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Los muertos de este verano

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 4 de septiembre de 2008, 03:36 h (CET)
En este verano, que entra en su recta final, dicen las autoridades que se han producido 450 muertos por accidente y se muestran satisfechos porque son menos que el verano pasado. Pero estos muertos, tres veces más numerosos que los que murieron en el accidente de Barajas, no tienen el mismo tratamiento, ni la misma cubertura mediática y política.

Estoy perplejo al comprobar que nuestra sociedad sólo reacciona a escala nacional ante la vista de un número importante de cadáveres alineados en un pabellón. Los que dejan su vida en la carretera, unas veces por su propia imprudencia y otras por la ajena, conmoverán a sus familiares, quizás a sus vecinos y en algunos casos hasta a la corporación municipal. Los medios de comunicación darán la noticia del accidente y las pantallas de televisión mostrarán los automóviles retorcidos en los noticiarios de la hora de la comida como advertencia de los que nos puede pasar, aunque como se repite todos los días hemos terminado por acostumbrarnos.

El caso del avión de Barajas, por su excepcionalidad, ha sido y sigue siendo la noticia sensacionalista de todos los medios. Parece que gracias al sentido común de un juez se ha impedido que nos muestren las imágenes desagradables de los muertos calcinados, pero todas las cadenas han competido por mostrarnos morbosamente a los familiares. Me ha resultado insoportable el espectáculo de personas que buscaban a sus familiares nerviosas y llorando y eran abordadas por reporteros de las distintas cadenas, micrófono en ristre, para ofrecer a los espectadores de su cadena el morbo de los sollozos, de las quejas, de la desesperación.

Después la nube de los políticos que, abandonando sus cómodos veraneos, llegaban hasta los familiares con cara de pésame para hacerse la foto que acredite su buen corazón y su preocupación por las victimas de la tragedia, al mismo tiempo que felicitaban al personal de emergencias y comprendían que el tiempo que se emplee en hablar del accidente no se hablará de la economía.

Al parecer entre los nuevos derechos sociales se va consolidando la ayuda psicológica prestada por la administración en las grandes catástrofes. No sé si realmente tal ayuda sirve de algo. Por mi parte he preferido siempre contar con mis amigos cuando he tenido alguna desgracia.

Aunque todo el asunto esté en manos judiciales para determinar si ha habido alguna negligencia, los ministros del Gobierno, la compañía aérea, los sindicatos de pilotos, AENA, los trabajadores de la empresa y los familiares de las victimas buscan la justicia en los medios de comunicación, cada cual más interesado en su verdad que en la verdad.

El descubrimiento del ADN se ha convertido en una pieza capital en estos accidentes con victimas irreconocibles. Desde el accidente del Yakolev, profusamente politizado, el asegurarse que los restos que se entregan a los familiares son los de su difunto es una cuestión que levanta pasiones. Recuerdo hace muchos años, cuando no sabíamos nada del ADN, que se estrelló un avión francés en el Mulhacén. Los restos irreconocibles de los pasajeros yacen en una tumba común, que les cedió el Ayuntamiento, en el cementerio de Granada. Allí están los nombres de los muertos y las fotografías que aportaron sus familiares.

La muerte en una catástrofe o en los repetidos accidentes de cada día llenan de dolor a las familias que hacen duelo y necesitan tiempo para asumir la pérdida de los seres queridos. Si tienen fe en que después de esta vida hay otra sin llanto ni dolor, la pena podrá vivirse de otra manera. De cualquier forma lo que no es admisible es convertir las penas en espectáculo de pantalla. Tampoco sirven de nada los minutos de silencio, si no es para rezar, o los aplausos en los entierros.

Si cualquier muerte puede ser imputable a alguien por acción u omisión, me parece muy bien que la justicia lo determine y fije las penas que correspondan pero sin montar un circo mediático en el que cada cual pretenda conseguir algún rédito político o económico de la tragedia.

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