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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Feas y guapas

Miguel Massanet
Miguel Massanet
lunes, 1 de septiembre de 2008, 21:52 h (CET)
De tanto en tanto aparecen en la prensa, en lugares comúnmente poco destacados, algunas noticias que a uno le sirven para reconciliarse, en parte, con esa humanidad integrada por seres dedicados, habitualmente, a enfrentarse entre sí y a buscar su propia comodidad o beneficio, sin preocuparse por su prójimo. Y es que hay noticias que parecen sacadas de un libro de historietas para niños y que uno se hace cruces de que, en pleno SigloXXI todavía existan lugares en los que se puedan dar muestras de un primitivismo sano y confortante. Por lo visto, el alcalde de Mount Isa, un pueblecito minero de Australia, ante la escasez de mujeres para atender al exceso de hombres que habitan en su comunidad ha decidido fajarse y acudir a soluciones extremas. Lo cierto es que la proporción entre varones y hembras en su localidad está descompensada, si se tiene en cuenta que hay una sola mujer por cada cinco hombres. Pero lo verdaderamente curioso de este reclamo es que está dirigido a las mujeres “feas” de todo el país. Me imagino que este alcalde ha sido previsor y realista, si se toma en cuenta que las mujeres que se animen a viajar a aquel remoto lugar en busca de pareja, ya saben que las condiciones de vida que pueden esperar no serán de una existencia lujosa y tampoco van a disfrutar de una compañía en exceso distinguida; mejor no aspirar a demasiado.

No obstante, parece que esta llamada del señor alcalde, ha herido la sensibilidad del resto de habitantes del pueblo, que deben considerar que se los hace de menos y que una propaganda semejante pone en mal lugar el “prestigio” del villorrio y, muy probablemente, son las mujeres las que más agraviadas se sientan, al darse por supuesto que las que ya habitan el lugar también son feas a rabiar. Hasta aquí la noticia. En todo caso, creo que el tema requiere una reflexión sobre el eterno dilema, que se arrastra desde nuestros primeros padres, sobre las mujeres feas y las guapas. Hoy en día creo que, al menos desde el punto de vista de lo que se toman como modelo, arquetipo o paradigma de la belleza femenina, ha adquirido un tinte muy elástico, porque se va confundiendo, cada vez más, hermosura con atractivo sexual y son muchos los que, antes de fijarse en los rasgos faciales de una mujer, han recorrido antes, con verdadera fruición, todas las curvas que la caracterizan empezando desde los pies; de modo que, cuando llegan a la parte superior, ya tienen hecha su valoración del espécimen femenino y no se preocupan demasiado de la coronación del edificio que valúan.

Si debo darles mi opinión sobre la forma en que se cuidan las mujeres de hoy, en especial las más jóvenes, les tendría que hacer una salvedad. En efecto, todas aquellas que, de una forma u otra, se ganan la vida gracia a su “palmito”, sean modelos, artistas, mujeres pertenecientes a la jet, busconas de categoría y profesionales de posar desnudas para revistas rosas y pornográficas; tendría que decirles que, vistas desde fuera, lo que constituye la funda de los músculos y huesos, en general, son mujeres muy bellas. Claro que, sin entrar en los entreforros de silicona ni en los hilos de oro que sujetan aquellas partes con tendencia a desfondarse. Por otra parte, cuando entramos en la gente corriente, en las muchachas que van al trabajo; las que acuden a los colegios y universidades; aquellas que se pasan el día diciendo “macho”, “coño” y hablan de “el hombre metrosexual”, identificándolo con “el tío bueno con el que quisieran acostarse”;: siento decirlo pero, en líneas generales, visten fatal. Supongo que identifican estar “in” con ponerse prendas anchas, pantalones sujetos en la pelvis y blusones que le sentarían bien a una mujer el doble que ellas. No se pintan, van desgreñadas, se sujetan el cabello con una coleta y se calzan las inseparables zapatillas de deporte, cuando más viejas y zarrapastrosas mejor; quizá como emblema de su libertad, muestra de su modernidad y desafío al sexo opuesto, al que le ofrecen lo peor de sí mismas, quizá para que acaben por aburrirlas y prueben suerte con los de su mismo sexo.

Sin embargo no queda claro que la belleza siempre triunfe y se lleve la parte del león cuando se trate de atrapar al hombre deseado. Un antiguo refrán lo deja claro al afirmar que: “La suerte de la fea la bonita la desea” y no debemos menospreciar la sabiduría del pueblo porque, en efecto, estamos hartos de observar como las feas se defienden de su mala suerte con gran efectividad; superando en muchos casos a aquellas que confiando en su buena presencia se dejan escamotear a sus pretendientes por sus rivales las feuchas, en ocasiones más simpáticas, más pícaras y, muchas veces, más inteligentes. La prueba de ello la tenemos en nuestras ministras, muchas de ellas verdaderas rivales de las temibles Arpías y ¡aquí las tienen, ocupando un cargo importante! Hay que decir que eso de la paridad les ha ayudado mucho a medrar, pero han sido lo suficientemente hábiles para agarrarse al machito del poder. ¿Que también las hay guapas como la Bibiana? No se lo niego, pero la excepción confirma la regla y, además, no me van a negar que, sus famosas intervenciones de cara a la galería, enmendando a la RAE con su “miembro” y “miembra” o cuando dijo que “las mujeres están inferiorizadas” o cuando metió la pata con el tema del “velo islámico” etc, errores que le valieron que un compañero de partido la tachara de “estúpida” e “incompetente”; no pueda excluirse que, siendo guapa, haya tenido también suerte porque, si las malas lenguas tienen razón, el hecho de que el señor Chávez de Andalucía sea su padrino de bautismo, también tiene algo que ver en su ascenso al puesto de ministra.

Lo dicho, felicito la iniciativa del alcalde de Mount Isa, Australia, y su picardía para eliminar la paja del trigo, en una primera criba; aunque ello puede que les proporcione a los mineros solteros algún que otro espantajo. En cualquier caso, cuando lleguen cansados por la noche a sus casas, es probable que se encuentren con un apetitoso guiso de canguro y una botella de aguardiente preparada. Así, con la tripa bien llena y alegre por la ingesta de unos copazos de la ardiente bebida es posible que, en la cama, no se preocupen demasiado del aspecto de la mujer que tienen debajo, porque, al fin y al cabo, hay partes en las que poco se diferencian las unas de las otras.

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