dado los créditos y salgan a flote de nuevo, pedirán de nuevo que se cierre el paréntesis para regresar, sin ningún escrúpulo, al capitalismo más rancio y egoísta; no puedo contener el rechazo que me producen y la vergüenza ajena que siento ante una desfachatez tan evidente. Luego se quejarán de que sus trabajadores se lo recuerden cuando ellos les pidan otro paréntesis en la “economía de mercado” cuando negocien sus salarios.

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