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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Hamilton Naki

Miguel Ángel Sánchez
Redacción
viernes, 5 de septiembre de 2008, 05:36 h (CET)
Hace unos días se cumplió el tercer aniversario de la muerte de uno de los personajes más extraordinarios en la historia de la medicina, alguien cuya esencia sin duda está a la diestra de la de Hipócrates en algún templo del Olimpo. Me refiero a Hamilton Naki, un negro sudafricano que fue el verdadero héroe de la hazaña que en diciembre de 1967 conmovió al mundo: el primer trasplante exitoso de un corazón humano.

La noticia de aquella proeza catapultó a la fama universal al doctor Christian Barnard, jefe del equipo de cirujanos del hospital sudafricano Groote Schuur en donde tuvo lugar la operación. Lo que no se dijo fue que Hamilton Naki retiró el corazón de la donadora y lo preparó para ser trasplantado.

Y no se dijo porque Naki no era, digámoslo así, “médico de a deveras”. Al igual que la etíope Mamitu Gashe –primera autoridad mundial en el tratamiento de fístulas ginecológicas y a quien ya me he referido antes en JdO-, Naki aprendió cirugía en la práctica. Peor aún: dejó la escuela a los 14 años para emplearse como afanador en la escuela de medicina de Ciudad del Cabo, y viendo cómo los estudiantes de cirugía practicaban en perros y cerdos, aprendió las técnicas y pronto superó a los jóvenes blancos e incluso a sus maestros.

Naki se hizo un cirujano excepcional, a tal punto que Barnard lo requirió para su equipo, en violación de la terrible ley del apartheid, que prohibía a un negro operar pacientes o tocar sangre de blancos. Pero el hospital hizo una excepción para él y lo convirtió en cirujano... clandestino. Esté usted cierto de que no fue por caridad cristiana. El sistema que tuvo a Nelson Mandela encarcelado durante 27 años y que oprimió a millones de personas sólo por razones raciales, sin duda necesitaba con urgencia los servicios del mejor para una operación que, además de su valor intrínseco, sería utilizada para lavar un poco la cara del sistema frente a una comunidad mundial que lo comparaba al nazismo y lo había excluido de los foros internacionales.

Y Naki era el mejor. Daba clases a los estudiantes blancos, pero ganaba salario de técnico de laboratorio, el máximo que el hospital podía pagar a un negro. Vivía en una barraca sin luz eléctrica ni agua corriente, en un gueto de la periferia. Enseñó cirugía 40 años y se retiró con una pensión de jardinero, de 275 dólares al mes.

El propio Barnard, quien guardó vergonzoso silencio cuando el mundo lo arropaba en honores como autor y líder de la empresa, reconoció poco antes de morir que Naki tenía mayor pericia técnica de la que él jamás tuvo. “Es uno de los mayores investigadores de todos los tiempos en el campo de los trasplantes, y habría llegado muy lejos si los condicionantes sociales se lo hubieran permitido”.

¡Las condiciones sociales! ¡Válgame el señor del apartheid! Qué bella manera de esquivar una responsabilidad. Barnard era sin duda un enorme cirujano, poco menor a Naki, pero nunca leyó a Thoreau.

En el 2002, con el fin del apartheid, este héroe fue reconocido oficialmente. Se le expidió un título de cirujano honoris causa, y fue condecorado con la orden de Mapungubwe, uno de los mayores honores de su país, por su contribución a la ciencia médica. Al recibirla dijo: “Se ha encendido la luz y ya no hay oscuridad". Hasta sus últimos días, uno de los mayores cirujanos del siglo sobrevivió con una modesta pensión de jardinero. El cine lo bautizó como “El cirujano clandestino”.

A mediados del 2004 visité el Museo del Apartheid en el barrio negro de Soweto. El recorrido, con un funcionario de la televisión pública sudafricana, fue espeluznante, tan doloroso como aquel que me llevó al Museo del Holocausto en Jerusalén. Pregunté a mi guía cuál era el sentido que el pueblo sudafricano daba a un lugar así. Respondió, con voz quebrada y la vista fija en uno de los testimonios: “Que nunca se nos olvide lo que aquí sucedió… ¡para que jamás ocurra de nuevo!”

Este mundo sería diferente si nuestra memoria histórica no fuese tan flaca y acomodaticia. Todos los días confirmo, en mis clases, en conversaciones con mis colegas y en la lectura de los diarios, que a los mexicanos nos hace falta reconciliarnos con nuestro pasado. Mas para ello primero tenemos que conocerlo. Como ritornelo vuelvo una y otra vez a Santayana, en un ejercicio tan doloroso y extenuante como el de Sísifo: “Quien no conoce la historia está condenado a repetir sus errores”.

Molcajeteando…
A propósito de mi pregunta sobre el nivel de conocimiento de historia entre nuestra clase gobernante, una lectora me manda una anécdota que jura es verdadera. Da nombre, clave y ubicación de la escuela e identifica a los personajes, mas me pide guardar en reserva esa información, por razones que el lector apreciará:

Un inspector de la SEP se presentó en el plantel para evaluar la materia de historia. Bajo la supervisión de un profesor, interrogó a un alumno elegido al azar: “¿Me podrías decir el nombre de la persona que quemó la puerta de la entrada de la Alhóndiga de Granaditas?” El joven bajó la cabeza. Estaba nervioso y sudaba.

-Bueno si no me puedes decir el nombre, dime al menos su apodo.

-La verdad no lo sé, pero le aseguro, por mi madre santa, ¡que yo no fui!
Otro joven tomó la palabra y dijo : “Inspector, yo conozco a Luis desde hace más de 5 años y es uno de los chicos más tranquilos de esta colonia, yo le puedo asegurar que él no fue”. El inspector imaginó que se trataba de una broma y ordenó a los chicos ir a la dirección de la escuela. El maestro intervino: “Señor inspector, estoy seguro que ellos no fueron, ambos son muy tranquilos y si no se saben el apodo, ni el nombre del que quemó la puerta de la Alhóndiga, es porque ellos no se juntan con pandillas… Estoy casi seguro que eso más bien lo hicieron los del turno de la tarde”.

El Inspector no se pudo contener y salió hecho una furia a la dirección, en donde dijo que pedirá la remoción del maestro. Pero el director, alarmado, objetó: “No haga eso. Además de impartir historia, ese maestro también da biología, civismo y literatura, nunca falta a clases y ya lleva aquí 14 años trabajando. En esta colonia no es fácil conseguir maestros, además tenemos el problema del Sindicato, que se nos echaría encima. Mejor dígame qué tan dañada quedó la puerta por el incendio y veremos si se puede reparar, y si no pues ya en última instancia hacemos una cooperacha entre maestros y padres de familia y mandamos comprar una puerta nueva para la Alhóndiga. Total, ¿qué tan cara puede salir?”

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Miguel Ángel Sánchez de Armas es profesor – investigador en el Departamento
de Ciencias sociales de la UPAEP – Puebla. México.

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