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Tags: Opinión deportiva · Desde un córner · Antonio Pérez Gómez
La pérfida albión


Antonio Pérez Gómez


Antonio Pérez Gómez Antonio Pérez Gómez
domingo, 21 de septiembre de 2008, 00:35
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Con esta cursi y arcaica expresión, que seguramente habrán leído muchas veces en lo tocante al Reino Unido, se han referido los clásicos hispanos al hablar de la Isla británica y a sus habitantes.

No lo neguemos, los hispanos no nos hemos sentido cómodos en nuestra relación con los ingleses. Jamás en la historia. Casi desde que somos España, y desde luego mucho antes de que ellos fueran Reino Unido. Pero es que nuestros amigos anglosajones tampoco consintieron ni transigieron jamás con otros imperios en Europa, principalmente si eran de origen latino, como Francia y España. La cosa llegó tan a mayores que hasta inventaron una nueva religión, ad hoc para su desagradable rey Enrique VIII, por no sentirse ellos a gusto bajo el yugo romano de un Papa latino. (Esto no lo digo yo, sino que el mismísimo W. Churchill lo admite en su famoso “History of The English Speaking peoples”). Ese fue el comienzo para que cambiara el equilibrio de fuerzas y el mundo dejara de gobernarse desde el sur de Europa para hacerlo desde una isla del norte.

Ciertamente, desde entonces los ingleses han sido una fuerza económica y social sin parangón en la historia de Europa. Han destacado en tantos aspectos y han sido el faro del continente en tantas áreas que tan solo enumerarlos convertiría esta columna deportiva en un ensayo sobre Historia.

El caso es que, muchos siglos después de aquellos hechos, desde Italia y España se mira con grandísima preocupación el desplazamiento del centro de poder en el planeta futbolístico, del sur al norte, debido al auge extraordinario que está tomando la Premier League inglesa. En un contexto global, donde las grandes firmas pueden poner en órbita a un equipo de futbol por medio de grandes inyecciones económicas, el mercado futbolístico inglés es de un enorme atractivo para los grandes inversores modernos. Aún más atractivo que el que tenían antaño las ligas italiana y española hasta hace pocos años.
¿Cómo se ha llegado a esta situación? Pues, tras décadas volcando sus esfuerzos deportivos en deportes minoritarios y de ámbito autóctono (cricket, rugby, polo…) los grupos de inversión ingleses han empezado a observar que el balompié, aquel deportecillo que inventaron hace más de un siglo y cuya hegemonía les fue arrebatada en seguida por el resto de Europa, ha crecido exponencialmente y ya es verdaderamente un deporte universal por el que se interesa, e incluso practica, desde un indio Guaraní o un Lama Tibetano hasta un Lapón finlandés. Si a ello le unimos el hecho incontrovertible de que para muchos países del orbe, el ombligo del mundo sigue siendo su antigua metrópoli (me refiero a los países del entorno Commonwealth principalmente, aunque no exclusivamente) y que el deporte inglés es para ellos una referencia diaria de primera magnitud, podemos entender los ingresos multimillonarios que tiene la Premier League en todo el mundo.

Y todo este magnífico negocio significa pasta. Mucha pasta. Pasta gansa.
Pero, además de todo esto, está el juego en sí. Yo, como amante del fútbol, estoy enamorado totalmente del fútbol inglés. Ver un partido en un estadio británico es una experiencia única e increíble. El que haya tenido la oportunidad de ver partidos allí (yo vi el primero en el mítico estadio Highbury del Arsenal, y nunca lo olvidaré) saldrá con los pelos como escarpias. Cierto es que el talento y el futbol pausado de los latinos tiene más densidad, pero la profundidad de juego de los equipos ingleses, sobre todo si juegan en casa, es impresionante. Además de ver un fútbol cuya máxima es tan simple como llamativa: “lucha, corre y chuta”, la comunión con la grada es brutal. Se anima cualquier jugada del partido como si fuera un choque de rugby. En medio del paroxismo del ataque total y la búsqueda constante del espacio y el hueco, cualquier córner es celebrado como si se tratase de un gol en una final. El fútbol es allí mucho más emocional, mucho menos cerebral y más puro.

Desde los sectores de la Isla más conservadores acusan a la premier de haber perjudicado mucho la selección inglesa, llenando sus puestos clave con los mejores futbolistas del mundo. Es cierto. Pero una liga tan competitiva está cambiando también el perfil del típico jugador inglés. El paradigma ya no es el voluntarioso Michael Robinson, sino el genial Steve Gerrard (dicho con todo el cariño para el afable y sabio comentarista de Canal Plus). Además, estas incorporaciones foráneas han dado unos resultados incontestables para su campeonato doméstico. Y, si no, recuerden la final de La Champions el año pasado. La liga inglesa es ahora un torneo que, a su tradicional empuje y generosidad física sin límite, ha unido los talentos de los mejores jugadores de la tierra. La fuga de estrellas de la Liga a al Premier es harto elocuente: Fábregas, Giovani, Deco, Robinho, Riga, Vela o la penútltima perla de nuestro fútbol: el jovencísimo D. Pacheco, de 17 años. Y eso por no nombrar a ninguno de los españoles del Liverpool de Benítez.

¿Cómo podemos recuperar la hegemonía de la liga española? Dado el desequilibrio presupuestario entre sus equipos y los nuestros, la respuesta a esa pregunta es tan obvia como contundente: hay que ganarles en los cruces que habrá en la Champions. Si ya nos han machacado de inicio en la adquisición de estrellas y en el aspecto mercantil, debemos recuperar el prestigio de nuestra liga del mismo modo que ganamos el orgullo para nuestra selección este verano. Ganarles sobre el césped. Vencerles a base de talento y juego. Si nuestros representantes, o al menos varios de ellos, logran doblegarles y recuperar la hegemonía y el respeto que se tenía antes por nuestros equipos en Europa, habremos hecho más de lo que hizo la Armada de Felipe II.

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