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La morita “preñá”

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 6 de septiembre de 2008, 06:48 h (CET)
La vida sigue dándonos sorpresas agradables, cuando no rayanas en algo tan ameno como es el “chisme”. ¿Quién puede afirmar que es tan serio, tan serio y aburrido, como para no tener algo de “chismoso”, de curioso o entrometido? El S. XXI, de modo estrepitoso, está ofreciendo la irrupción de las mujeres en la vida pública. Sin necesidad de “cuotas” ni otras jerigonzas, sino “por sí mismas” lo cual, para los que aman el Eterno Femenino, es motivo de íntima satisfacción. Este concepto romántico acuñado por Goethe, algo trasnochado pero no caduco, por el motivo de que lo femenino es un valor eterno sin que tenga necesidad de ser defendido por algunos, y algunas, “cantamañanas”.

Irrumpiendo en la somnolienta vuelta de vacaciones y en pleno “síndrome postvacacional” -al que habrá que dedicarse otra de estas columnas-, aparece la Ministra de Justicia francesa, soltera, y con su ostensible embarazo. O sea, sin perderle respeto, y a la vista de sus fotografías de “antes y después” y de sus escasas notas biográficas, es, lo que se puede decir, una morita “preñada”. La ministra tiene todas las características raciales de su sangre magrebí (argelina-marroquí). De grácil figura, morena de pelo negro azabache, cara agraciada y unos bellos ojos como corresponde. Con atavío moderno, presume de “ser francesa de origen francés, de familia humilde”. Sus padres, inmigrantes, la educaron en el más puro estilo francés empezando por llevarla desde niña a un colegio de monjas católicas.

La “morita”, con toda la simpatía y el respeto que se merece, supo moverse por los entresijos de la cultura y de la política francesa. Así, llegó a ser reconocida en su valía por Sarkossy, quien le concedió el honor de ser la primera ministra francesa de ese origen. Más no es por sus aciertos o desaciertos en el ministerio de Justicia por lo que ha saltado a la palestra, sino por algo tan natural en una mujer como es el hecho de quedarse embarazada. Eso sí, con el morbo añadido de seguir soltera y no haber dicho “ni esta boca es mía”, en cuanto a quien es el padre de la criatura que lleva en su seno a la vista de fotógrafos y público en general.

Su maternidad salta a la vista que es deseada, lo que le hace lucir con la especial belleza añadida que concede la gestación, y no ha recurrido al aborto para eliminar algo que alterase su vida pública: la alta política francesa. A pesar de ello, y reconocido de manera ejemplar este valor natural del instinto maternal, también conduce a elucubrar acerca del hombre que la va a hacer madre a sus cuarenta tacos bien cumplidos. Quedarse “preñá”, en nuestro argot tiene pocas alternativas. Un hombre, una pasión, y una decisión. Pudiera ser una consecuencia accidental, o un descuido en la anticoncepción, ella lo sabrá. Dada su edad, y su demostrado talento, más bien hace pensar en que la morita lo ha deseado; es decir, que su embarazo parece consecuencia de una mirada mutua de consentimiento con su estrecho colaborador en tal faena de recíproca entrega. Pero, reiterando, ella sabrá; aunque de cualquier modo haya que felicitarla por su estado de buena esperanza.

El misterio raya en el chisme –“noticia o información verdadera o falsa que se cuenta para difamar o desacreditar a alguien”, según María Moliner- en razón de su destacado papel en la Justicia francesa. Los periodistas marroquíes, chismosos ellos, han adjudicado la paternidad a un conocido hombre público español. Las pruebas de paternidad tendrán la última palabra. ¡Olé!, que se podría exclamar al estilo más castizo del término… Eso es salero; enamorar a la morita y hacerle un hijo. Pues, ¡anda que no ha ocurrido veces esto mismo en la Historia de España!… Si la educación sexual, que tanto atruena, pretendía informar que los niños no “vienen de París”, es de temer que la “morita” y su colaborador, han desmontado por esta vez el argumento.

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