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Etiquetas:   Artículo taurino   -   Sección:   Toros

Antonio Ordóñez, el milagro del toreo

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
sábado, 18 de abril de 2009, 11:13 h (CET)
En el X Aniversario de la muerte del maestro, Antonio Ordoñez Araujo- *Ronda, 16 de febrero de 1932 - †Sevilla, 19 de diciembre de 1998.

Diez años nos distancian de su recuerdo más directo, de su figura y su legado inmortal. La aparición de Antonio Ordóñez en la década de los años cincuenta supuso para el toreo el nacimiento de una nueva estética y concepto en el arte de torear. El valor y la cadencia con los que el tercer hijo de “El Niño de la Palma toreó en sus décimo novenas temporadas completas, las siete corridas goyescas posteriores y las dos corridas de su ultima aparición en los ruedos en donde pudo estoquear un total de 2.300 reses, siempre estuvieron alimentadas de un empaque y una pureza sin igual que le permitió revolucionar el concepto de toreo clásico conocido hasta entonces.

Aún siendo casi todos los Ordóñez admiradores del toreo de José, Antonio, con mayor fortuna y mejores dotes, supo transmitir en sus formas y también en sus modos el sentimiento, el dramatismo y la estética Belmontista bajo la más depurada técnica Manoletista. A los 19 años de edad su toreo queda al descubierto en una faena magistral en las Ventas. Tan sólo hoy un puñado de viejas fotografías dan fe notarial de aquel toreo mágico en redondo apoyado por soberbios pases de pecho y con el compás abierto a un toro de Santa Coloma. Es en aquella tarde cuando Antonio escapa de los espejos litristas y destapa su verdadera personalidad.

Si en la faena de muleta y especialmente con la mano derecha se convirtió en un depurado artista, Antonio Ordóñez con la verónica se coronó rey del toreo. Nadie, ni siquiera la verónica hecha estética pura de manos del gitano Curro Puya, tuvo mayor toreo y temple en la historia de la tauromaquia. El mando era absoluto de principio a fin, y de momento nadie le ha superado aún. Quizás una de sus claves fue la constante preocupación por la colocación, clave para entender la repercusión de su obra.

Antonio al igual que Gallito en su época fue de alguna manera precursor y consejero de las mejores casas ganaderas de bravo que luego conformarían las claves del toro moderno. Ganaderías como las de Núñez, Urquijo, Atanasio Fernández, y en ocasiones especiales Conde de la Corte o Pablo Romero, permitían al maestro explotar ese tranco de más y la apertura exterior de cada animal para que le diera tiempo suficiente para mover su robusta y asentada figura, sin importarle el ángulo de la embestida.

Antonio tras su etapa novilleril se define pronto como un matador de toros muy valiente y poderoso. Arriesga cada vez más en cada lance y en cada muletazo, obsesionado posiblemente por la cadencia que describe el toreo ligado conocido hasta entonces, pero resolviendo cada envite del toro de una manera mucho más pura y más clásica.

Fue crisol y referente del toreo ortodoxo en una época, la de los años 50, en donde se destacan actuaciones gloriosas en Sevilla como aquella del toro “León” en el día alternativa de Chicuelo hijo en el Domingo de Resurrección de 1958. Pero creanme, sería imposible enumerar las cientos de faenas apoteósicas del maestro Antonio Ordóñez que registra la historia, aunque quizás nos puedan servir de argumento cinco de las más brillantes que marcan el final de la segunda etapa y principio de la tercera, más depurada y plena del rondeño.

La primera recayó en el San Isidro del año 1960 con el toro “Bilalarga”, que en realidad (según me confesó el propio ganadero) se llamó “Girondino” de Atanasio. Una lluvia intermitente, no le impidió ejecutar tres series con la derecha y esculpir en bronce un ramillete de cuatro magníficos naturales de tal hondura que según confesó el mismísimo Díaz-Cañabate: “se estremecieron hasta las piedras de los tendidos, que no se ponen de pie porque no pueden y ya no se sabe si llueve o no”. La segunda faena más redonda fue consumada a su lote de Samuel Flores en la Corrida de Beneficencia del aquel año junto a Manolo Vázquez y Gregorio Sánchez en el cartel. La tercera tarde magistral sucedió en la Beneficencia y fue posiblemente la más excelsa a la verónica de cuantas se han celebrado en la capital de España, con el permiso de aquella otra inmortalizada para la eternidad por el fotógrafo Pepe Arjona al cuarto toro de Urquijo en Sevilla el 22 de abril de 1967, junto a Diego Puerta y José Fuentes de testigos de excepción. En cuarto lugar no querría olvidarme llegado a este punto de su magnífica faena posterior al toro “Comilón” de Pablo Romero en el San Isidro del 65; y para finalizar, pero no menos importante cabria destacar la más completa frente toro “Pavito” de Urquijo que saltó en cuarto lugar, precisamente el mismo día que confirmaba la alternativa el diestro Manolo Cortés un 14 de mayo de 1968.

A pesar de la gran década vivida artísticamente hablando en los años 50, Ordóñez se obsesiona en la década siguiente con perfeccionar cada lance, cada muletazo y se recrea más en la suerte buscando la perfección sublime de cada trazo ejecutado en la plaza, aunque este sacrificio le hiciera mermar en hilazón en pro de la infinita belleza del instante. Así nació el mito. Decía mi tío José María de Cossío de su arte, a la vez alegre y profundo: “En su estilo no hay nada violento, fozado o superfluo. Torea con una perfección, un encanto, una solemnidad que roza lo milagroso”

Desgraciadamente sus dos retiradas de la profesión en activo fueron incentivadas posiblemente por los mas de treinta graves percances sufridos en su larga y dilatada carrera; y sólo así se explica que resultara excepcional y casi anecdótica su vuelta a los ruedos a principios de los 80 en Palma de Mallorca y Ciudad Real, a parte de una vuelta espoloneada por el regreso de sus compañeros Antonio Chenel “Antoñete” en el Domingo de Ramos marbellí, primero y Manolo Vázquez en el Domingo de Resurrección sevillano con motivo de dar la alternativa de su sobrino Pepe Luis.

La goyesca de Ronda y Antonio forman parte esencial de la historia de esta ciudad y de nuestro país para mayor gloria del toreo. Antonio Ordóñez a lo largo de cuarenta y dos años, alentó, organizó y participó activamente,- interviniendo en diecinueve ocasiones, media docena de las cuales con ganado de Carlos Núñez- en las corridas goyescas, como su mejor y más fiel embajador. El mejor que nadie supo convertirla en referente, eje e hilo conductor taurino mundial con la fuerza de lo auténtico que es el mejor pasaporte para perdurar en el tiempo.

Para terminar me gustaría que echáramos mano de la imaginación para recuperar al maestro vestido de goyesco en SU plaza, pedazo de historia del toreo, en una de las más de cincuenta y tres corridas goyescas celebradas hasta la fecha, ante una corrida de Carlos Núñez junto a Paula y su verónica gitana, honda e inacabable; junto a Camino con su inteligencia y sutileza, la misma que la del 75; junto Paquirri junto a su casta y pundonor; o el nuevo Manzanares, el más fiel y actual heredero legítimo de su arte. No es difícil. Antonio esta presente en nuestras vidas y recuerdos desde siempre, negándose a perecer en nuestra memoria, escondido tras tal o cual soberbio lance de un nuevo torero que, señores, no nos engañemos, no ha inventado nada nuevo; nada que el maestro de Ronda no supiera o dominara, nada que nos hiciera estremecer y aún nos estremezca.

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