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La financiación autonómica, cuestión de solidaridad armónica

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 1 de septiembre de 2008, 21:52 h (CET)
La ensoñación (vía sideral) de septiembre ha comenzado. Ya empieza a despuntar la rosa de los amarillos, anaranjados y el rojo de los vientos, preámbulo de los lienzos del otoño, por el balcón de la vida. Me gusta contemplar este arcoiris de abecedarios que se clava en el iris como un sueño dirigido al corazón. Nada que ver con ese otoño caliente que se nos anuncia (vía inhumana) o con esa crisis galopante que nos deja deprimidos en la cuneta de la desesperación, escoltados por el miedo y la tristeza del final del viaje. Este país necesita llegar a acuerdos humanos por la solidaridad armónica, que no mecánica, entre unos y otros, entre las diversas nacionalidades y regiones. Desde luego, la financiación autonómica exige ir más allá de los meros vínculos institucionales, se precisa una solidaridad de comportamiento, de empatía, de ponerse en el lugar del prójimo. Sólo así, bajo el paraguas de una auténtica solidaridad, los servicios básicos del Estado del Bienestar (educación, sanidad y servicios sociales) podrán ser iguales para todos los ciudadanos, independientemente de su lugar de residencia.

Justo con el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones se encuentra la indisoluble unidad de un país, cuestión que conlleva una solidaridad armónica por principio. El pacto de una solidaridad mecánica, sin embargo, dejaría fuera de juego unos principios ciudadanos básicos, esto es, ser solidarios por una verdadera convicción de igualdad y de justicia. Si obviamos esta evidencia, con posiciones ideológicas o políticas mezquinas, poco habremos avanzado en un espíritu abierto al diálogo. Acaso en ningún sector de la actividad humana exista mayor necesidad de solidaridad armónica que en el área del desarrollo de un país. La experiencia del movimiento obrero en el siglo XIX, por cierto nacida en el seno de una cultura cristiana, lo que hace es afianzar una verdadera solidaridad como forma de convivencia y fondo de vivencia: compartir hasta lo justo para vivir. No en vano, la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo. A mi juicio, los dislates que puedan surgir de la financiación autonómica, son el reflejo de una falta de solidaridad armónica, algo que debiera ser principio social y virtud democrática.

Pasemos a los hechos de la necedad. Hace unos días Solbes reiteraba, por activa y pasiva, en el Congreso la voluntad del Gobierno de llegar a un acuerdo sobre financiación autonómica. A nadie le faltan fuerzas para discutir sobre suficiencias y garantías de financiación de los servicios públicos fundamentales; lo que a muchísimos les falta (o nos falta) es conciencia solidaria entre las diversas nacionalidades y regiones y sus ciudadanos. No más solidaridades burócratas. Hay que promover valores solidarios que beneficien tanto a los individuos como a la sociedad, a toda ella y a todos ellos. No basta con ponerse en contacto y ayudar a quienes padecen necesidad. Hemos de ayudarles a descubrir los valores que les permitan construir una nueva vida y ocupar con dignidad y justicia su puesto en la sociedad. El papá Estado tampoco tiene porque solventar nuestros derroches autonómicos y regionales. Autonomía sí, pero corresponsabilidad también. Y, evidentemente, el sistema ha de garantizar la financiación de todas las competencias transferidas a las Comunidades Autónomas. Se trata, sin duda alguna, de globalizar solidariamente la suficiencia global de todas las nacionalidades y regiones. Ni el capricho ni la ambición conoce de solidaridades armónicas.

La armónica solidaridad favorece el desarrollo integral de un país, e incluso va más allá de sus fronteras, trasladándolo a toda la familia humana. Buscar una superioridad económica o política, a costa de los derechos autonómicos de unos y otros, lo que hace es poner en peligro el desarrollo del propio Estado como tal. El espíritu solidario, por su misma naturaleza, es una realidad ético-estética, o sea armónica, ya que conlleva una afirmación de valor sobre la ciudadanía, que habrá que cultivar si, en verdad, queremos reforzar el Estado del Bienestar como país y no como privilegio de unas Autonomías frente a otras. Estoy de acuerdo que este país tiene que llegar a un pacto sobre financiación autonómica, pero lo prioritario es que se forje una nueva solidaridad armónica basada en el verdadero significado del término. Pues sólo a partir de una justa concepción solidaria entre ciudadanos y sociedad, será posible definir los objetivos.

Se ha dicho que el nuevo modelo va a mejorar la financiación y ayudar a que los ciudadanos reciban mejores servicios, y que las Comunidades Autónomas deben asumir su responsabilidad y no limitarse a pedir más recursos al Estado. Pero lo que también hay que añadir, es una mayor transparencia en las acciones, ponderar las variables de distribución, subrayar la lealtad a la indisoluble unidad, cuidar la lucha por un orden social justo en el que todas las tensiones puedan ser absorbidas y en la que los conflictos -tanto a nivel de nacionalidades como de regiones- puedan encontrar su solución más equitativa. Es de justicia que la financiación autonómica se resuelva por unanimidad de todas las comunidades, pero eso no es la única garantía de la igualdad de todos los ciudadanos, sino se injerta el valor de la solidaridad armónica, que es lo que confiere particular relieve a la intrínseca sociabilidad de la persona humana, a la igualdad de todos en dignidad y derechos, al camino común de los ciudadanos y del país hacia una unidad cada vez más convencida, superando cualquier forma de individualismo y particularismo o de nacionalismos arcaicos y cerrados.

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