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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

La crueldad como meta de la diversión

Miguel Massanet
Miguel Massanet
jueves, 4 de septiembre de 2008, 03:36 h (CET)
Ciertamente que en la naturaleza tenemos ocasión de observar situaciones en las que parece que, entre las propias bestias, existen actos de verdadera crueldad. Son escenas escalofriantes que semejan elaboradas por una mente maquiavélica, como es el caso de una avispa que pone sus huevos en el interior del cuerpo de una oruga viva para que allí se encuentren protegidos hasta que llegue el momento en que se conviertan, a su vez, en pequeñas orugas que se abren paso para acceder al exterior destrozando el cuerpo de su huésped o el caso del cuco que pone sus huevos en un nido de otro pájaro y, cuando nace, como sea que lo hace antes que sus compañeros de nido y, además, es mucho más corpulento que los otros, se deshace de ellos lanzándolos fuera del nido, estrellándolos contra el suelo, para luego constituirse en el único beneficiario del alimento que le traen sus padres putativos, que no son capaces de distinguirlo de sus propios hijos. Pero, en todos estos casos y en los otros muchos que nos podemos encontrar, los animales que los practican, carecen de discernimiento y cometen tales actos sólo impulsados por su instinto reproductor, intentando darles a sus crías las máximas oportunidades de sobrevivir.

No obstante, existe una especie que convierte la barbarie, la insania y la brutalidad en algo completamente distinto a la necesidad de supervivencia o al instinto de procreación. Sólo habita sobre nuestro planeta un grupo, un género de animales, que ha sabido hacer de la crueldad un medio de entretener el ocio, un sistema para convertirlo en diversión sin que, en apariencia, nadie se llegue a apercibir del sufrimiento que se infringe a otras especies inocentes, que no tienen otra culpa que haber tenido la fatalidad de tener que compartir su vida con la del género humano. Lo verdaderamente satánico de esta deleznable costumbre, es que los que la practican o se deleitan viendo como los demás convierten en diversión el ensañarse con las bestias o, lo que todavía resulta más inconcebible, con otras personas, siempre tienen preparada una justificación para intentar descargar sus conciencias con excusas inverosímiles.

Son cientos los lugares y lugarejos de nuestra geografía en los que las fiestas que se celebran en ellos requieren, como si de ello dependiera toda la diversión, del sacrificio de alguna bestia. Cuando no es una pobre cabra a la que tiran desde un campanario, se trata de unas vaquillas o algún toro al que le atan a los cuernos teas encendidas o al que obligan a lanzarse al mar o que es maltratado por cientos de descerebrados que se aprovechan de ser multitud para zaherir al pobre animal. Parece que, por haber nacido en un clima meridional, nuestra naturaleza estuviera predispuesta a ignorar el dolor que somos capaces de causar a los demás. Resultan aberrantes las declaraciones de aquellos que se creen que las bestias no sufren y que no tienen un sistema nervioso tan desarrollado como el nuestro o que, si están en este mundo, es para convertirse en esclavos nuestros y, por tanto, no importa como se los trate ni el daño que se les haga porque Dios así lo quiso.

Hemos tenido ocasión de escuchar a los amantes de las corridas de toros defenderlas con argumentos tan peregrinos como que es la mejor muerte que se le puede dar al toro y la más digna de todas las posibles. Por supuesto que a ninguno de ellos se le ha ocurrido planteárselo a la noble bestia, pero no se necesita ser un lince para comparar los sufrimientos y barbaridades que se le hacen al animal en la lidia, con un machetazo en la cerviz o una descarga eléctrica que acaba con su vida en unos pocos instantes. Es muy artístico adornarse con palabras altisonantes, darle a la fiesta la categoría de “fiesta nacional”, hablar de la nobleza de los toros y de su bravura, comentar la valentía del torero y la plasticidad de los lances y “suertes” (¿por qué se las designará de esta manera cuando representan todo lo contrario para el involuntario sujeto pasivo de semejante barbarie?) de la lidia; y afirmar que si no existiera la fiesta “brava” no habría toros. No obstante, si uno analiza uno a uno cada paso de una corrida de toros, empezando por el traslado del animal, encerrado durante cientos de quilómetros en un cajón en el que no puede moverse; depositado en un corral de la plaza en el que permanecerá encerrado hasta la hora de la lidia; atosigado cuando le clavan la divisa y, por fin, asustado, desorientado y abrumado por los gritos de una multitud sedienta de sangre, es lanzado al ruedo donde se tiene que enfrentar a un oponente que, valiéndose de su mayor inteligencia, lo engaña, lo obliga una y otra veza retorcerse, le pica con la vara para quitarle las fuerzas, le clava banderillas que le machacan la carne y finalmente, cansado, agotado, con la boca abierta por falta de resuello, es sableado una o varias veces hasta que, inerme, cae sobre la arena mientras los espectadores satisfacen su morbo ajenos a sus sufrimientos; deberemos llegar a la conclusión de que poco va, en cuanto a sadismo y crueldad, entre este festejo y las fiestas que los emperadores romanos, Diocleciano, Nerón, Calígula o cualquiera otro de aquellos degenerados, programaban en el Gran Circo Romano, donde se masacraban fieras y hombres para solaz de las multitudes ávidas de muerte y destrucción.

Que el hombre sea capaz de ahorcar a un pobre galgo, que le ha servido fielmente durante años, sólo porque el infeliz animal ha dejado de serle útil o se abandone a una mascota en la carretera debido a que ya no se tiene tiempo para cuidarse de ella o que se maltrate a una bestia para descargar el mal humor de su dueño, no son más que muestras palpables de la vesania que se ha apoderado de la humanidad; de la ausencia de sentimientos de una parte importante de estos a los que se les llena la boca proclamándose a sí mismos personas civilizadas; de la “bestialidad” que se está prodigando entre los seres llamados racionales que, cada vez más, prescinden de la moral y la ética para entregarse de lleno a la satisfacción de sus pasiones, aunque ello signifique agraviar a su vecino, maltratar a la esposa, asesinar por placer o invadir las libertades de los demás para la satisfacción egoísta de sus propios instintos depredadores de los derechos ajenos. Un panorama desolador, capaz de erizar el vello al más pintado, al que nos vemos enfrentados, sin que parezca que haya nadie capaz de poner freno a esta deriva a la que nos están llevando el relativismo, el egoísmo, la ley del más fuerte y el desprecio por los derechos del prójimo. Junio Juvenal el gran poeta satírico de la Campania italiana, comentaba jocosamente la manera de ser de aquellos que sólo piensan en si mismos: “Esto quiero y así lo mando; valga por razón mi voluntad” Sin duda que estamos cosechando el resultado del derrumbe de la moral cristiana y esto, tarde o temprano, lo vamos a pagar.

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