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Invervencionismo

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 11 de septiembre de 2008, 09:36 h (CET)
Entre tantos artículos y análisis que podemos leer sobre la crisis me llamó la atención uno que desde su mismo título echaba la culpa de lo que está ocurriendo al capitalismo. Seguramente se trata de un nostálgico del socialismo marxista que tuvo durante mucho tiempo la esperanza de que el comunismo acabara imponiendo a todo el mundo el ilusorio paraíso de una sociedad sin clases que se hundió con el muro de Berlín en 1989.

Los devotos de Marx todavía no han digerido el fracaso y se dedican a vituperar al mundo occidental con el insulto de neo-liberal, con la acusación de haber elevado el mercado a dogma infalible, con el reproche de que la riqueza de los países occidentales se sostiene sobre la pobreza de los demás y no de que sea el resultado de una mejor organización en libertad.

Creo que los términos antagónicos en este momento no son capitalismo o socialismo, sino libertad frente a intervencionismo. El mercado puede ser un buen instrumento de asignación eficaz de recursos, pero no va resolver mágicamente los problemas ni va a conseguir equilibrar el egoísmo de unos con el egoísmo de otros.

El egoísmo no es ningún bien. El egoísmo es un apetito perverso que corroe la convivencia. Es necesario ponerle límites morales, pero si esperamos que sea el gobierno de turno quien los decida, el resultado puede ser peor ya que los políticos están aquejados del egoísmo del poder y el egoísmo de unos y otros no tiende a ningún equilibrio sino a la corrupción. La tendencia del poder a corromperse exige que los ciudadanos mantengamos una firme desconfianza y evitemos que nadie, persona o partido, dure demasiado en el gobierno.

Ante la crisis, todo el mundo pide que el gobierno intervenga, sin advertir que la crisis es la consecuencia de su permanente intervencionismo y que las medidas que adopte las hará en su propio beneficio, pensando en la forma de conservar el poder y con el dinero de los contribuyentes.

Los problemas de la construcción vienen derivados, sin duda, de una política intervencionista sobre el suelo que satisfacía el egoísmo de los políticos, los financieros y los constructores, hasta que todo se vino al suelo ya que la avaricia rompe el saco.

Se habla mucho de liberalismo o de neo-liberalismo, pero desde Bruselas, sede de la Comunidad Europea, hasta el ayuntamiento de nuestro pueblo, todo es una maraña de normas intervencionistas, de rampante burocracia, que dejan en casi nada la libertad de los ciudadanos. No es cierto que podamos hacer todo lo que no esté prohibido sino que sólo podemos hacer lo que esté administrativamente autorizado por quien tenga el poder de autorizarte.

A título de ejemplo podemos hablar de los precios de muchas cosas tienen que ser autorizados por el gobierno quizás de acuerdo con los mismos que producen la electricidad, la gasolina, el agua, la recogida de basuras, el transporte público, etc. etc. ¿Esto es liberalismo?

Podemos hablar de la educación pública o concertada que se ofrece gratuita a todos los españoles, aunque naturalmente esta gratuidad es posible con nuestros impuestos. Pero el intervencionismo del gobierno hace ilusoria la libertad de elección de centro escolar. En lugar de una acción subsidiaria por parte del Estado para resolver los problemas de escolarización que no pueda solucionar directamente la sociedad, interviene toda la educación, su orientación, sus contenidos y en definitiva puede adoctrinar desde la guardería infantil a sus futuros votantes.

Podemos hablar de la agricultura en la que se siembran o arrancan olivos y girasoles o se sacrifican vacas para cobrar subvenciones, siguiendo las instrucciones de la PAC que sirve a intereses escasamente transparentes para la mayoría de los ciudadanos.

Podemos hablar de la eliminación relativista de normas y valores morales para que la gente crea vivir en libertad. Podemos hablar ¡de tantas cosas!

De la unión del egoísmo de los poderosos y del egoísmo de los políticos solo pueden venirnos males. Hay que desconfiar siempre del poder, limitar su intervencionismo y exigir responsabilidades personales a los gobernantes cuya actuación resulte perjudicial para los ciudadanos.

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