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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿No hay oportunidades para los fetos, señora Aído?

Miguel Massanet
Miguel Massanet
martes, 9 de septiembre de 2008, 04:38 h (CET)
Que, en este país, si hay algo que sobren son funcionarios, no creo que haya la menor duda. El señor Zapatero, cuando se hizo cargo del poder, lo primero que hizo fue aumentar en 70 el número de altos cargos de la Administración y como, por lo visto, le parecieron pocos y eran tantos los miembros de su partido a los que debía favores, se decidió a aumentar en 25.000 nuevos funcionarios la plantilla de los Ministerios. Por si todavía no bastara el despilfarro de los caudales públicos, creó un nuevo ministerio fantasma al que denominó ministerio para la Igualdad, una decisión muy curiosa dada su tendencia a dividir a los españoles en ciudadanos de primera, segunda y tercera, según la provincia, región o, lo que ahora se llaman autonomías, en los que la suerte les haya destinado vivir. Como todo ministerio debe tener su ministro y, por aquello del famoso cupo femenino, se decidió por poner al frente del mismo a una socialista de pies a cabeza que se sacó ¡cómo no!, de esta cantera inagotable del socialismo que es Andalucía y, seguramente, pensando que no precisaba que la elegida fuera muy espabilada ni demasiado ilustrada, se decidió por una “niña mona” experta en eso del bailoteo y, como toda buena feminista, defensora a ultranza del derecho de la mujer para poder abortar en cuanto se le pase por las narices.

El resultado ha sido que, como en lo de la igualdad su cometido ha quedado limitado a contemplar inerme como en Catalunya los ciudadanos tienen determinados privilegios de los que carecen en otras autonomías y, a cambio, se les impide usar el castellano y educarse en él; ha decidido dar rienda suelta a su hobby preferido que es constituirse en adalid del abortismo. Hay que decir que, de paso, le echa una mano a su jefe, el señor ZP, que las está pasando moradas intentando que la economía se adapte a lo que él prometió que sería sin que, hasta el momento, haya tenido mucho éxito en el empeño. Pero dejemos a ZP y centrémonos en nuestra Bibiana Aído. Es evidente que su madre no compartía sus ideas sobre el destino de los bebés, porque si hubiera sido de otra forma nos hubiéramos librado de una de estas lacras que la sociedad tiene el penoso deber de soportar de tanto en tanto. Sin embargo, ¡hela aquí!, presumiendo de palmito y, de paso, afilando sus garras de arpía dispuesta a contribuir a que, los más de cien mil abortos registrados anualmente en España, batan nuevos records que añadir al libro Guines de los records.

Para esta ministra no bastan los tres supuestos de despenalización del aborto de los que, infaustamente, disfrutan ahora las futuras madres para deshacerse de las molestias de un parto; para ella es preciso que se levante la veda de este nuevo sistema de genocidio “legalizado” y se les de a las mujeres el poder divino de poder decidir, sin más obstáculos que superar, sobre si el ser que llevan dentro tiene derecho a vivir o debe morir. Algo así como lo que ocurría en el Gran Circo Romano, el grandioso Coliseo, cuando uno de los luchadores que formaba parte de aquel sangriento espectáculo, un gladiador, caía al suelo derribado por su contrincante y, entonces, su vida quedaba a merced de lo que decidiera, en última instancia, el emperador que presidía los macabros espectáculos. Puede ser que, en esta ocasión, también les convenga a los del PSOE reavivar la polémica para que el “público”, en este caso ciudadanía española, tenga algo distinto en lo que distraerse mientras las miserias de la recesión los van dejando sin trabajo, sin medios de subsistencia y sin esperanzas de alcanzar un futuro mejor.

Lo curioso es que, para darle una apariencia de seriedad; para intentar imprimirlee un barniz de legalidad y una capa de honestidad a la cuestión, la ministra, supongo que asesorada por alguien de mayor entendimiento (pudiera ser la encanijada de la Vice de la Vogue), ha decidido rodearse de un comité de “sabios” para que le ayuden a tomar tan delicada decisión. Lo que ocurre es que ¡vean ustedes la contradicción!, en dicho elenco de asesores no hay ninguno que no se haya declarado abiertamente partidario del aborto; lo que nos hace deducir que la parte pasiva, los que deberán soportar en si mismos los efectos de la norma, los seres inocentes que aspiran a poder vivir como lo han hecho sus progenitores, no tendrán la menor probabilidad de obtener un veredicto que los salve de su triste destino. Si no he leído mal en un artículo aparecido en la prensa digital, este cuerpo de asesores está compuesto por ocho personajes distribuidos, supongo que siguiendo la “ley de la paridad” en cuatro varones y cuatro hembras, catedráticos de derecho penal, abogados, y médicos. Ningún sociólogo, ningún representante de la iglesia y, por supuesto ningún abogado, médico o catedrático opuesto al aborto. ¡Viva la justicia y viva la madre que los parió!

Por supuesto, ninguna propuesta de restablecer los vetos morales; ningún freno al sexo irresponsable y ninguna responsabilidad para aquellos que se entreguen al desenfreno del sexo, sin tener en cuenta las consecuencias de sus actos y el mal que le pueden causar a un ser inocente que ninguna culpa tiene de ser concebido en el vientre de una criminal en potencia. Y es que, lo curioso de toda esta raza especial que constituye esta de los progresistas, entre los cuales, como no, están todas estas feministas que abjuran de su calidad de futuras madres para dedicarse, impulsivamente, a fornicar sin límite alguno, desentendiéndose de las obligaciones que tienen para con las futuras generaciones de seres, que también aspiran al mismo derecho que sus padres de gozar de la vida. Lo que ocurre es que llega a tanto su soberbia, es tan grande su obcecación por la libertad, llega a tanto su cerrilidad e hipocresía, que se constituyen en defensores de los derechos humanos de terroristas, criminales, médicos abortistas, médicos que practican la eutanasia sin estar facultados por la ley para ello y demás escorias de la sociedad y, en cambio, no tienen en mayor empacho en constituirse en los verdugos más insensibles e implacables, cuando se trata de sacrificar una vida nueva, sólo porque a la madre o al padre no les apetezca hacerse cargo de ella. Me temo que, y tomen buena nota de ello los católicos que votaron a estos que nos gobiernan, no habrá suficiente justicia en esta Tierra ni en el Cielo para castigar semejantes abominaciones, que sólo se pueden entender en este mundo materialista, egoísta y relativista, donde se desprecian los valores humanos y se priman los desvaríos y locuras de aquellos que no pueden aceptar que la vida tenga otros valores que la elevan por sobre la brutalidad del resto de las bestias.

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