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El deporte: La última seña patria

Antonio Pérez Gómez
Antonio Pérez Gómez
sábado, 6 de septiembre de 2008, 06:51 h (CET)
Este fin de semana no hay liga porque juega La Roja. Ya expuse toda la liturgia de la casuística liguera en mi columna de la semana pasada, así que no abundaré en ello. Pero sí deseo señalar la forma tan radicalmente opuesta con que se ve hoy el parón liguero por mor de los partidos de clasificación de la selección, si lo comparamos a aquello que se leía y escuchaba hace cosa de un año cuando se tuvo que parar la liga por idénticas razones. Las lanzas se han tornado cañas.

Verán. Me decía ayer mi sobrino muy apesadumbrado que si Alonso no hacía nada en Spa este fin de semana, dejaba de ver la F1 en la tele durante el resto de la temporada. Yo, tras largarle una broma sobre balnearios, le espeté: “Jero, ¿Hace 5 años te hubiera importado lo más mínimo los resultados de un deporte que no conocíamos, en un circuito ignoto para los españoles?”. Y él, que es un profesional de la venta de productos bancarios como la copa de un pino, se vino a quedar sin respuesta.

Ciertamente, este ejemplo y otros que expondré, ilustran la teoría que no nos gusta ver el deporte: Nos gusta que gane un español. En las pasadas olimpiadas de Pekín pudimos ver muchas pruebas de ello. A ver. ¿Cuántos de ustedes han visto un partido de hockey sobre hierba de un equipo que no sea la selección española? Pues hubo audiencias enormes a partir de cuartos. Hablando de apoyo masivo. ¿Que podrían ustedes decirme sobre el sistema de puntuación de la natación sincronizada? Aún diré más: ¿A alguno de ustedes les importaba un bledo el triatlón antes de que pensáramos que Gómez Moya y Raña tenían altísimas posibilidades de rascar metal en Pekín? Lo digo porque ni les cuento la de españolitos que pusimos el despertador para chuparnos esta “amena” prueba este pasado agosto.

Se puede argumentar que las Olimpiadas son diferentes y todo eso, pero ¿Recuerdan las audiencias del Tour los años que Indurain iba a pasearse por allí? Desde luego están muy por encima de las actuales, que son ínfimas…hasta que en la última semana un español, y por sorpresa, pelea contrarreloj por hacerse por el jersey amarillo. Afortunadamente, en los últimos años hemos tenido 3 ejemplos de ello. ¿Y qué me dicen ahora de la explosión de Wimbledon? Un torneo que hasta ahora era casi invisible para los españoles, pues en los últimos 40 años los hermanos Vicario, Sergi Bruguera, Ferrero o Moyá han estado naufragando en la pérfida hierba de Albión. (Sorry for the oversight, Conchita).

Este incuestionable “españolismo” deportivo es particularmente llamativo en un país que, al enterrar y abjurar de su ennegrecido pasado reciente, no ha sabido distinguir entre patriotismo y patrioterismo; entre nacionalismo y fascismo; entre bandera española y la “sagrada seña del movimiento”. Una vez que aprendimos que España no era una (sino muchas), ni grande (sino de tamaño medio-bajo) ni, desde luego, libre; una vez que el águila, el Pardo y el Escorial cayeron junto con el orgullo de pertenecer a una nación común, este sentimiento despareció de la vista pública. Por si fuera poco, los regionalismos periféricos recogieron esa innata necesidad del individuo de integrarse en una comunidad y les sirvió para transformar esas aspiraciones en nacionalismos en toda regla.

Por ese motivo, me llama tanto la atención que en una manifestación humana de índole menor, como es el deporte (recordemos que no es más que un juego, a la postre), se halla transferido el sentimiento nacional de un país unido bajo un símbolo. Y si no, ¿Cuántos de ustedes pueden recordar la exhibición de la bandera de España con la profusión y la falta de complejos de la que se hizo gala en las calles y plazas en cada rincón de este país durante este verano tras ganar la Eurocopa? No se hizo con esta liberalidad ni cuando se aprobó la constitución, ni cuando nos integramos en Europa ni en momentos de la historia mucho más solemnes. Así que, ¡viva el deporte!

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