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Opinión

Etiquetas:   Buñuelos de viento   -   Sección:   Opinión

A Javier Bardem

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
jueves, 11 de septiembre de 2008, 09:36 h (CET)
Mira, chico, voy a empezar por ser contundentemente honesto y claro: Contigo no puedo ser imparcial ni neutral ni equilibrado en mis críticas: Nunca me has gustado, qué le voy a hacer.

Estoy seguro de que eres un gran actor, digno de alcanzar el éxito que en estos momentos estás disfrutando, pero nunca me has gustado lo más mínimo. No pongo en duda tu trabajo profesional, algo tendrá el agua cuando la bendicen y a ti te han bendecido mucho y muy importantes gentes en los últimos tiempos, enhorabuena. Pero hace muchos años que dejé de ver cine español y en parte la culpa es tuya también, tu cara y tu aspecto en general me parecen enfermizos, me preocupan, me dan grima, no me permiten relajarme y creerme tus papeles.

No comprendo que con esa mirada, esos pómulos y esos labios se pueda ser un buen actor y tener el éxito que claramente tienes. ¿Has probado a hacer alguna de miedo? Y te juro que en esta apreciación mía no hay ni un pelo de influencia ideológica, nada, cero zapatero, lo juro, aunque no pudo decir lo mismo de lo que viene a continuación.

Porque no resisto una entrevista tuya en televisión o prensa escrita. Es tal tu orgullo, tu prepotencia y tu fanatismo que se me hace cuesta arriba observarte o leerte más allá de los treinta segundos iniciales. Salgo espantado, disparado, como impulsado por enérgico resorte al contemplar el alarde de superioridad ética, ideológica y profesional con que te diriges al pobrecito público que te sigue. Vas de padre prior de España (perdón, quise decir “del Estado español”) y las almas sensibles no tragamos a los perdonavidas. Esto que se trasluce en cada entrevista y en cada declaración acabas de dejarlo bien patente el otro día en Nueva York. Oig, perdona, en New York, quise decir.

Los demás no nos apellidamos Bardem ni pertenecemos a la élite cultural española, pero también sabemos dónde tenemos la mano derecha, la izquierda y qué cosa tenemos justo en el centro según miramos desde arriba (el ombligo, hombre, que siempre estás pensando en lo mismo), lo que pasa es que tenemos la desgracia de pensar de forma diferente a ti. Diferente, eh, que pensamos con tanta intensidad, seriedad y claridad de ideas como tú. Lo que pasa es que llegamos a conclusiones distintas a las tuyas, suele pasar cuando dos o más se ponen a pensar. Se llama Libertad y para sobrellevarla con dignidad se han inventado la tolerancia, el respeto y las normas democráticas.

Y contra esas tres cosas tú y algunos santos laicos del sanedrín cultureta zapateril como tú habéis inventado la prepotencia, la displicencia y la intolerancia, perdón por la ripiosidad. Y el desprecio a los que no piensan como tú. O sea, justo lo contrario a toda norma civilizada de convivencia, ésas que acabo de citar algo más arriba.

Y todo esto que exudas en todas y cada una de tus apariciones en público y que a algunos nos hacía torcer la nariz y cambiar de cadena lo has dejado claro cual agua recién salida del manadero en tus declaraciones al New York Times: "Los españoles son duros. Critican mi trabajo y piensan que soy un vendido. Y ante eso lo que tienes que decir es: Parad, sois una pandilla de estúpidos”. O sea, que de perdonavidas de las españas te auto conviertes en víctima de una confabulación de españoles cabreados… ¿por tus películas?

Sí, ya sé que después has reculado, te has dado cuenta de que no conviene matar a la gallina de los huevos de oro y has acusado del delito a un malentendido por “problemas de comunicación lingüística y dificultades idiomáticas”.

Lo que me da una idea para tu próximo papel en tu próxima peli: El que mata al pregonero.

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