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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Juegos que matan

Óscar Herrera
Redacción
viernes, 5 de septiembre de 2008, 05:36 h (CET)
Pocos días atrás me encontraba caminando a lo largo de la calle Petchburi, una de las principales arterias de esa gran urbe asiática que es Bangkok, cuando el titular de uno de los periódicos de habla inglesa de esa ciudad acaparó en seco mi atención, un estudiante universitario tailandés de tan solo 18 años de edad había apuñalado y asesinado a un taxista en un intento por emular el videojuego con el que según él mismo estaba obsesionado.

El videojuego en cuestión se llama Grand Theft Auto (GTA) y está colmado de misiones criminales que el jugador debe de completar para ganar dinero; entre más delitos cometa, más dinero gana. El joven declaró a las autoridades tailandesas que él simplemente imitó el homicidio que en el videojuego parecía ser muy sencillo, y agregó: “un criminal puede comer lo que quiera, cuando quiera, únicamente necesita matar al encargado de un restaurante para hacerlo”.

El funesto crimen como era de esperar suscitó un sinnúmero de reacciones en el reino de Siam que condujeron a la Comisión Cultural Nacional a revocar de forma inmediata la licencia para la distribución del videojuego y de las otras tres versiones del mismo: Grand Theft Auto 3, Vice City y San Andreas; imponiéndose a la vez una multa que va desde los $625 a los $6300 para quién sea sorprendido jugando, prestando, vendiendo o distribuyendo el videojuego dentro del país.

Estoy seguro de que cualquier persona que halla tenido la oportunidad de visitar alguna ciudad asiática y que a su vez halla optado por salirse de las monótonas y aburridas rutas marcadas para los turistas y en cambio halla adentrado sus pasos por los interminables laberintos que ofrecen estas metrópolis y por esas cosas de la vida se ha encontrado revisando su correo electrónico en un café para cibernautas locales, coincidirá conmigo en que el espectáculo ofrecido por el tropel de estudiantes uniformados que entran a estos sitios con el fin de apoderarse de una computadora para jugar quién sabe qué bobería con caras de autómatas por horas sin haber ido a sus hogares después del colegio a comer o a dejar sus mochilas es más escalofriante que deprimente.

Teniendo 31 años a mi haber podría decir que provengo de esa generación que por desdicha creció de la mano de los videojuegos, afortunadamente los mismos siempre me parecieron aburridos y un insulto al intelecto; recuerdo cómo en mi séptima nochebuena una enorme caja debajo del árbol de navidad no dejó de llamar mi atención, en su interior se hallaba un artefacto negro que se hacía llamar Atari; jugué un par de ocasiones el Pac-Man y tras entender en qué consistía todo aquello y de reclamarle a Santa Claus en una carta por qué me había traído tal cosa si yo había sido un niño bueno, a la primera oportunidad que tuve cavé un agujero en el jardín, tiré ahí el infame artefacto y aprovechando las ganas de orinar que tenía abrí la bragueta de mi pantalón corto, bajé la cremallera e hice lo que mejor me pareció, jugar tiro al blanco contra el Atari.

Ahora bien si seguimos la involución de estos videojuegos desde el Pac-Man hasta el Grand Theft Auto el único fin que busca el jugador es asesinar a su contrincante antes que morir asesinado por él ya sea en una riña callejera, una pelea ninja o una carrera de autos, y tal parece que esa es la incultura que muchachos o peor aún niños adquieren día con día cuando colocan sus manos en el control y sus ojos en la pantalla, resultando una completa paradoja el hecho de que éstos prefieran jugar al fútbol apretando dos botones por más de cuatro horas antes que siquiera salir a un campo y correr detrás de la pelota durante treinta minutos.

En una sociedad castigada por la violencia juvenil me parece que los padres de familia tienen la obligación de velar por los pasatiempos de sus hijos, ya que al final de cuentas son ellos los que irresponsablemente ceden ante los caprichos de sus retoños y terminan aportando el dinero para que éstos vayan a un café para cibernautas o para que se compren alguno de estos artefactos que no son otra cosa que escuelas especializadas en la formación de cretinos, en las que la cultura del sedentarismo y de la violencia hacen de las suyas; comenzando las mutuas recriminaciones entre los padres casi siempre el día en que finalmente comprenden que su hijo no es otra cosa que un completo “peor es nada” cuyas envestiduras académicas en el dado caso de que las tenga jamás compensaran la falta de los buenos valores que padece, buenos valores que son los que verdaderamente cuentan en la vida, buenos valores cuya carencia al igual que la de los buenos modales sale a relucir con el primer movimiento.

El joven tailandés se encuentra tras las rejas sin derecho a fianza y a la espera de juicio, de una día para otro pasó de ser universitario a ser asesino, del salón de clases pasó a la cárcel, su rostro impregnó todos los medios de prensa de su país, destruyó a dos familias y entendió a duras penas que en la vida no hay una tecla PLAY que se pueda presionar para comenzar a jugar de nuevo.

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Óscar Herrera, escritor independiente, natural de de Costa Rica.

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